Los modelos del pasado, las referencias a acciones del pasado, logradas y celebradas, no siempre -quizá nunca- explican ni justifican las acciones del presente.
Las ciudades, hoy, se bombardean, se asaltan, se toman, se incendian, se arrasan con bulldozers, obligando la población a desplazamientos durante los que también es masacrada. En la expresión no queda piedra sobre piedra solo debería cambiarse podrá por bloque de hormigón -y no siempre: el hormigón ya se usaba en Roma.
Sería fácil argumentar que la destrucción de ciudades en el próximo oriente se asemeja a una maldición divina, como si nos escudáramos en una voluntad superior ante la que nada se puede hacer y que, de alguna manera, halla una razón en el aniquilamiento.
Los soberanos mesopotámicos destacaban por su capacidad -y la autorización concedida- para repetir acciones emprendidas por los dioses. Los dioses fundaban y construían. Los reyes los honraban imitándolos.
Pero los dioses raramente destruían ciudades. La justificación sobrenatural, en este caso, no existía o era endeble. Los reyes mesopotámicos, especialmente los emperadores neo-asirios, tenían (se atribuían) la potestad de arrasar edificios y ciudades. Más que por su labor edilicia, destacaron por la furia, la crueldad, la inhumanidad con la que trataron ciudades y habitantes. La destrucción y el asesinato eran una manera de ejercitar y comunicar su poder. Amedrentar era una exclusiva realidad. Algunos políticos hoy se aferran a este modelo.
Las ciudades mesopotámicas parecían existir para ser destruidas. El Antiguo Testamento, es , en este sentido, un fiel reflejo de esta política. Yahvé no destruye, pero autoriza o alienta la destrucción. Un dios colérico enciende la cólera.
La manera sistemática, metódica con la que se cuidad que no quede rastro alguno de una ciudad, echando incluso sal en la tierra, seguramente nunca se produjo tal como se describe. Las horrísonas y frías descripciones -que carecen del desesperado aliento con el que Virgilio narra el intencionado incendio y las matanzas que suceden tras la toma de Troya, en la Eneida-, en los textos mesopotámicos (que incluyen a los bíblicos), quizá no fueran tales, aunque los horrores, las carnicerías no empalidecieron ante los relatos escritos, porque pocas ciudades no lograron sobrevivir, al menos un tiempo, tras su destrucción, pero los textos, históricos o no, fidedignos o no, revelan las implacables ansias destructivas humanas: unas ansias que nunca quedaron en la imaginación, en secretas intenciones no llevadas a la práctica, sino que se trataron de ejecutar (un verbo significativo en n este caso). Las ciudades eran y son (véanse los arrasamientos de Nínive, Babilonia, Susa, Dresde, Gaza, Mosul) objetivos prioritarios en las campañas de aniquilamiento que parecían y parecen tener como fin no solo la muerte del rival sino la glorificación de quien comete u ordena la cometida de la destrucción. La gloria humana parace buscarse más en la destrucción sistemática que en la construcción, ayer y hoy. Las grandilocuentes expresiones desde la madre de todas las batallas hasta el retorno a la Edad Media no son solo expresiones que se quedan en el tintero, aunque no sean crónicas históricas.
Y la paradoja es que algunas de las obras maestras del arte muestran, antes que escenas de edificación, imágenes de destrucción, desde relieves egipcios y neo-asirios, hasta Khaled Dawwa. La lista es interminable. El arte hace soportable la devastación.
Por eso, quizá, somos capaces de leer la descripción -en un prisma (el Prisma A), en escritura cuneiforme, hallada en las ruinas de Ninive (asolada por Babilonia, que Ninive había reducido a cenizas un siglo antes), a mitad del siglo XIX, que narra una interminable sucesión de campañas militares tras las que no queda pared alguna en pie-, de la destrucción sistemática de la ciudad de Susa por Asurbanipal a quien una excelente y problemática exposición -que da pie a una discusión- le está dedicada estos días en Madrid y próximamente en Barcelona:
"Susa, la gran ciudad santa, morada de sus dioses, sede de sus misterios, la conquisté. Entré en sus palacios, abrí sus tesoros donde se amontonaban plata y oro, bienes y riquezas ...
Destruí el zigurat de Susa. Rompí sus brillantes cuernos de cobre. Reduje los templos de Elam a la nada; Sus dioses y diosas los esparcí a los vientos. Las tumbas de sus antiguos y recientes reyes las devasté, las expuse al sol y llevé sus huesos hacia la tierra de Ashur. Devasté las provincias de Elam y en sus tierras sembré sal."
Conquisté Susa, la gran ciudad santa, morada de sus dioses y sede de sus misterios. Entré en sus palacios y abrí sus tesoros, donde se acumulaban la plata y el oro, los bienes y las riquezas... los tesoros de Sumer, Acad y Babilonia que los antiguos reyes de Elam habían saqueado y llevado consigo. Destruí el zigurat de Susa y hice añicos sus resplandecientes cuernos de cobre. Reduje a la nada los templos de Elam y dispersé sus bienes y a sus diosas a los cuatro vientos. Devasté las tumbas de sus reyes, tanto antiguos como recientes, las expuse al sol y trasladé sus huesos a la tierra de Asur. Asolé las provincias de Elam y sembré sal sobre sus tierras
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