sábado, 11 de abril de 2026

Mimar o el arquitecto

 El gran arquitecto turco en el imperio otomano, en el siglo XVI, admirado por Miguel Ángel, y autor de las mejores mezquitas -más hermosas, mejor proporcionadas, más depuradas y estilizadas, y más integradas en la enrevesada trama urbana de origen romano- de Estambul se llamaba Sinan. Mimar Sinan.

Mimar es un nombre propio; pero en este caso es un nombre común. Designa la profesión de Sinan: arquitecto.

Mimar, en árabe (una palabra pasada al turco), procede de una raíz formada por tres consonantes:  ع م ر (ʿayn - mīm - rā), que ha dado lugar a dos grupos de palabras estrechamente relacionadas. Designan dos verbos, nombran dis acciones: vivir, por un lado -vivir una larga vida-, y habitar por otro.

La concepción del arquitecto en el mundo semita no se desmarca de la concepción griega. Si la palabra arquitecto incluye el radical arkhe (αρχη), que significa principio u origen (vital), y convierte al arquitecto en un creador de vida, o de las condiciones para que la vida se enraíce, la palabra árabe   va aún más lejos: el arquitecto crea las condiciones para que la vida sea, y ésta solo prende en una tierra habitable: un hábitat. 

La vida no se concibe fuera del espacio compuesto, delimitado y ordenado. La casa alumbra la vida. Fuera, a la intemperie, la vida no prende o se extingue.

El acento pasa del arquitecto, como ocurre en Grecia, a su obra. Lo que establece el marco para que la vida sea no es el arquitecto, sino su creación. Ésta es capaz de alumbrar y acoger la vida. La casa es un ente animado: un ser. Un arquitecto es el agente, pero lo que agencia es donde reside lo que causa y protege la vida. 

Arquitecto puede ser cualquiera que construya una casa. Todo aquel que construye su casa lo es: se construye una vida, se dota de ella. Y recibe el nombre de mimar solo si la casa es capaz de generar vida.

Pero la vida en la tierra requiere unas condiciones. Éstas también se asocian a la casa. Son las virtudes del espacio doméstico. Reciben, en árabe, el nombre de umran. Esta palabra se suele traducir por civilización. Pero ésta resuena en nosotros de un modo que no es lo que la palabra evoca en verdad. La civilización se aparta de la barbarie. Esta se asocia a la naturaleza, entendida como una fuerza infinita, aún no domesticada; una fuerza no sometida a leyes.  Mas, umran evoca una realidad muy distinta. Lo que llamamos civilización conlleva el apego y el respeto a la naturaleza y a sus “leyes” en tant que expresión de una voluntad sobrenatural. 

La casa aparece así como un contenedor de virtudes naturales, no contaminadas. Se define así como el lugar en el que se puede vivir de acuerdo con los ritmos naturales, es decir, en armonía con los deseos y edictos de lo alto. 

En la casa se produce el encuentro entre las emanaciones de lo alto y la receptividad natural, que permite vivir en sintonía con el mundo. La casa no es un mundo, sino el mundo, un lugar donde confluyen las virtudes o normas que regulan la vida y permiten una larga y provechosa (una palabra asociada al radical m-r) vida.

Sin casa no se es nada. La casa es un sueño -aunque muchas sean hoy pesadillas.

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