y una piscina…
Piscinas de aguas azules, villas de líneas rectas, terrazas y colores planos bajo el sol de California; ni una nube; lugares luminosos y desiertos, en los que no se percibe vida.
Las célebres escenas del sueño americano que retratara el pintor inglés David Hockney, fallecido ayer, aparecen más como desoladas naturalezas muertas, viñetas que aluden a rupturas y desapariciones, que a encuentros placenteros. Se palpa la incomodidad, una paradoja en lugares que parecen haber sido planificados para una vida sin problemas.
Los interiores de Hockney, por el contrario, en los que la vida está sólo sugerida -raramente los usuarios se muestran, tan solo dejan rastros a través de algún objeto, un sombrero, por ejemplo, despreocupadamente abandonado en el asiento de rafia de una vieja silla de madera cansada cuyas patas empiezan a doblarse-, son cálidos, íntimos: la escena no suele mostrar una estancia entera, sino un rincón, cerca de una ventana, por ejemplo, a través de la cual se perciben reconfortantes, tranquilizadoras, calladas fachadas de casas antiguas, o el extremo de un sofá chester que se intuye se usa habitualmente. Unas escenas en blanco y negro, tan solo siluetadas, más unos signos que recuerdan un momento de intimidad que unas imagen que exhiben posesiones.
Curiosamente, el pintor de las villas lujosas es más casi dolorosamente cercano en estas viñetas de interiores sin pretensiones en los que cada objeto parece necesario y ocupa el lugar que ha hallado le pertenece.
David Hockney, el retratista de los interiores domésticos. Extraño, insólito































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