sábado, 18 de abril de 2026

Escuela de Arquitectura, Campus, y Museo de la Universidad de Navarra (Pamplona)








Escuela Técnica Superior de Arquitectura 









Campus de la Universidad de Navarra








Museo de la Universidad de Navarra 








Pablo Palazuelo, Museo de la Universidad de Navarra 








 Jorge de Oteiza, Museo de la Universidad de Navarra
 

Fotos: Tocho, Abril de 2026


Desde su origen, a finales del siglo XI, las universidades europeas han estado al servicio de las ciudades que las acogían. Su presencia formaba legisladores, especialistas en derecho civil y religioso, que también atendían a las necesidades de la corona y de la Iglesia. 

Bien se dio cuenta, la ciudad de Barcelona cuando, tras haber rechazado la implantación de una universidad durante más de dos siglos, temiendo el contrapoder al poder municipal que la universidad podía acarrear, cayó en que estaba perdiendo importancia política y económica con respecto a otras grandes ciudades europeas que habían abierto los brazos a los estudios superiores, y acabo suplicando a la corona que autorizara la instauración de una universidad, un permiso ya concedido desde el siglo XIII. Mas , era ya muy tarde. 

La irrelevancia de Barcelona a partir del Renacimiento y hasta bien entrado el siglo XIX fue en gran o parte debido a su reiterada oposición a un centro de estudios superiores. 

Éste, finalmente fundado a mitad del siglo XVI, se hallaba irremediablemente en desventaja con universidades como las de París, Oxford o Salamanca, y debía además competir con el poder de los centros privados jesuíticos fundados ya en la ciudad, en los que el propio Ignacio de Loyola impartió clase.  


La relación entre la ciudad de Pamplona y sus universidades es inversa. Ciertamente, la universidad pública de la ciudad es un bien público, pero no puede competir con el poder político y económico de la universidad privada, en manos de una poderosa organización conservadora religiosa -las aulas están presididas por símbolos religiosos-, política y económica: la ciudad, en este caso, está al servicio de la universidad privada. Sin dicha universalidad, la ciudad, posiblemente, retornaría a lo que fue hasta los años setenta del siglo pasado.

El poder de la organización político-religiosa se despliega en un campus que compite con los campus de las grandes universidades norteamericanas privadas: facultades y centros de investigación diseminados en un parque de grandes proporciones, una imagen muy distinta a la del centro de ls ciudad, densamente poblado en núcleos atravesados por callejuelas empinadas. 

La extensión y el cuidado del parque, la calidad de los imponentes edificios -tan singulares y auto conscientes de su prestigio individual que no se relacionan con los demás edificios, de modo que la universidad aparece como un salpicado de obras distintas y distantes entre sí, incapaces de configurar un conjunto que muy posiblemente no pretenden conformar- , su nivel de conservación, los estrictos controles, y el nivel de las colecciones del espléndido museo universitario denotan que la universidad de Navarra, en verdad, no necesita la ciudad y podría perfectamente vivir en autarquía, lo que seguramente señalaría el fin de la prosperidad de ls capital. La universidad privada parece dar la espalda a la ciudad, como si no la considerara y la mirara desde las alturas (morales). Existe una barrera, no física -no hay muros ni murallas, desde luego - pero aún más poderosa y eficaz: una barrera mental que coarta cualquier intercambio equitativo. La vuelta a la ciudad parece percibirse como un descenso, un regreso a un mundo profano, carente del esplendor que concede la sensación de superioridad.

El campus de la universidad de Navarra, tapizado de césped, entre árboles cuidadosamente recortados y esplanadas donde tomar el sol, quizá sea el más agradable, y desde luego el más imponente de España, pero al mismo tiempo, inspira una cierta desolación por su voluntario despegue de la ciudad. Constituyen un mundo aparte, muy distinto de la feroz y conflictiva, vital relación que ciudades como Barcelona o Salamanca mantienen con sus universidades centrales. Ambas organizaciones chocan y se necesitan. Y la vida universitaria, irritante y fascinante, no exenta de conflictos partidarios, irriga la ciudad, ls cual da sentido a la universidad y la justifica. Un pueblo es una ciudad sin universidad (a la temerosa y temida instauración de universidades virtuales, sin duda opuestas a lo que la universidad significa: una confabulación de cuerpos y voces, roces y acuerdos, en un mismo espacio -físico). 

La universidad es una institución urbana -como ya se descubre en los primeros centros superiores árabes anteriores a los europeos- que aparece en Europa cuando las ciudades se recuperan tras su pérdida a finales del Imperio Romano y el poder de los monasterios en época carolingia . La universidad no es un conjunto desligado u opuesto a la ciudad, ya que en este caso acaba configurando un mundo espléndido, sin duda, pero irreal

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