El artista francés Raymond Hains, conocido por sus obras que rasga las vestiduras y levanta las alfombras -así, por ejemplo, exponía carteles arrancados de las paredes, compuestos por sucesivas capas de carteles pegados los unos sobre otros, a lo largo de años, maltrechos, rotos, desgarrados, que en su involuntaria yuxtaposición mostraban en un mismo plano detalles de carteles distintos, que adquirían un significado muy distinto, casi siempre caricaturizado, del que poseían en su origen, un trabalenguas de imágenes y palabras propias de registros distintos accidentalmente acordados, y creando obras absurdas, risibles y fascinantes en su despropósito-, retrató durante diez años la construcción de la gran intervención arquitectónica en el museo del Louvre en París, consistente en el entierro de un único acceso señalado por una discutida pirámide de vidrio, convertida en el reclamo del museo y el origen y el destino de las colas diarias de visitantes y de las miserias de la institución.
Cables desacordados que sobresalen del suelo como plantas deshojadas y secas, sillares olvidados, grúas que se baten contra el viento, y el habitual desaliño de una obra, con los grumos de cemento y las sobras o los olvidos de los materiales de construcción, componen la irónica imagen de grandeza que las obras pretendían comunicar.
Una exposición, hoy, rescata este fotografías, el anverso de un gran proyecto en entredicho por los problemas causados por la sobreexposición del museo.









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