miércoles, 19 de octubre de 2016

MICHAEL ARAD (1969): MUSEO MEMORIAL DEL 11-9 (NUEVA YORK, 2011)





Fotos: Tocho, octubre 2016

Pese a que hubiera sido escogido como uno de los mejores museos del mundo, el Museo Memorial del 11-9 en Nueva York, que no acepta los pases del ICOM -por lo que se desmarca de las normas habituales de los museos en la mayoría de los países-, del arquitecto británico Michael Arad (1969), autor igualmente de los dos fascinantes fuentes hundidas abismales que ocupan el hueco de las Torres caídas. no invitaba a visitarlo.
El volumen un tanto gratuito y el tratamiento exterior de las fachadas, de los arquitectos noruegos Snohetta (autores de la reciente ópera de Oslo), juegan también en contra.
Los prejuicios o las reticencias, sin embargo, no eran aceptables.
Se trata, en efecto, de un museo sobrecogedor.
El contenido hubiera podido provocar cierto hartazgo en espectadores no directamente afectados por el atentado: un museo que es monumento a las víctimas -en ocasiones, literalmente, caídos, que se tiraban por las ventanas de los rascacielos debido al calor abrasador en las salas a causa del incendio- durante el ataque terrorista de las Torres Gemelas y su posterior derrumbe.
El museo comprende dos partes. La segunda expone toda clase de objetos hallados entre las ruinas. Su exposición sistemática y obsesiva, como en un museo de ciencias naturales del siglo XIX, evita el sentimentalismo.
Pero es la primera parte la que más sobrecoge, precisamente porque no muestra nada. Se trata de una bajada, en una relativa oscuridad, por una escalinata inacabable negra, que recorre suspendida un vacío descomunal, limitado, en uno de los lados, por los cimientos de hormigón desmesurados de las torres caídas que conservan aun los anclajes de la estructura: el color gris del hormigón, y de la sala, se asocia inevitable pero casi poéticamente con la ceniza. Se desciende en el vacío. Las barandillas de vidrio acrecientan la atracción que aquél suscita: visualmente nada se interpone entre quien baja, casi con temor, y el fondo de la falla a decenas de metros de profundidad. Allí, abajo, tan solo unos bancos desordenados sobre los que se apoyan archivos documentales, en medio de uno de los pocos elementos verticales de hierro retorcido que sobrevivieron. Y huellas en el enlosado de hormigón original de elementos estructurales fundidos. Es un museo que solo muestra ausencias, marcas y límites de lo que ha desaparecido.
Las torres se evocan por los cimientos, el horror por un descenso que no cesa; sin redención. Una vez en lo hondo, parece no haber salida -ascendente. Tan solo la grisura de las paredes de hormigón de los cimientos, y la falta de elementos reconocibles, amén del vacío inhumano, evocan lo que tuvo que acontecer el día del ataque. El visitante baja y baja, y no halla nada; no sabe siquiera porque baja pero siente que el hueco le atrapa.
Nunca de ha evocado de manera tan sugerente -y tan contenida, muy lejos del efectismo del Museo Judío del arquitecto Libeskind (autor de la torre de la Libertad en el centro del desaparecido World Trade Centre de Nueva York), en Berlín- con nada: tan solo un recorrido sin retorno.

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