sábado, 9 de mayo de 2026

ADRIÀ GOULA (1973): COTA O (2024-2026)








Las paredes de las estancias solían recubrirse hasta media altura con azulejos o con pintura impermeable brillante. Así, se aseguraba cierto frescor en verano -la cerámica vidriada disipa el calor- y se evitaba el moho en invierno. Por otra parte, estas superficies eran fáciles de limpiar. El roce inevitable no dejaba una huella imborrable. La pared se podía baldear para mantenerla limpia. Se aseguraba un interior salubre y acogedor. Además, la división horizontal que recorría las paredes ayudaba a crear una sensación más confortable pues la gran altura, intimidante, de la estancia, disminuía visualmente. Se daba más importancia y peso a la parte inferior de la pared más en contacto con los usuarios. 

Mas, en la periferia de la ciudad de Valencia, a partir del 29 de octubre de 2024, y durante dos semanas al menos, la partición horizontal de las paredes de espacios interiores -garajes, comercios y viviendas- se tuvo que leer de manera muy distinta. La vida que aquélla garantizaba , y la comodidad que aportaba, devino lo contrario, y el nítido tratamiento distinto de las superficies inferiores y superiores expresó justo lo contrario de lo que se percibe habitualmente. La parte superior, a partir de una altura superior a la de un humano, definía una burbuja de aire -a la que nadie llegó. La parte inferior, en contacto con los usuarios, se convirtió en una trampa mortal. La línea de la vida señaló el final de la misma, por la inaudita  inundación que la imprevisión -cuando no la insensibilidad e indiferencia, la ineptitud, el cinismo y la dejadez- de ciertos representantes políticos no supo o no quiso advertir. La parte alta de los muros, impoluta. Encalada, incontaminada, blanca y luminosa, con la Inmaculada y fría indiferencia del cielo ante la muerte más abajo. La inferior, enterrada. Vidas enterradas. Interiores convertidos en trampas, cárceles, tumbas o sarcófagos. Espacios de los que ya no se pudo salir.

El arquitecto y fotógrafo Adrià Goula se atrevió a recorrer los interiores tres semanas más tarde. Sus fotografías no requieres explicaciones ni denuncias a voz de grito. Hielan. Porque no logran esconder el nivel del horror que una línea ocre, casi dorada, que recorre horizontalmente las paredes, traza y expresa. La línea que no es la de la vida.


Agradecimientos a Adrià Goula por sus explicaciones. 




 

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