domingo, 11 de octubre de 2026

La bola negra




 Los dioses se comunican con nosotros de maneras diversas y a menudo inesperadas, acerca de lo que nos aguarda, nos destinan. Y tienen a bien, en ocasiones, revelarnos nuestro futuro.

Nos ilustran a través de señales que no hemos solicitado, o  responden a nuestras plegarias. Aunque nunca de manera directa ni explícita.

Podemos crear situaciones que requieran que los dioses se impliquen o respondan a nuestras angustias, o pueden enviarnos señales que debamos interpretar. El vuelo de los pájaros o el nacimiento de animales con características o rasgos sorprendentes son mensajes que requieren una correcta interpretación -que nunca es fácil ni certera: una cierta incertidumbre (un oxímoron inevitable que traduce bien la ambigüedad de los planes divinos) caracteriza la lectura de los signos-.

 Los juegos de azar, en cambio, son situaciones que requieren la implicación de los dioses: los retan  a decirnos o, mejor dicho, a apuntarnos la verdad (sin que podamos asegurar a fe cierta cuando lo inevitable, benéfico o no, se producirá).

Entre estos juegos, uno sencillo, que se practicaba en Mésopotamia, a principios del primer milenio aC. Se conoce gracias a un texto en cuneiforme en una célebre tablilla hallada en Assur. Pertenece al género de la cleromancia, o adivinación a través del juego; más en concreto, a la psefomancia, lectura del porvenir a través de piedras de colores.Proporcionaba una purussû, o decisión oracular. Se desconoce cómo se practicaba, pero no parece que requiriera conocimientos específicos. Debía estar al alcance de cualquier persona. Requería el empleo de dos piedras tan solo. Tras invocar al dios de la luz (Shamash, el dios del sol), se echaba a suertes: la piedra blanca, de alabastro, indicaba que el deseo se cumpliría: lo que se ansiaba o perseguía acontecería. El deseo no quedaría insatisfecho, dejándonos anhelantes, afectados por una carencia. 

La piedra negra, de he natura, por el contrario, destacaba que el deseo topaba contra una pared, el deseo de perdurar, incluso.

Un juego que muy posiblemente haya llegado a nosotros de alguna forma, tal cual, por medio de alguna tradición popular, quizá sustituyendo guijarros por bolas. No se practicaba solo en Mesopotamia. La Biblia narra un ritual semejante que los sacerdotes llevaban a cabo en el Templo para echar luz sobre las indiscernibles decisiones divinas. Debía ser un ritual bien conocido -que en alguna iglesia cristiana  aún se practica. Un poeta bien pudiera haberlo sabido.

Véase el libro colectivo citado en un texto anterior Divination et rationalité, p. 62, ns. 4-6. 

La transcripción del texto mágico se halla en:

https://archive.org/details/keilschrifttexte-aus-assur-religiosen-inhalts-erster-band-autographien

Fuente escaneada por la editorial; la consulta es legal.

2 comentarios:

  1. Los límites y la impotencia de los hombres generaron magias y religiones sin fin. El diálogo con sus divinidades ha sido siempre más fecundo, pero no necesariamente eficaz, que el diálogo entre humanos, siempre tambaleante y traicionero.Hoy mismo lo seguimos viendo.

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    1. La invención de los seres sobrenaturales es la mayor invención de los humanos, y el mayor peligro que han creado, un peligro que al mismo tiempo quiere aportar consuelo, como los cuentos, las sagas, las leyendas, protagonizados por seres cercanos, pero distintos de los humanos, a quienes consultar y reclamar, y que han permitido ofrecer una justificación a la creación y al desmán.
      ¡Muchas gracias!

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