Las pinturas metafísicas que Giorgio de Chirico realizó a principios del siglo XX se convirtieron en el catecismo del urbanismo de los años ochenta. Las vistas de plazas desoladas, vacías, al atardecer, asediadas por sombras alargadas, en las que destacaba una escultura clásica de una figura somnolienta estirada un podio, más parecían camposantos que espacios de encuentro. El vacío que evocaban era la irónica respuesta de arquitectos de prestigio a la petición popular de plazas con arbolado considerada como un deseo decimonónico.
Sin embargo, es muy posible que las plazas y los edificios que el escultor Alberto Giacometti realizó entre los años veinte y cincuenta del siglo pasado fueran el modelo del espacio público y de la arquitectura que se impuso. Las plazas no son espacios desolados ni vacíos. Antes al contrario, paseantes las cruzan en todos los sentidos. Seres ensimismados, apresurados, que caminan sin mirarse o se detienen sin dialogar ni interactuar. La plaza no se constituye como un lugar de encuentro, sino de paso. Pasos por caminos ya determinados como el tránsito incesante, siempre por el mismo sitio, los hubiere trazado e inscrito en la tierra. Se diría que se huye de la plaza, lo más rápidamente posible, la vista fija en el suelo, como si no se quisiera ver la plaza y lo que la rodea.
Los edificios que envuelven las plazas no son casas, aunque estén habitadas -puesto que están habitadas-, sino jaulas -una imagen en la que la escultora Louise Bourgeois ahondará. Paralelepípedos de muros transparentes o inexistentes de los que paradójicamente no se puede salir, como ocurría en la película de Buñuel El ángel exterminador.
Oroximsmente, la fundación Giacometti cambiará de lugar en París -asentada, enterrada bajo una inmensa plaza.
Agradecimientos a HelenaTatay por la comunicación de una escultura -un camino- en Zúrich










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