sábado, 14 de julio de 2012

Egipto y Mesopotamia






Tenían un clima parecido. Limitan por el mar. Están rodeados por desiertos y atravesados por ríos caudalosos en cuyas orillas se implantaron asentamientos y ciudades. Las palmeras y los juncos eran casi las únicas plantas, los únicos elementos verticales en la planicie. Creían en múltiples dioses. Inventaron casi simultáneamente la escritura. Tuvieron contactos; incluso uno conquistó al otro varias veces.
Y, sin embargo, Egipto y Mesopotamia fueron culturas muy distintas; casi indiferentes entre si. Como si, lejos de estar asentados cerca hubieran ocupado planetas situados en órbitas lo más distantes posible.

Los templos egipcios estaban dedicados a los dioses; a unos, en particular: a los faraones. Los templos funerarios, no solo formaban parte de las estructuras mentales y arquitectónicas que garantizaban la inmortalidad del monarca, sino que eran casi más importantes, en superficie y bienes, desde luego más numerosos que los templos dedicados a divinidades que no se habían "encarnado" nunca. Algunos de los templos más notables e innovadores (el templo de Deir el Bahari, de la reina Hatshepsut,; el templo funerario de Ramses III), no fueron la morada de los dioses celestiales sino de los faraones transfigurados.

Este tipo de templo no existió nunca en Mesopotamia. Se cuentan con los dedos de una mano, los reyes que fueron divinizados; incluso en este caso, su naturaleza era distinta de la de los dioses "verdaderos". No recibían el mismo trato. Escasísimos son los templos dedicados a un rey. Y éstos nunca fueron monumentos dedicados a garantizar la vida eterna del monarca sino tan solo a recordarlo: un monumento recordatorio de sus gestas.

Tampoco existieron grandes monumentos funerarios en Mesopotamia. Los muertos eran enterrados; y algunos monarcas gozaron de amplias tumbas -subterráneas, coronadas por discretas construcciones que nada tenían que ver, en cuanto a volumen y perfección, en cuanto a ideología, con las pirámides egipcias-, con ajuares funerarios muy notables; pero fueron excepciones, y los conjuntos funerarios nada tienen que ver con la grandeza egipcia. Así como la vida terrenal era apreciada en Egipto, y merecía ser conservada, en Mesopotamia, aquella era un soplo, barrida por el viento, tras cuya paso nada quedaba; tan solo una sombra. Por eso mismo, las sombras se contentaban con agujeros en la tierra.

Sin embargo, las primeras pirámides egipcias fueron escalonadas (como la de Saqqara), al igual que los zigurats mesopotámicos.
Pero no fueron coetáneos. Siete siglos median entre la pirámide de Saqqara (hacia 2700 ac), y el primer zigurat, de Ur (hacia 2050 aC). Por otra parte, aunque la forma sea parecida, la función, y el sentido son casi antagónicos. La pirámide egipcia era un monumento funerario; el zigurat, la base de un templo. La pirámide invitaba al movimiento ascensional. era, literalmente, una escalera hacia el cielo, por la que ascendía el alma del faraón hasta alcanzar las estrellas en la que se convertía. Mientras, el zigurat visualizaba un movimiento contrario, descendente. Es cierto que los humanos trataban de acercarse a sus dioses y, por eso, les construían altas bases que facilitaban el acercamiento -bases por las que los hombres no subían, como pensaron los hebreos al juzgar el zigurat de Babilonia, la Torre de Babel-, mas estas bases o podios, esas escalinatas celestiales solo eran recorridas por las divinidades cuando aceptaban aproximarse a la tierra. El zigurat les facilitaba el descenso, y les evitaba tener que poner el pie en la tierra mancillada -lo que les hubiera privado de su condición inmortal.

Es, posiblemente, esta concepción tan distinta de la vida (terrenal y ultraterrena), marcada quizá por el clima (desértico en ambos casos, pero pautado por crecidas más o menos regulares y previsibles, en Egipto, y devastadoras y siempre irregulares, en Mesopotamia), lo que explica que ambas culturas se hallaban mentalmente tan alejadas entre si.

La esquizofrenia occidental quizá sea deudora de su doble origen, egipcio y mesopotámico.

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