lunes, 1 de octubre de 2018

LE CORBUSIER (1887-1965): LE CABANON (LA CABAÑA, ROQUEBRUNE-CAP-MARTIN, 1951)























Fotos: Mónica Gili y Tocho, septiembre de 2018

El Cabanon es una de las últimas obras de Le Corbusier; obra personal (un modesto refugio, una demostración de las virtudes y limitaciones de su concepción del hábitat, también), aunque se trata más un documento psicológico que arquitectónico.
Situado muy cerca de la Villa E1027 racionalista de la diseñadora Eileen Gray, que envidiaba, dominándola desde las alturas, después de haber insistido, durante años, ante un modesto propietario de un cercano chiringuito para que le vendiera una parcela de su terreno para poder asediar la villa de Gray, la obsesión de su vida, el Cabanon es un cubo de madera de pequeñas dimensiones lindante con el chiringuito con el que comparte una pared medianera.
Enteramente construido de madera oscura, el interior se asemeja a una tumba etrusca (más que a una celda). Una mesa, una cama individual -como un lecho mortuorio-, un lavabo y un sanitario. Pocas y pequeñas ventanas con porticones cubiertos por dentro de espejos que reflejan el bosque circundante y oscurecen aún más el interior. Poyos de madera tan sombría como el resto de los muros y los muebles que parecen esculpidos junto con los límites del espacio que solo el frío y duro contraste de un cielo raso de madera, compuesto de un damero verde y rojo, anima -y empequeñece. Atmósfera lúgubre, opresiva. Cuadros que narran, de manera sintética, la vida y la muerte de un Adán y una Eva, un toro y un demonio, un sátiro y una diosa tentadora. El acceso se realiza por un angosto pasillo con un gran fresco en uno de los lados con imágenes de órganos sexuales. La caja, es al mismo tiempo una cuna y un sarcófago. Le Corbusier lo habitaba solo, su mujer quedándose en un hotel en Montecarlo.
El Cabanon cumple con las proporciones matemáticas con la el arquitecto quiso encapsular la vida. Pero la vida no se dejó encerrar.

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