lunes, 21 de julio de 2014

Mediterráneo: un charco de ranas (Mediterráneo. Del mito a la razón, Caixaforum, Madrid, agosto-diciembre de 2014)





Jueves 24 de julio, a las 19 horas, Caixaforum, en Madrid, inaugura la muestra sobre el mundo greco-latino Mediterráneo. entre el mito y la razón, ss. VI aC- VI dC, ya presentada en Barcelona.

La exposición se abre con una cita de Platón:


Sócrates en el Fedón (109 a-b): “Nosotros los que poblamos esta parte de la tierra que se extiende desde el Fasis [actual río Rioni, en Georgia] hasta las columnas de Hércules, vivimos en las orillas de este mar como las hormigas o las ranas en torno a un charco"

Esta conocida descripción parece evocar un espacio de intercambio y cohabitación, un espacio común en cuyas riberas viven diversos pueblos relacionados.
En verdad, como comenta Gregorio Luri, co-comisario de la muestra, a quien me atrevo a citar:

"la cita es claramente denigrante para la visión griega del mundo. Cada vez tengo más claro que los atenienses debían estar hasta el moño de Sócrates. Esta imagen  forma parte de un mito muy extraño en el que otras cosas Sócrates sostiene que la tierra, que ocupa el centro del universo sin sujetarse en nada, es muy, muy grande. Los hombres habitamos cavidades (la del Mediterráneo es una más), absolutamente confundidos en nuestra visión de las cosas. Somos como habitantes del fondo marino que creen que la superficie del mar es el agua. Si a un hombre le crecerán las alas y pudiera ascender mas allá de la cavidad que ocupa… finalmente podría sacar la cabeza de este mundo, como un pez saca a veces la cabeza fuera del agua, etc, etc."

En efecto, la cita pertenece a la grandiosa y extraña descripción del cosmos con el que el hermoso y tardío diálogo Fedón (seguramente el mejor de Platón, y una de las obras cumbres de la literatura -y no solo de la filosofía) concluye. Del mismo modo que el alma de Sócrates, condenado a muerte, y a punto de beber la copa de cicuta que le van a tender en un momento, se alejará de la tierra alzándose en los cielos, Sócrates describe maravillosa y exactamente la tierra, que pronto contemplará de lo alto, como una esfera mucho más grande de lo que los humanos se imaginan, inmóvil en el éter, cuya superficie se cubre con toda clase de tonos pardos, verdes y azules que se filtran a través del manto blanco de las nubes.
Sin embargo, esta visión deslumbrante es engañosa. Existen dos tierras. Una, interior, localizada en las profundidades marinas, es la tierra en la que habitamos como ranas en un charco. El globo terráqueo presenta numerosas oquedades en las que el húmedo éter se condensa. Los humanos vivimos dentro del mar, y creemos que el agua es el cielo. Si nos atreviéramos, como algunos peces cuando tratan de respirar en una charca fangosa, a sacar la cabeza del agua, descubriríamos que, por encima del mundo enlodado en el que chapoteamos y nos hundimos, existe una segunda tierra, tierra bajo la luz, en la que las formas, los hitos naturales se muestras radiantes, de nítidos contornos, no contaminados por el polvo y el lodo. 
Sin embargo, nadie osa, o nadie piensa ven osar, tal gesto con el que cambiaría la visión del mundo y nuestra relación con él.

El Mediterráneo, así, lejos de ser el armónico y luminoso marco tantas veces descrito, se muestra como un espacio opresivo y manchado en el que los humanos no cesan de hacerse ilusiones.
Mediterráneo, un mundo de luces y sombras, como la exposición trata de evocar.

Una imagen más actual y viva que nunca hoy.

Nota: imagen proporcionada por Gregorio Luri, a quien agradezco el recordatorio del texto.

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