Si escribiéramos con propiedad, es decir, tal como se argumenta hoy, deberíamos anotar que la enseñanza universitaria europea busca un “cambio de paradigma”, una palabra de origen griego que se utiliza con toda clase de salsas y de contextos, curiosamente conveniente en estudios de arquitectura, toda vez que, en griego, paradeigma significa plano de arquitectura, pero confusa a la vez, ya que significa lo uno y lo contrario: ejemplo y modelo, lo particular y lo general (según el contexto, que no solemos detallar).
Aristóteles, entre otros, sostenía que existen dos modelos de enseñanza (y de experimentación): los que parten de ejemplos o casos concretos hasta encontrar reglas (generales) que regulan y dan sentido a los casos (individuales), y los que, inversamente, establecen una serie de normas que ilustran con ejemplos.
La enseñanza ha tendido a dar relevancia a los esquemas en las clases teóricas, y a desvelarlos en casos concretos en las clases prácticas.
Hoy, se busca primar el estudio de lo que acontece antes de centrarse en lo que debería acontecer. El descubrimiento supuestamente personal antes que la transmisión de saberes.
Encuestas interminables que los estudiantes -y los profesores- deben rellenar, en las que solo se ofrecen dos respuestas, SÍ y NO, tratan de validar este modelo de enseñanza -tradicional- y de verificar el aprendizaje y las opiniones de los estudiantes sobre esta aproximación a la realidad. Blanco o negro.
Esta aproximación a la realidad, que implica aceptación o descarte, y en el que no cabe la duda -no se puede no contestar a la entrevista y todas las preguntas requieren una respuesta que solo puede escoger entre la afirmación y la negación, de manera rápida, en un tiempo limitado, precisamente para evitar cavilaciones-, desdeña el modelo que Ignacio de Loyola estableció a mediados del siglo XVI y que el idealismo alemán recuperó a principios del siglo XIX.
Se trata de un modelo de aprendizaje conocido que requiere tiempo y que consiste a estudiar las cosas por ambos lados, observando la cara y la cruz, el anverso y el reverso, lo que significa atender a las luces y a las sombras de las cosas, hasta emitir una respuesta que tenga en cuenta estas “verdades” antitéticas, de las que trata de ofrecer una síntesis, nunca definitiva, sino siempre sometida a debate, en función de nuevos hallazgos, de nuevos ejemplos hasta entonces dejados de lado. No existen caras y cruces, sino cantos desde los que se pueden observar ambas caras y observar que ambas se contraponen pero se necesitan. Ni sí ni no, sino un sí o un no matizado, que no desdeña consideraciones opuestas.
El funcionamiento del ordenador, que solo puede escoger entre un cero y un uno, a derecha o a izquierda, impide buscar un camino mediando que responda a lo que ambos caminos ofrecen. La actitud de Hércules ante los dos caminos que la vida le ofrecía, una senda ardua pero que concluye en la luz, y otra fácil, cómoda o placentera, pero que desemboca en la nada, muestra bien que estas propuestas son engañosas, más una trampa que una oportunidad; no son de recibo. Hércules duda y se detiene. Nunca sabremos qué habría escogido ni si escogió un camino, si se detuvo y aguardó, o dio media vuelta. No se trata de ir recto, sino de dar vueltas para observar todas las aristas, los beneficios y maleficios -beneficios que también pueden ser dañinos, como los maleficios pueden echar luz- del mundo. El juego, las proporciones, que incluyen el sí y el no, son los que nos ayudan a entender y aceptar lo que nos rodea y a nosotros mismos. No estamos hechos de un único fuste. Y la descomposición forma parte de la composición del mundo. El rayo que ilumina o fulmina solo está al alcance de Zeus. Los humanos vamos con velas y pasos temerosos. No podemos tener respuestas unívocas. Ni debemos. La luz solo llegó al tercer día. Y a costa de cierta ceguera.
Las encuestas -que programas informativos leen- no pueden incluir tantas sutilezas llamadas precisamente jesuiticas.
Pero nos olvidamos que los momentos más atractivos -y perturbadores, es decir, enriquecedores- del día no son el día o la noche, sino el orto y el ocaso, cuando la luz aún no se ha despegado de la oscuridad, y se anda con cuidado, y cuando la luz se acerca al manto de la noche que cede para envolverla mejor. La luz sin filtros ciega. La noche de luna nueva desorienta. Entre el si y el no se inserta el quizá, el posiblemente, que suaviza las aristas de aquéllos y revela la complejidad de nuestras elecciones y la existencia de lo que desdeñamos, porque no podemos atender a todas las posibilidades, conscientes así de nuestras limitaciones, lo que abre el camino para nuevos estudios. La conocimiento es una larga carrera de relevos, y no de cien metros planos -como si no existieran obstáculos y barreras, físicas y éticas.




















