domingo, 13 de noviembre de 2016

CARL ANDRE (1935): EQUIVALENT VIII (THE BRICKS, 1966)



"Lo que me gusta de un ladrillo es que los puedo manejar, disponiéndolo en una obra de talla humana" (Carl Andre)

Un ladrillo cabe en la mano o se deja coger y acepta integrarse en un conjunto sin anular su individualidad. 

Un ladrillo es una lección ética -sin dar lecciones.

Dos capas de ladrillos yuxtapuestos. Idénticos, sin características propias. Inidentificables
La escultura -o el volumen- se extiende horizontalmente. Apenas se levanta del suelo. Se asemeja a un suelo, y sin embargo tiene cierto grosor. Podría ser un podio, pero no realza suficientemente lo que podría soportar. Tampoco es un verdadero volumen.
Evoca una construcción un marcha, cuando apenas se alza del suelo, aunque sea una obra concluida.
decenas de ladrillos se han unido. Cada uno no es nada -son piezas industriales, moldeadas en serie, sin prestar ninguna atención a cada una, piezas hechas para desaparecen en un conjunto (que armarán)-, pero juntos configuran una obra poderosa, invisible y molesta. No da pie a ninguna interpretación, pero resiste la mirada.
Los ladrillos sueltos no tienen importancia, no llaman la atención. Conjuntados marcan un espacio -que ocupan sin constituir ninguna barrera. Y, sin embargo, se rodean respetuosamente.
Curiosamente, la individualidad de cada ladrillo destaca. La trama ortogonal de las juntas es bien visible. Se diría que los ladrillos, invisibles casi aislados, cobran presencia cuando se les muestra en grupo, cuando forman parte de un conjunto -o una comunidad-. Se descubre mínimas diferencias de color y de textura, leves imperfecciones que personalizan cada pieza. La masa no los subsume sino que los realza, sin que dejen de constituir un bloque solido y armonioso.

Esta obra, incluida en una exposición antológica de Carl André en París, hoy, hubiera tenido que introducir la actual exposición De obra, sobre cerámica y arquitectura, en el museo del diseño de Barcelona.

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