Entre el estallido de los petardos centelleantes y el creciente humo que se desprende, las bocanadas de fuego exhaladas por temibles esculturas sobre ruedas que representan al dragón vencido por el arcángel San Miguel y a los enfieles y los poderes demoníacos derrotados por la luz del cuerpo resplandeciente de la divinidad “verdadera” -una escenificación simbólica común en la península, la fuerza física, que no espiritual, visualizándose por otro carro en forma de águila, está vez, que representa al rey, al poder real bajo el cual se refugia el pueblo-, y el discurrir silencioso de tapices de flores por las callejuelas de los cascos antiguos urbanos, entre la llameante fiesta vengativa de la fiesta de la Patum -el nombre evocarla ensordecedor redoble de los tambores que anuncian la victoria del fuego sobre el hielo- de Berga que celebra el triunfo del cristianismo sobre el paganismo y el islam, y las alfombras florales de Sitges, hoy, jueves, tras sesenta días de la Resurrección del hijo de dios -desprendido de su condición humana para revelar su cegadora condición divina ya no opacada por la carne-, se celebra el culto de origen medieval, aún vivo, al Corpus Christi, o la adoración al cuerpo humano del hijo de dios, matizando así el culto a su sola condición divina manifestada dos meses lunares antes (Resurrección Pascual).
La fiesta de la hostia sagrada: una procesión que completa las manifestaciones de fuego y flores, del estallido vital, antes descrito, consistente en un desfile enarbolando un ostensorio: un estandarte de oro que exhibe una hostia consagrada, ofrecidas a la contemplación y adoración de los fieles.
Recordemos lo que es una hostia: un círculo -una forma perfecta sin principio ni final- de pan ácimo que, tras ser bendecido, sufre una transubstanciación, esto es, un cambio sustancial, sin cambio formal alguno, un cambio esencial no visible -un cambio opuesto a la metamorfosis que conlleva un cambio formal sin alteración sustancial: así, por ejemplo, el joven Narciso siguió siendo quien es pese a haber sido convertido en una flor, mientras que el pan siguió pareciendo pan, sabiendo a pan, pero ya no era un alimento de origen vegetal, sino animal: su sustancia, tras un ritual consistente en fórmulas y gestos, palabras y ademanes, invocaciones y movimientos, era ahora divina: se ha convertido en el cuerpo humano de la divinidad. Todo lo que se refiere a las sensaciones, al mundo sensible -tacto, olor, color- no se altera, pero lo que estas cualidades sensibles encierran, se modifica. El pan deviene, pese a que las evidencias no lo revelan, en un ente vivo y sobrenatural: la fe o la creencia, y no la evidencia, manifiestan esta alteración sustancial.
Esta operación mágica revive o rememora un hecho acaecido en los orígenes de los tiempos renovados, protagonizado por la propia divinidad convertida en un ser humano. A fin de manifestar el sentido de su paso por la tierra y de su asunción de la naturaleza y la condición humanas, la divinidad organizó un banquete, la llamada Santa Cena, en el que ofreció alimentos materiales y un manjar espiritual. Este consistió en la distribución entre los comensales de parte de su cuerpo o de su carne -carne humana unida a la luz divina, lo material y lo inmaterial, lo carnal y lo espiritual unidos- a fin que aquellos pudieran comulgar, es decir, ingerir sustancia divina a través de un bocado material, y beneficiarse del íntimo contacto con la divinidad. Ésta se ofrecía u ofrendada a sus seguidores. Se distribuía entre ellos. De este modo, habiéndose alimentado con un alimento sobrenatural -pan que es y no es pan-, los fieles ya no temerían a la muerte, sino que podrían esperar seguir viviendo, ya sin limitaciones corporales, tras la muerte.
La fiesta religiosa del Corpus Christi, ten cercana a la magia y al teatro (la magia del teatro, del arte, del gesto desprendido, de la representación creadora de ilusiones), expresa lo característico del cristianismo, “es” esta religión: la creencia en la existencia pasada, presente y futura, en una divinidad que se convirtió en un ser humano, naciendo viviendo y muriendo, alegrándose y padeciendo, para, asumiendo la mortal condición humana, liberar a los humanos de la muerte o del miedo a la muerte y ofrecerles la esperanza en una vida futura luminosa tras la noche del fallecimiento, como si -el como si teatral o autosacramental es central en el cristianismo- la muerte no fuera un final, sino un tránsito hacia un renacer.
Dicha fiesta, así, renueva la esperanza en el renacer que la primavera trae -como todos los cultos politeístas y monoteístas celebran. Una fiesta de luces, el estruendo de la vida opuesto al frío silencio de la muerte, y un nuevo florecimiento.
Desde luego, una cuestión de fe, en la que todos, fieles y no creyentes pueden participar. Una fiesta de la comunidad compartiendo valores e ilusiones.
Para FA en Sitges

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