sábado, 9 de marzo de 2013
JOSEF KOUDELKA (1938): VESTIGIOS (1991-2012)
Josep Koudelka es un fotógrafo checo, que trabaja para la agencia Magnum, y que, desde principios de los años noventa, recorre países mediterráneos o próximos, geográfica o culturalmente, al Mediterráneo, fotografiando ruinas greco-latinas: Palmira, Petra, Apamea, Ostia, Siracusa, Thuburdo Majus, Timgad, Gerash, etc, en medio de paisajes desiertos o desolados, siempre vacías de visitantes, de las que ofrece a menudo un punto de visto bajo, aferrado a la tierra, lo que único que impide que estos restos desaparezcan para siempre.
jueves, 7 de marzo de 2013
Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona & Sant Cugat del Vallés: RIP
Aunque el mejor momento de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona (ETSAB) se halle ya lejos en el tiempo (destacó desde principios de los años 80 hasta mediados de los 90, habiendo sido escogida durante años como una de las tres mejores escuelas de arquitectura de Europa), y sus mejores profesores ya no estuvieran (por jubilación, abandono o fallecimiento), sin que se hubiera producido un verdadero y destacable relevo generacional (salvo por algunos buenos jóvenes profesores, de Proyectos, sobre todo), se trata de una Escuela aún escogida por estudiantes españoles y becados Erasmus (no se sabe si por su enseñanza o sus programas, o por estar en Barcelona).
En todo caso, de aquí a dos años, esta historia habrá acabado.
La Universidad Politécnica de Cataluña (UPC) debe, al parecer, unos cien millones de euros -la creación desaforada de campus no ha ayudado, posiblemente, a sanear su economía.
La venta anunciada del palacete que alberga la Escuela de Naútica, a la Fundación rusa L´Hermitage, no debe de cubrir el déficit.
Caben nuevas soluciones, y la posible venta de más edificios.
La Escuela de Arquitectura de Barcelona se desplazará, de aquí a dos años, cuando se extinga el actual Plan de Estudios -reemplazado por un nuevo plan acorde, supuestamente, a las normas de Bolonia (las cuales, si se cumplieran, exigirían la multiplicación de enseñantes y espacios, para atender a los todos los seminarios reducidos simultáneos que se deberían impartir)-, a la Escuela de Arquitectura del Vallés, en Sant Cugat, cabe Barcelona.
El número de alumnos se reducirá. No se ha fijado aún cuántos podrán seguir la carrera. En este momento, la Escuela de Barcelona acoge a casi cuatro mil estudiantes. La Escuela del Vallés, unos ochocientos. Este centro no puede acoger más. No caben grandes operaciones aritméticas para fijar un número máximo de estudiantes. Durante tres años, la Escuela no matricularía a ningún nuevo estudiante, a la espera que los últimos del Plan de estudios antiguo acaben la carrera.
El número de profesores deberá estar de acuerdo con el de los alumnos. Una parte del profesorado, ya mayor, se compone de funcionarios. Los enseñantes más jóvenes suelen ser profesores asociados, a los que se les renueva o no el contrato anual. Supongo que, en esta caso también, tampoco caben muchas soluciones.
La Escuela de Barcelona quedará para estudios de tercer ciclo: másters y doctorado. ¿La razón? Los estudiantes de tercer ciclo, mayoritariamente extranjeros, prefieren Barcelona a la desconocida Sant Cugat, con perdón, allende el Tibidabo. Es decir, una Escuela, con dos edificios, apta para unos cuatro mil estudiantes, acogería unos ciento cincuenta o doscientos. Un lujo. Si ambos edificios siguen perteneciendo a la Universidad.
Este plan, hecho público, al parecer, por un descuido, ha sido presentado por la Universidad al gobierno autónomo catalán. Debería aprobarse próximamente.
Algunos profesores comentan que el edificio de la Escuela del Vallés, por ser de titularidad pública, no puede venderse. El de Barcelona, que podría valer unos sesenta millones, sí.
Se cuenta, sarcásticamente, que solo Amancio Ortega podría comprar los edificios de la Escuela de Arquitectura de Barcelona, bien situados en la Avenida Diagonal, no lejos del Corte Inglés.
Siendo profesor de Estética, supongo que lograría un puesto de dependiente en la sección de ropa interior femenina.
Nuevos aires.
Gélidos.
En todo caso, de aquí a dos años, esta historia habrá acabado.
La Universidad Politécnica de Cataluña (UPC) debe, al parecer, unos cien millones de euros -la creación desaforada de campus no ha ayudado, posiblemente, a sanear su economía.
La venta anunciada del palacete que alberga la Escuela de Naútica, a la Fundación rusa L´Hermitage, no debe de cubrir el déficit.
Caben nuevas soluciones, y la posible venta de más edificios.
La Escuela de Arquitectura de Barcelona se desplazará, de aquí a dos años, cuando se extinga el actual Plan de Estudios -reemplazado por un nuevo plan acorde, supuestamente, a las normas de Bolonia (las cuales, si se cumplieran, exigirían la multiplicación de enseñantes y espacios, para atender a los todos los seminarios reducidos simultáneos que se deberían impartir)-, a la Escuela de Arquitectura del Vallés, en Sant Cugat, cabe Barcelona.
El número de alumnos se reducirá. No se ha fijado aún cuántos podrán seguir la carrera. En este momento, la Escuela de Barcelona acoge a casi cuatro mil estudiantes. La Escuela del Vallés, unos ochocientos. Este centro no puede acoger más. No caben grandes operaciones aritméticas para fijar un número máximo de estudiantes. Durante tres años, la Escuela no matricularía a ningún nuevo estudiante, a la espera que los últimos del Plan de estudios antiguo acaben la carrera.
El número de profesores deberá estar de acuerdo con el de los alumnos. Una parte del profesorado, ya mayor, se compone de funcionarios. Los enseñantes más jóvenes suelen ser profesores asociados, a los que se les renueva o no el contrato anual. Supongo que, en esta caso también, tampoco caben muchas soluciones.
La Escuela de Barcelona quedará para estudios de tercer ciclo: másters y doctorado. ¿La razón? Los estudiantes de tercer ciclo, mayoritariamente extranjeros, prefieren Barcelona a la desconocida Sant Cugat, con perdón, allende el Tibidabo. Es decir, una Escuela, con dos edificios, apta para unos cuatro mil estudiantes, acogería unos ciento cincuenta o doscientos. Un lujo. Si ambos edificios siguen perteneciendo a la Universidad.
Este plan, hecho público, al parecer, por un descuido, ha sido presentado por la Universidad al gobierno autónomo catalán. Debería aprobarse próximamente.
Algunos profesores comentan que el edificio de la Escuela del Vallés, por ser de titularidad pública, no puede venderse. El de Barcelona, que podría valer unos sesenta millones, sí.
Se cuenta, sarcásticamente, que solo Amancio Ortega podría comprar los edificios de la Escuela de Arquitectura de Barcelona, bien situados en la Avenida Diagonal, no lejos del Corte Inglés.
Siendo profesor de Estética, supongo que lograría un puesto de dependiente en la sección de ropa interior femenina.
Nuevos aires.
Gélidos.
miércoles, 6 de marzo de 2013
La concepción de la arqueología en la.... antigüedad
La palabra arqueología está compuesta por los términos griegos arjé y logos. El segundo significa palabra verdadera y demostrable (al menos para Platón, quien la distingue de mythos, palabra verdadera mas indemostrable); el primero, origen, fundamento, cimiento. Por tanto, la arqueología consiste en el estudio científico, en el saber de las trazas o cimientos de instalaciones o de la presencia humanas.
Arqueólogos y ligüistas o mitólogos chocan habitualmente. Ambos reconstruyen el pasado, a partir de datos distintos: unos, restos arqueológicos, hallados e interpretados; otros, a partir de textos (toda clase de textos, desde mitos, leyendas, himnos hasta textos administrativos). Los conocimientos necesarios son necesariamente distintos. Los lingüistas necesitan conocer la lengua en la están redactados los textos y ser capaces de descifrarla -en el caso de escrituras no alfabéticas- y de entenderla.
Ambos tipos de estudiosos se reprochan su visión parcial o, a veces incluso, su error al basarse en documentos no significativos. Así los lingüistas sostienen que los textos proporcionan la visión más clara y amplia de la manera de pensar y obrar de hombres del pasado. Los arqueólogos replican que los textos están lastrados por una ideología a menudo real, y que cuentan lo que se quería que se supiera, mientras que los restos arqueológicos demuestran lo que realmente ocurrió. Los lingüistas, empero, responden entonces que los restos arqueológicos no significan nada, son mudos, si no son interpretados a la luz de datos fidedignos, cuya interpretación es segura, que solo los textos proporcionan.
Este enfrentamiento, a veces agrio, afecta sobre todo la comunidad dedicada al estudio del Próximo Oriente antiguo.
La palabra arqueología no es una creación moderna a partir de dos términos griegos antiguos. Por el contrario, Platón ya la empleaba. Mas arqueología no significaba el estudio de trazas arqueológicas (que no existían, salvo los restos micénicos escasos). Arqueología designaba un saber cuyo conocimiento causaba placer. Se trataba de una ciencia que se contaba. Consistía, en general, explica Platón en el Hippias Mayor (285 d-e), en "genealogías de héroes y hombres (del pasado), en relatos relativos a la antigua fundación de ciudades; y, de manera general, a todo lo que se refiere a la antigüedad". Es decir, la arqueología era lo que hoy consiste en la mitología: el estudio y la narración - que causa placer y provoca aplausos, sostiene Sócrates en este diálogo- de hechos acaecidos en otra era, protagonizados por héroes, del que solo quedan testimonios orales.
La arqueología estudiaba textos (relatos orales), y no restos. Textos que contaban la verdad acerca de un pasado inmemorial, no humano.
Desde entonces, con la aparición de las ruinas, y el gusto por ellas, el término ha sufrido una sorprendente evolución.
Arqueólogos y lingüistas buscan lo que el presente no proporciona: fundamentos.
Arqueólogos y ligüistas o mitólogos chocan habitualmente. Ambos reconstruyen el pasado, a partir de datos distintos: unos, restos arqueológicos, hallados e interpretados; otros, a partir de textos (toda clase de textos, desde mitos, leyendas, himnos hasta textos administrativos). Los conocimientos necesarios son necesariamente distintos. Los lingüistas necesitan conocer la lengua en la están redactados los textos y ser capaces de descifrarla -en el caso de escrituras no alfabéticas- y de entenderla.
Ambos tipos de estudiosos se reprochan su visión parcial o, a veces incluso, su error al basarse en documentos no significativos. Así los lingüistas sostienen que los textos proporcionan la visión más clara y amplia de la manera de pensar y obrar de hombres del pasado. Los arqueólogos replican que los textos están lastrados por una ideología a menudo real, y que cuentan lo que se quería que se supiera, mientras que los restos arqueológicos demuestran lo que realmente ocurrió. Los lingüistas, empero, responden entonces que los restos arqueológicos no significan nada, son mudos, si no son interpretados a la luz de datos fidedignos, cuya interpretación es segura, que solo los textos proporcionan.
Este enfrentamiento, a veces agrio, afecta sobre todo la comunidad dedicada al estudio del Próximo Oriente antiguo.
La palabra arqueología no es una creación moderna a partir de dos términos griegos antiguos. Por el contrario, Platón ya la empleaba. Mas arqueología no significaba el estudio de trazas arqueológicas (que no existían, salvo los restos micénicos escasos). Arqueología designaba un saber cuyo conocimiento causaba placer. Se trataba de una ciencia que se contaba. Consistía, en general, explica Platón en el Hippias Mayor (285 d-e), en "genealogías de héroes y hombres (del pasado), en relatos relativos a la antigua fundación de ciudades; y, de manera general, a todo lo que se refiere a la antigüedad". Es decir, la arqueología era lo que hoy consiste en la mitología: el estudio y la narración - que causa placer y provoca aplausos, sostiene Sócrates en este diálogo- de hechos acaecidos en otra era, protagonizados por héroes, del que solo quedan testimonios orales.
La arqueología estudiaba textos (relatos orales), y no restos. Textos que contaban la verdad acerca de un pasado inmemorial, no humano.
Desde entonces, con la aparición de las ruinas, y el gusto por ellas, el término ha sufrido una sorprendente evolución.
Arqueólogos y lingüistas buscan lo que el presente no proporciona: fundamentos.
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actualidad de los mitos,
Arte antiguo
martes, 5 de marzo de 2013
LAWRENCE WEINER (1942): FOR EVER AND ONE DAY (Para siempre y un día, 2013)
El artista norteamericano Lawrence Weiner, a petición de una fundación privada, ha creado o entregado -por un tiempo- una obra a la ciudad de Barcelona.
Una de las entradas del Mercado de Santa Catalina ha sido escogida para exponerla.
El artista no quería una obra monumental. Le parecía pretencioso o grandilocuente. Así que ha entregado una obra en forma de banco público, o un banco público.
¿En qué consiste?
La obra podría ser una estatua realista o mimética, que reprodujera un banco ya existente, o una "idea" de banco. La escultura, si lo es, se asemeja, después de todo, a los bancos neo-modernistas del paseo de Gracia de Barcelona, cuyo estatuto no plantea dudas: son bancos. Más, si eso fuera cierto, la obra no podría "utilizarse": debería ser contemplada, pero nadie podría sentarse en ella. Existen innumerables estatuas sedentes de bronce o de mármol en jardines públicos, y el público no está autorizado a utilizarse como un banco.
En este caso, sin embargo, no hay barandillas, cuerdas o aviso algunos que adviertan que la obra solo puede ser contemplada, dando lugar a las reflexiones que se considere oportunas. El público, en este caso, es invitado a utilizar la obra como si fuera un banco. ¿Lo es?
Los bancos estás hechos para ser usados. Los usuarios en potencia y los usuarios que descansan en un banco son los mismos. Nada ha cambiado en ellos, o ellos no han cambiado porque se hayan sentado en un banco público. Serán unos enamorados, o estarán cansados, nada más. En todo caso, la única transformación es de orden físico. Si el banco es cómodo, se levantarán descansados.
Sin embargo, Weiner considera que los usuarios no son simples receptores del objeto. No lo usan. Lo crean. Weiner es conocido por estampar frases más o menos inteligibles, partidas por líneas curvas como colas de cerditos en las paredes de los museos. Sostiene que los espectadores tienen que descifrar los mensajes; es decir, tienen que hallar el sentido de las frases o dotarlas de sentido. Las obras no están conclusas, sino que es la lectura de los espectadores que les permite alcanzar lo que el artista busca que sean: frases que digan algo sobre el mundo. Por tanto, el espectador participa de la creación de la obra. Ésta sigue siendo una obra del artista, pero la importancia del espectador no es menor. La obra, compuesta por palabras o frases, alcanza su pleno significado cuando es leída.
Así que la escultura-banco de Weiner no es un "simple" banco. Los usuarios no son usuarios, sino co-creadores de la obra. Sentándose en ella, logran que la obra adquiera su "verdadera dimensión": su "sentido pleno".
Si nadie se sienta en ella, la obra no es nada.
Mas ¿invita a sentarse, es decir, a dotarse de sentido, a transformarse en arte?
Si algo es, es incómoda. Parece un banco, pero no lo es: no solo porque es una obra y no un útil (una de las diferencias básicas es la existencia del título: un banco tiene un nombre genérico -Banco Romántico, por ejemplo-, éste un nombre o título propio), sino porque es un banco que no sirve. La forma y disposición de la base obliga a estirar las piernas; el respaldo se halla demasiado lejos del borde. Es, en todo caso, un banco muy poco práctico. Winer sostiene que un banco es "un lugar de descanso"; sin duda, pero, ¿cabe descansar en este banco que quiere ser una obra de arte? Sirve para exponerse: las extrañas poses que hay que tomar, apoyándose apenas en el borde, así lo sugieren. Pero, descanso, relajo, poco. Recuerda los extraños objetos de los años ochenta en Barcelona, cuando los bancos no parecían bancos y no había manera de sentarse a descansar durante un rato: parecían obras de arte, esculturas minimalistas.
En este caso, se trata de una escultura que quiere ser un banco, o quiere ser utilizada como si fuera un banco. Mas no invita al uso.
¿Qué ocurre en este caso? ¿Es un banco? Por definición, no. ¿Es una obra? Según el punto de vista del artista, tampoco, ya que solo el uso la convierte en una obra verdadera. Su sola contemplación -cuestionable porque se asemeja a una escultura abstracta anodina, como existen tantas en los parques y las plazas públicos en Europa- es insuficiente para que alcance el estatuto de obra de arte. El uso, tanto el pensar y el obrar del artista, cuando la utilización y la interpretación del espectador, convertido en usuario, hace el arte.
¿Qué es entonces?
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arquitectura desde las artes,
Modern Art
domingo, 3 de marzo de 2013
LÉO VERRIER (1983): DRIPPED (SALPICADO, 2011)
Cortometraje de animación, en homenaje al pintor expresionista abstracto Jackson Pollock, finalista en los Oscar 2013.
Véase la web del cineasta e ilustrador: http://www.leoverrier.com/
RETRATO Y AUTORRETRATO EN LA ANTIGÜEDAD EN OCCIDENTE
Retrato romano sobre vidrio, s. I dC
“Conócete a ti mismo”: tal era el célebre lema que coronaba
el templo de Apolo en Delfos.
Todos los admitidos en su interiorde aquél tenían que
aceptar sus limitaciones: eran mortales y se enfrentaban a un inmortal: no
debían olvidar nunca esta verdad, sin la cual podrían creerse superiores a lo
que eran, lo que obligaba al Destino a intervenir (drástica y cruelmente).
Este auto-reconocimiento, la asunción de las limitaciones
personales, de la humana condición, fue posible, en los inicios del
Cristianismo, gracias a ejercicios de introspección: el hombre se retiraba –se
retira- en sí mismo. Se alejaba del mundo, como un eremita, a fin de
encontrarse o de reencontrarse. Este retiro, aislándose de sus semejantes –en
una cueva, en lo alto de una columna, o enclaustrándose en un convento-,
buscando en sí mismo quién era y cómo era, se completaba con una mirada sobre
uno mismo. Fue el cristianismo el que permitió y favoreció el autorretrato: la
mirada objetiva o crítica de un artista sobre su condición. Hasta entonces,
ciertamente, la imperfección de los espejos –que siguió hasta la Edad Media-
habría impedido que el hombre se viera a sí mismo, cómo era, qué faz tenía y
qué revelaba ésta. Mas esta limitación no fue la única, ni la principal causa,
de la escasez de autorretratos antiguos.
Es cierto que Fidias se representó a sí mismo en el escudo
de la estatua criselefantina de Atenea;
no se trataba, empero, de la estatua de culto, y no se sabe bien qué quiso
expresar, ni si quiso que su efigie fuera visible o reconocible, aunque lo
llegó a ser. Pero la indignación por un acto semejante no estaban en
consonancia con el discreto tamaño que Fidias se otorgó a sí mismo; revelaba
que el gesto de Fidias era inhabitual e incomprensible. Es cierto que
representarse junto a una divinidad, lo que denotaba cierta correspondencia
entre un mortal y un inmoral, era una osadía. Pero lo que más sorprendió fue
que el escultor se auscultara. Nadie, hasta entonces lo había hecho, y se
tardarían siglos en que esta situación volviera a producirse.
La razón residía en que el auto-conocimiento del ser humano,
en la antigüedad pagana, no pasaba por el retiro ni la introspección ante el
espejo, el careo entre un humano y su imagen. El descubrimiento de las
posibilidades y de las limitaciones humanas acontecía a la luz del día, en un
espacio público o compartido, entre y ante los demás. El diálogo era la situación
más favorable para este reconocimiento. ¿Por qué?
Platón comentaba que los ojos eran la parte principal del
individuo. Aquéllos eran un espejo. En el centro se asomaba la imagen reflejada
de la persona situada en frente. El diálogo, y la relación amorosa, propiciaban
un acercamiento, la proximidad entre los amantes. Éstos, encarados, se miraban.
Contemplaban los ojos de la persona amada y se veían también en aquéllos. Lo
que descubrían era su propio rostro. Se veían por vez primera, no aislados, sino
en pareja, entre semejantes. Se descubrían, además, poseídos por Eros o Cupido.
Su cuerpo, y su rostro, actuaban como la figura de una estatua o de una
máscara. La divinidad les poseía, por lo que lo que se miraba en los ojos del
amado o la amada era la faz del o de la amante transfigurada por Eros: una
imagen en íntimo contacto con una divinidad, lo que permitía que esta faz
resplandeciera, y se reflejara nítidamente en la pupila (pupilla, en latín, significa muñeca, por lo que el moderno término
de pupila designa, en verdad, a una figura asomada en el óculo del ojo, reflejada
en éste). El descubrimiento que uno se hacía de sí mismo no acontecía así
soledad sino en compañía. Ésta activaba el deseo de asomarse a los ojos de la
persona amada.
La imagen reflejada mostraba, así, la mejor imagen de uno
mismo: la imagen de un humano en contacto con la divinidad, digno de ésta. Para
Platón, el cuerpo no era digno de ser tenido en cuenta. Los juegos de palabras
entre soma y sema, cuerpo y cárcel –dos palabras etimológicamente no
relacionadas-, practicados en varios diálogos, así lo atestiguan. En verdad, el
alma –la psique-, de origen divino, se hallaba adormecida y encerrada en un
cuerpo. Sin embargo, la posesión erótica la despertaba. Una divinidad –Eros- le
permitía recordarle donde venía, y las penurias terrenales en las que se
encontraba. Por eso, la psique, azuzada por Eros, pretendía escapar del cuerpo
que la mantenía prisionera. El encuentro físico hubiera acrecentado su
desgracia, mas lo que Platón propugnaba en el amor era un encuentro de almas
exaltadas: almas que lograban alzarse sobre sus limitaciones. Por tanto, lo que
se asomaba a los ojos de un semejante se asemejaba a un ser humano; mas se
trataba, en verdad, de un alma. Los ojos, así, permitían que el ser humano
descubriera lo que, según Platón, tenía más valor: la psique, su vida interior,
que compartía con otras personas atraídas por él, y a las que atraía. Los ojos
eran como un periscopio que permitían bucear en el alma humana.
La importancia que Platón concedió a la mirada como método o
como lugar del reconocimiento personal fue posiblemente una de las causas del
nacimiento del retrato durante la época helenística, en el siglo IV aC. Hasta entonces, los artistas habían
representados tipos: el guerrero, el campesino, el filósofo, la anciana –dos
mil años más tarde, Giorgione pintaría una efigie de una anciana; hoy se sabe
que incluso esta figura no representaba a una mujer en concreto, sino a un
tipo: “la” anciana prototípica- , el vate, etc. Cada uno de estos retratos, pintados
o esculpidos, incluso en los casos en los que el parecido era buscado, atendía
sobre todo a rasgos genéricos. Un gran poeta tenía que estar ciego, como
Homero, pues la ceguera, que le impedía ver lo que acontecía a su alrededor, le
permitía otear, por el contrario, lo que tenía lugar más allá, o en el más
allá. Los ojos interiores actuaban en cuanto los ojos sensibles se cerraban.
Del mismo modo, un filósofo, fuera o no imberbe en la realidad, tenía que ser
un anciano de pobladas barbas. Su aspecto físico, por otra parte, no podía
igualarse con el de un guerrero, necesariamente en la flor de la edad, y de
aspecto apolíneo. Un cierto aspecto descuidado, y algunas imperfecciones
físicas, en un filósofo, denotaban que las preocupaciones mundanas no le
afectaban y que la edad le había permitido superar engaños y desengaños lo que
le facilitaba el encuentro con la verdad. Sócrates se describía a sí mismo como
un sátiro, y los retratos esculpidos así lo muestran. ¿Qué aspecto habría
tenido en la realidad? No se sabe y poco habría importado: siendo un educador y
un filósofo, Sócrates tenía que asemejarse a un ser primigenio, puesto que
estaba en contacto con los fundamentos del mundo.
Todas estas consideraciones cesaron después de Platón. Los
rasgos se personalizaron. Y la mirada cobró una decisiva importancia. El retrato se convirtió en una exploración
del individuo, de lo que lo constituía: no solo su aspecto exterior sino su
vida interior –si bien en la Grecia helenística la psique no pertenecía en
propiedad al ser humano, como para el cristianismo, no estaba íntimamente unida
al cuerpo, sino que, de algún modo, estaba de paso, castigada, por alguna
falta, a vivir encerrada en un cuerpo humano –lo que no era un vida-, a la
espera que la exaltación amorosa la redimiese, redención que el retrato
captaba: éste siempre fijaba los rasgos de un individuo pletórico de vida, en
los que los ojos no le pertenecían en propiedad, sino que eran entidades en los
que se miraba la figura de la persona amada, es decir, de la persona en las que
Eros se había personificado.
Por eso, los ojos de los retratos helenísticos eran
distintos de los de las efigies anteriores o de culturas anteriores. Los ojos
siempre denotaron vida. Ojos bien abiertos, opuestos a los ojos cerrados de los
muertos, indignos de ser tenidos en cuenta. Mas estos ojos, desmesuradamente
abiertos, querían simbolizar que el ser humano gozaba de la protección divina,
lo que le garantizaba una vida larga, cómoda y placentera. Eran una convención:
un signo de vitalidad. Pero no denotaba que el ser humano hubiera descubierto
ni asumido su condición. Se entregaba a la divinidad, como si hubiera querido
olvidarse de lo que era, haciéndose ilusiones sobre su verdadera entidad.
Por el contrario, los ojos helenísticos eran más complejos.
No tenían porque estar desorbitados. Su función era la de reflejar que el ser
humano se había reconocido como una persona, mortal, entre semejantes, también
mortales, que aspiraban a una vida lo más completa posible, pero una vida
plenamente humana, que gozaba de lo mejor que el ser humano podía poseer: su
capacidad de entrega a los demás. El retrato, así, era un regalo que el hombre
entregaba a sus semejantes, para que pudieran seguir viéndose reflejados en los
ojos de un individuo que, habiendo querido y reconocido a sus semejantes, les
entregaba un recuerdo para siempre: su imagen, sus ojos.
jueves, 28 de febrero de 2013
George Sander-Jackson (¿1986?): Plot (2009)
Plot (2009) directed by George Sander-Jackson from Arthur Cox on Vimeo.
>
¿Qué ocurre en un solar abandonado en el centro de una ciudad?
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Artista y artesano en la Grecia antigua
La mayoría de las actuales bellas artes (pintura, escultura, arquitectura) eran clasificadas como obras mágicas o artesanas en la Grecia antigua (y en la mayoría de las culturas antiguas).
Si bien, a finales de la antigüedad, la mayoría de los creadores gozaban del poco envidiable estatuto de artesano, y no gozaban de ningún prestigio -aunque sus creaciones podían ser admiradas-, en tiempos arcaicos, muy posiblemente hubieran sido considerados como portadores de habilidades muy especiales, propias de un mago.
También existían en la antigüedad actividades u obras que hoy en día consideraríamos obras de arte mayor, tales como la poesía -la poesía inspirada, sobre todo-, el teatro y la danza. Sin embargo, éstas eran, hace dos mil quinientos años, producciones o actividades mágicas.
El arte no existía, pues: lo que para nosotros es una obra de arte (una creación cuya finalidad consiste hacer sentir -provocando gusto o disgusto- y, al mismo tiempo, pensar) era un útil o un fetiche. Solo existía la magia (especialmente en épocas más antiguas) y la artesanía (a finales de la antigüedad).
Tres eran los nombres con los que, en griego, se designaba a los que para nosotros hubieran sido artistas (pintores, escultores, arquitectos, etc.): teknites, demiourgos y banausos. Solemos pensar que estos términos designan solo a artesanos. ¿Lo eran?
Los hacedores, que fueron considerados como magos, ¿fueron acaso reducidos a simples artesanos a partir del s. V aC y hasta finales de la antigüedad?. ¿Quedó algo de sus poderes de antaño?
Teknites estaba emparentado con tekne, que traducimos por técnica -por tanto, una noción alejada del arte; equivaldría más bien al arte aplicada.
Mas un teknites no era un técnico, sino un carpintero: tal es uno de los significados del término griego. Pero un carpintero no era un artesano. Entre los carpinteros más conocidos se hallaba José, padre de Jesús (Mt 13, 55): el Evangelio de Mateo no se escribió en hebreo sino en griego. Toda vez que José era presentado como miembro de la familia de David, es decir, de la familia real, su formación no debía ser exactamente la de un artesano (en el sentido moderno).
Un teknites era también un hombre habilidoso, y un comediante (un actor): es decir, alguien que lograba convertirse, durante una actuación, en otro ser, y lograba que el público, gracias a sus juegos de prestidigitador, creyera en la existencia de lo que no existía -como denunciaba Platón-. Por esta razón, el teknites era un mago (real o simulado). Lograba efectos sorprendentes, alterar el mundo, creando unos nuevos, insertos en la vida diaria.
Que un carpintero fuera más un mago que un artesano no era sorprendente. El carpintero lograba el prodigio de poner al servicio de una nueva forma una materia viva esencial como era la madera. Ésta formaba parte de los árboles, unos seres vivientes que unían, al mismo tiempo que estructuran el cosmos, el mundo inferior en el que echaba raíces, el mundo visible, y el empíreo, cuya bóveda replicaba con la copa. El universo necesitaba pilares que sostuvieran el cielo: entre éstos, destacaban los árboles. Quien pudiera lograr que pusieran su fortaleza al servicio de otros fines tenía que tener un poder especial: el poder de alterar la realidad; ésa era, precisamente, la capacidad del carpintero.
Para nosotros, un demiurgo es un gran creador. Posee poderes o capacidades propiamente divinos. No es tanto un ser humano cuanto un ser sobrenatural. El dios supremo o único es calificado de Demiurgo.
En la Grecia antigua, un demiourgos era un profesional: alguien que ejercía una profesión ante el público, fuera un mago, un adivino u un operario (un artesano, según nuestros conceptos). Ser un demiurgo no implicaba ser un trabajador manual, sino una persona que dominaba determinados saberes.En verdad, la diferencia entre mago y artesano no existía: un médico, un legislador, un productor: siempre que estuvieran en plena posesión de sus capacidades, y fueran capaces de obras con el fin de lograr un productor -desde un discurso hasta un calzado-, eran, todos, unos demiurgos.
El término más habitual con el que se designaban a los trabajadores manuales (los artesanos, para nosotros) era banausos. Este término es que mejor se traduce por artesano. Nombra a un operario o un obrero. Sin duda, debido al declinante prestigio de los trabajadores manuales, un banausos designaba también a un persona vulgar, descuidada, que cometía faltas de gusto.
Es posible también que esta concepción negativa del banausos reflejara el temor o el rechazo que suscitaba un tipo de banausos: el que trabajaba con fuego: un ceramista o un herrero, por ejemplo.
Al igual que un carpintero, un ceramista y un herrero partían de una materia viva: la sangre de la tierra, que circula por sus venas o vetas, esto es, el metal, y su carne: el barro. Metal y tierra no eran materias inertes sino que constituían la materia prima de la diosa-madre. Un banausos tenía que ser aceptado por aquella para poder trabajar semejantes materias vivas. La diosa-madre no se entregaba a cualquiera. Solo una persona con un poder suficiente podía convencer a la Tierra de librarle una parte de su carne y su sangre.
Por tanto, los trabajadores que operaban con fuego eran unos magos. Sucios, repulsivos, sin duda: se adentraban en la entrañas de la tierra, y tenían el cuerpo ennegrecido o enrojecido por el humo y el fuego de los hogares. Pero también tenían la fuerza de poner el fuego y la tierra a su servicio.
Las labores artesanas no estaban, pues, bien separadas de las mágicas en las culturas más antiguas. De hecho, en culturas ancestrales o arcaicas eran prácticamente indistinguibles. Cualquier útil, o cualquier imagen, era eficaz no por sus cualidades formales o materiales, sino por fuerzas que el teknites, el demiourgos y el banausos habían logrado domesticar y dirigir hacia nuevas formas o funciones.
Si bien, a finales de la antigüedad, la mayoría de los creadores gozaban del poco envidiable estatuto de artesano, y no gozaban de ningún prestigio -aunque sus creaciones podían ser admiradas-, en tiempos arcaicos, muy posiblemente hubieran sido considerados como portadores de habilidades muy especiales, propias de un mago.
También existían en la antigüedad actividades u obras que hoy en día consideraríamos obras de arte mayor, tales como la poesía -la poesía inspirada, sobre todo-, el teatro y la danza. Sin embargo, éstas eran, hace dos mil quinientos años, producciones o actividades mágicas.
El arte no existía, pues: lo que para nosotros es una obra de arte (una creación cuya finalidad consiste hacer sentir -provocando gusto o disgusto- y, al mismo tiempo, pensar) era un útil o un fetiche. Solo existía la magia (especialmente en épocas más antiguas) y la artesanía (a finales de la antigüedad).
Tres eran los nombres con los que, en griego, se designaba a los que para nosotros hubieran sido artistas (pintores, escultores, arquitectos, etc.): teknites, demiourgos y banausos. Solemos pensar que estos términos designan solo a artesanos. ¿Lo eran?
Los hacedores, que fueron considerados como magos, ¿fueron acaso reducidos a simples artesanos a partir del s. V aC y hasta finales de la antigüedad?. ¿Quedó algo de sus poderes de antaño?
Teknites estaba emparentado con tekne, que traducimos por técnica -por tanto, una noción alejada del arte; equivaldría más bien al arte aplicada.
Mas un teknites no era un técnico, sino un carpintero: tal es uno de los significados del término griego. Pero un carpintero no era un artesano. Entre los carpinteros más conocidos se hallaba José, padre de Jesús (Mt 13, 55): el Evangelio de Mateo no se escribió en hebreo sino en griego. Toda vez que José era presentado como miembro de la familia de David, es decir, de la familia real, su formación no debía ser exactamente la de un artesano (en el sentido moderno).
Un teknites era también un hombre habilidoso, y un comediante (un actor): es decir, alguien que lograba convertirse, durante una actuación, en otro ser, y lograba que el público, gracias a sus juegos de prestidigitador, creyera en la existencia de lo que no existía -como denunciaba Platón-. Por esta razón, el teknites era un mago (real o simulado). Lograba efectos sorprendentes, alterar el mundo, creando unos nuevos, insertos en la vida diaria.
Que un carpintero fuera más un mago que un artesano no era sorprendente. El carpintero lograba el prodigio de poner al servicio de una nueva forma una materia viva esencial como era la madera. Ésta formaba parte de los árboles, unos seres vivientes que unían, al mismo tiempo que estructuran el cosmos, el mundo inferior en el que echaba raíces, el mundo visible, y el empíreo, cuya bóveda replicaba con la copa. El universo necesitaba pilares que sostuvieran el cielo: entre éstos, destacaban los árboles. Quien pudiera lograr que pusieran su fortaleza al servicio de otros fines tenía que tener un poder especial: el poder de alterar la realidad; ésa era, precisamente, la capacidad del carpintero.
Para nosotros, un demiurgo es un gran creador. Posee poderes o capacidades propiamente divinos. No es tanto un ser humano cuanto un ser sobrenatural. El dios supremo o único es calificado de Demiurgo.
En la Grecia antigua, un demiourgos era un profesional: alguien que ejercía una profesión ante el público, fuera un mago, un adivino u un operario (un artesano, según nuestros conceptos). Ser un demiurgo no implicaba ser un trabajador manual, sino una persona que dominaba determinados saberes.En verdad, la diferencia entre mago y artesano no existía: un médico, un legislador, un productor: siempre que estuvieran en plena posesión de sus capacidades, y fueran capaces de obras con el fin de lograr un productor -desde un discurso hasta un calzado-, eran, todos, unos demiurgos.
El término más habitual con el que se designaban a los trabajadores manuales (los artesanos, para nosotros) era banausos. Este término es que mejor se traduce por artesano. Nombra a un operario o un obrero. Sin duda, debido al declinante prestigio de los trabajadores manuales, un banausos designaba también a un persona vulgar, descuidada, que cometía faltas de gusto.
Es posible también que esta concepción negativa del banausos reflejara el temor o el rechazo que suscitaba un tipo de banausos: el que trabajaba con fuego: un ceramista o un herrero, por ejemplo.
Al igual que un carpintero, un ceramista y un herrero partían de una materia viva: la sangre de la tierra, que circula por sus venas o vetas, esto es, el metal, y su carne: el barro. Metal y tierra no eran materias inertes sino que constituían la materia prima de la diosa-madre. Un banausos tenía que ser aceptado por aquella para poder trabajar semejantes materias vivas. La diosa-madre no se entregaba a cualquiera. Solo una persona con un poder suficiente podía convencer a la Tierra de librarle una parte de su carne y su sangre.
Por tanto, los trabajadores que operaban con fuego eran unos magos. Sucios, repulsivos, sin duda: se adentraban en la entrañas de la tierra, y tenían el cuerpo ennegrecido o enrojecido por el humo y el fuego de los hogares. Pero también tenían la fuerza de poner el fuego y la tierra a su servicio.
Las labores artesanas no estaban, pues, bien separadas de las mágicas en las culturas más antiguas. De hecho, en culturas ancestrales o arcaicas eran prácticamente indistinguibles. Cualquier útil, o cualquier imagen, era eficaz no por sus cualidades formales o materiales, sino por fuerzas que el teknites, el demiourgos y el banausos habían logrado domesticar y dirigir hacia nuevas formas o funciones.
David Bestué (1980): Esfera triste (2013)
Una esfera lisa y metálica posada en el suelo. Tiene el tamaño de una pelota de playa. No está sobre base o peana alguna. Cualquiera puede golpearla inadvertidamente.
Hueca aunque no vacía. Si se mueve, se percibe un ruido. la esfera se asemeja a un sonajero.
Nada, salvo la cartela, indica qué contiene la esfera.
Son restos arquitectónicos. Cascotes: ladrillos y mortero de un edificio concluido, y restos de una construcción derruida.
Lo nuevo y lo caído cohabitan -en una esfera, una forma perfecta. La historia de una construcción, desde el inicio hasta el final, resumida, concentrada en casi un punto. La esfera actúa como una cápsula del tiempo. Puede ser vista tanto como el germen de un edificio -algo así como una primera piedra, o una semilla- cuanto como el último resto romo. Lo que apunta y lo que ha caído.
La esfera es una forma perfecta: la forma del cosmos; es decir, el espacio habitable. Y, en éste, la vida se sucede. Ciudad son fundadas y desaparecen.
La obra de Bestué es una lección de historia; una historia en imágenes.
Historia humana. Toda la grandeza de un edificio, expresión quizá del orgullo del arquitecto, contenida en una bola que cualquiera puede golpear y apartar.
Los edificios, fijos y perennes, transformados en una forma que rueda, mudando de lugar, sin tener un lugar asignado.
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miércoles, 27 de febrero de 2013
Elías León Siminiani (1971): La oficina (1998) & Digital (2005) (De la serie: Conceptos clave del mundo moderno)
Excelentes (agudos, irónicos) "documentales" sobre la ciudad moderna (filmados en Nueva York)
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martes, 26 de febrero de 2013
Sarah Cox (¿1968?): A Time and A Time (2008)
Hermosa y novedosa manera de evocar una ciudad -Bristol, en el Reino Unido, en este caso - a partir de documentos, imágenes y películas ya existentes
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Emblemas arquitectónicos en el mundo antiguo
El notable Museo Arqueológico de Bolonia (Italia) -con una fascinante disposición decimonónica cuidadosamente preservada- atesora una estela funeraria romana dedicada a Statorio Bathyllo y su liberto (esclavo liberado) Trophimus.
El monumento vertical está coronado por una efigie de la monstruosa Gorgona cuya mirada tenía el poder de petrificar a quien le mirara a los ojos: de este modo, el monumento quedaba a salva de las malas intenciones de quien quisiera dañarlo.
La parte inferior de la estela incluye dos instrumentos de trabajo: un compás y una plomada.
Así, la estela ha sido interpretada como un monumento funerario dedicado a dos promotores, constructores, o arquitectos.
Estelas con instrumentos de trabajo abundan en el mundo romano, desde Grecia a Hispania, pasando por el norte de África. A menudo, éstos son propios del oficio del constructor.
¿Son siempre emblemas de un profesional relacionado con tareas edilicias? Quizá la presente estela lo pudiera ser, toda vez que está dedicada a un hombre libre y a un esclavo liberado, es decir, a un artesano y a su aprendiz.
Sin embargo, ambos emblemas son tan comunes en estelas romanas que cuesta creer que hubieran existido tantas tumbas notables de constructores. Después de todo, los arquitectos no gozaban de un estatuto especial. Eran considerados unos trabajadores manuales, pese a que el héroe Dédalo, representado a veces con ambos útiles en la mano, fuera el patrón del su gremio.
Por otra parte, como Waltemar Deonna ha estudiado, tales útiles de constructor no aparecen necesariamente en estelas de hombres, sino también de mujeres, y de niños o niñas: en estos casos, los instrumentos no pueden emblemas de la profesión del difunto. Nunca hubo arquitectas en la antigüedad (salvo la mítica reina Semiramis, constructora de Babilonia).
Cabe entonces la posibilidad que los útiles hayan sido representados por su valor simbólico. El compás aludiría al final del ciclo de la vida. El círculo se habría cerrado. Esta imagen podría ser dramática, si no fuera por la inclusión de la plomada. En este caso, la muerte, que afecta a todos los seres humanos -una de las lecturas de la escuadra de la que cuelga la plomada-, no habría sido trágica o indeseada, sino habría llegado a su justo y recto término; habría concluido una vida recta y equilibrada, dando a ésta plena sentido.
No quedaría claro, empero, si la evocación de una muerte entendida como un broche, de ambas figuras, correspondía con la realidad de la vida de estas personas, o si la estela imploraba una muerte digna.
Pero, en todos los casos, la iconografía arquitectónica remitiría a la imagen de una vida fundada, formada, habiendo así alcanzado su finalidad, su fin. Fin no por predecible e indeseado, menos lógico y hermoso. La muerte solo tendría sentido, como en este caso, si concluyera una vida bien organizada.
Las formas y los útiles arquitectónicos, los gestos y las prácticas del constructor, han sido asumidos como metáforas de la formación personal, de la edificación del ser humano lúcido y sabio, al menos desde el Renacimiento. Pero tales metáforas remontan, cuanto menos, al mundo romano. Edificar es una práctica digna si no se limita a levantar construcciones sino que proporciona un modelo para ceñir o dominar (domesticar) las pasiones (que, como la ignorancia, ciegan) gracias al estudio, la formación personal, que logra encauzar una vida dedicada a la comprensión del mundo y de uno mismo.
En este sentido, esta hermosa estela revela lo que el conocimiento de la arquitectura puede aportar a la equilibrada y recta edificación personal.
lunes, 25 de febrero de 2013
EL ESPACIO INTERIOR ÁRABE: El uso del espacio interior en algunos contextos o ciudades árabes (en los siglos XX y XXI).
20 de diciembre de 1996: la exposición Casas del alma. Maquetas de arquitectura en la Antigüedad, 5500 aC-330 dC se inaugura en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) en un mes (enero de 1997). El préstamo de maquetas y planos del Egipto faraónico, concedido verbalmente, no está aún puesto por escrito. Las constsntes, crecientes y desesperadas llamadas del Centro al Museo Egipcio de El Cairo no surten efecto. Siguen solo buenas palabras, promesas que no existen dificultades.
Una conservadora del departamento de Antigüedades Egipcias del Museo del Louvre de Paris, consultada sobre cómo proceder, aconseja la única solución posible y viable: desplazarse de inmediato a El Cairo, donde aterrizo al día siguiente.
La Embajada de España está sobre aviso. El embajador está listo para firmar los documentos de préstamo. La garantía del estado, asegurada.
Un representante de la agencia me acompaña al museo.
El despacho del director tenía un acceso -en 1997- directo al exterior. Una puerta daba al jardín que rodea el museo. Se trataba de una sala de grandes proporciones, casi tan alta como ancha y larga. Al fondo, frente a la puerta siempre abierta, la pesada mesa de madera oscura del director, cubierta de papeles. Ante ella, a ambos lados, cuatro gruesos sillones sillones. Contra las paredes, a lada y lado de la puerta, cuatro amplios sofás.
Todos los asientos estaban ocupados: entre los visitantes, conservadores del Museo Arqueológico Nacional de Madrid, cámaras y directores de una televisión polaca, y arqueólogos. Llevan horas, días, alguno semanas, sentados, de sol a sol.
Entre llamadas telefónicas, ausencias por compromisos en otras estancias, revisión de documentos y firmas de papeles traídos por secretarios, el director del museo atiende las peticiones de los dos suplicantes más cercanos. Una vez resuelta la consulta, éstos parten. Todos los que aguardan avanzan un puesto. Hasta que, quien sabe cuándo, podrán ser atendidos, toda vez que algunas personas, como yo, debidamente acompañados e instruidos, logra pasar delante de todo el mundo y negociar al momento -es decir, al cabo de unas horas-, sin que nadie se inmute. La conversación dura unos minutos. De inmediato, un funcionario acude para llevarme hacia las salas.
Una mujer, en una esquina, vacía ceniceros. En otra, un oficinista busca en una pila de documentos sobre un tocador de laca china.
Nadie habla. Sirven té. Pasan los días.
Han pasado dieciséis años. Estamos, también en enero, en Bagdad. Los despachos se hallan en el Ayuntamiento, un elefantesco edificio cúbico, de una docena de plantas, con toda la sutileza de la arquitectura setentera.
El tránsito a las dependencias conduce por amplios pasillos, escaleras, por las que se sube y se baja sin aparente lógica, ascensores y estancias. El interior está atestado de gente. Por doquier, personas sentadas, casi siempre sin hacer nada en apariencia. Algunas toman té. Casi ninguna habla. Todos parecer aguardar. Alguien barre.
Los despachos son aún más desmesurados que en la dirección del Museo de El Cairo. Mas igualmente atestados de gente. Toda clase de actividades, al parecer inconexas acontecen a los lados, en las esquinas. Varias personas conversan en voz baja, calmadamente en un rincón. En otro, una mujer veladas escribe a máquina. Dos más, enfrente, aguardan de pie. Entran y salen funcionarios cargados de papeles. Un operario limpia el marco de una puerta con una gamuza sucia. Otro desplaza pilas de cajas sin abrir en una mesa. Traen bandejas con vasos de cristal llenos de te. Recogen los vasos vacíos. Suena un teléfono. El responsable se ausenta. Cerca de la puerta, un desconocido pasa las cuentas de lo que nos parece un rosario -que no lo es.
Tareas que requieren poco espacio: acontecen un un mismo lugar, sin interferir las unas con las otras. No se molestan. Se diría que el espacio está compartido por barreras invisibles. Cada esquina, cada porción de espacio -estancia, pasillo, descansillo de escalera- adquiere un carácter propio, como si estuviera destinado a acoger un trabajo peculiar, que nada tiene que ver con el que se practica unos metros más lejos. Desplazarse por un mismo espacio conlleva el tránsito por áreas distintamente calificadas. Como comenta el arquitecto Toño Foraster, se diría que no existe una concepción unitaria ni previa del espacio, sino que éste se define en función de las mínimas tareas que se llevan a cabo en uno y otro sitio. No parecen existir estancias destinadas a una única -y permanente- función. Se trata quizá del recuerdo del uso otomano del diwan persa, y que quizá recuerde la concepción del espacio europeo anterior al s. XVIII. El espacio solo existe en función del uso particular y fugaz que acontece. Los trabajos, las funciones cohabitan en un mismo lugar, sin que se produzcan conflictos aparentes. Los límites del espacio no los define la geometría -ni se definen de antemano- sino los usos. El espacio es lo que acontece en un momento dado. Y jamás acontece un único trabajo.
No existe el espacio vacío. Cualquier lugar parece bueno para una tarea determinada. Pero nadie se espía. Cada trabajador está concentrado en lo que realiza, o dormita. El sonido es sorprendentemente leve. Las gruesas moquetas, los tejidos espesos de los sillones, los sofás y las otomanas, los cortinajes bordados, incongruentes en climas tan cálidos y polvorientos, absorben el rumor y las posibles tensiones, y calman las tensiones quizá por el carácter hierático y pesado que otorgan y manifiestan.
Alguien, de pronto, alza la voz. Grita. Gesticula; golpea repetidamente la mesa. Pero nadie se inmuta.
Siguen sirviendo té.
Y todos aguardamos.
Que pase el tiempo.
Una conservadora del departamento de Antigüedades Egipcias del Museo del Louvre de Paris, consultada sobre cómo proceder, aconseja la única solución posible y viable: desplazarse de inmediato a El Cairo, donde aterrizo al día siguiente.
La Embajada de España está sobre aviso. El embajador está listo para firmar los documentos de préstamo. La garantía del estado, asegurada.
Un representante de la agencia me acompaña al museo.
El despacho del director tenía un acceso -en 1997- directo al exterior. Una puerta daba al jardín que rodea el museo. Se trataba de una sala de grandes proporciones, casi tan alta como ancha y larga. Al fondo, frente a la puerta siempre abierta, la pesada mesa de madera oscura del director, cubierta de papeles. Ante ella, a ambos lados, cuatro gruesos sillones sillones. Contra las paredes, a lada y lado de la puerta, cuatro amplios sofás.
Todos los asientos estaban ocupados: entre los visitantes, conservadores del Museo Arqueológico Nacional de Madrid, cámaras y directores de una televisión polaca, y arqueólogos. Llevan horas, días, alguno semanas, sentados, de sol a sol.
Entre llamadas telefónicas, ausencias por compromisos en otras estancias, revisión de documentos y firmas de papeles traídos por secretarios, el director del museo atiende las peticiones de los dos suplicantes más cercanos. Una vez resuelta la consulta, éstos parten. Todos los que aguardan avanzan un puesto. Hasta que, quien sabe cuándo, podrán ser atendidos, toda vez que algunas personas, como yo, debidamente acompañados e instruidos, logra pasar delante de todo el mundo y negociar al momento -es decir, al cabo de unas horas-, sin que nadie se inmute. La conversación dura unos minutos. De inmediato, un funcionario acude para llevarme hacia las salas.
Una mujer, en una esquina, vacía ceniceros. En otra, un oficinista busca en una pila de documentos sobre un tocador de laca china.
Nadie habla. Sirven té. Pasan los días.
Han pasado dieciséis años. Estamos, también en enero, en Bagdad. Los despachos se hallan en el Ayuntamiento, un elefantesco edificio cúbico, de una docena de plantas, con toda la sutileza de la arquitectura setentera.
El tránsito a las dependencias conduce por amplios pasillos, escaleras, por las que se sube y se baja sin aparente lógica, ascensores y estancias. El interior está atestado de gente. Por doquier, personas sentadas, casi siempre sin hacer nada en apariencia. Algunas toman té. Casi ninguna habla. Todos parecer aguardar. Alguien barre.
Los despachos son aún más desmesurados que en la dirección del Museo de El Cairo. Mas igualmente atestados de gente. Toda clase de actividades, al parecer inconexas acontecen a los lados, en las esquinas. Varias personas conversan en voz baja, calmadamente en un rincón. En otro, una mujer veladas escribe a máquina. Dos más, enfrente, aguardan de pie. Entran y salen funcionarios cargados de papeles. Un operario limpia el marco de una puerta con una gamuza sucia. Otro desplaza pilas de cajas sin abrir en una mesa. Traen bandejas con vasos de cristal llenos de te. Recogen los vasos vacíos. Suena un teléfono. El responsable se ausenta. Cerca de la puerta, un desconocido pasa las cuentas de lo que nos parece un rosario -que no lo es.
Tareas que requieren poco espacio: acontecen un un mismo lugar, sin interferir las unas con las otras. No se molestan. Se diría que el espacio está compartido por barreras invisibles. Cada esquina, cada porción de espacio -estancia, pasillo, descansillo de escalera- adquiere un carácter propio, como si estuviera destinado a acoger un trabajo peculiar, que nada tiene que ver con el que se practica unos metros más lejos. Desplazarse por un mismo espacio conlleva el tránsito por áreas distintamente calificadas. Como comenta el arquitecto Toño Foraster, se diría que no existe una concepción unitaria ni previa del espacio, sino que éste se define en función de las mínimas tareas que se llevan a cabo en uno y otro sitio. No parecen existir estancias destinadas a una única -y permanente- función. Se trata quizá del recuerdo del uso otomano del diwan persa, y que quizá recuerde la concepción del espacio europeo anterior al s. XVIII. El espacio solo existe en función del uso particular y fugaz que acontece. Los trabajos, las funciones cohabitan en un mismo lugar, sin que se produzcan conflictos aparentes. Los límites del espacio no los define la geometría -ni se definen de antemano- sino los usos. El espacio es lo que acontece en un momento dado. Y jamás acontece un único trabajo.
No existe el espacio vacío. Cualquier lugar parece bueno para una tarea determinada. Pero nadie se espía. Cada trabajador está concentrado en lo que realiza, o dormita. El sonido es sorprendentemente leve. Las gruesas moquetas, los tejidos espesos de los sillones, los sofás y las otomanas, los cortinajes bordados, incongruentes en climas tan cálidos y polvorientos, absorben el rumor y las posibles tensiones, y calman las tensiones quizá por el carácter hierático y pesado que otorgan y manifiestan.
Alguien, de pronto, alza la voz. Grita. Gesticula; golpea repetidamente la mesa. Pero nadie se inmuta.
Siguen sirviendo té.
Y todos aguardamos.
Que pase el tiempo.
Theodore Ushev (1968): Tower Bawher (2006)
Un sueño de constructor.
La torre se alza, pero no para siempre.
El nombre de ésta (Bawher, que suena como el alemán Bauer -mientras que el verbo bauen se traduce por edificar, lo que asocia el cultivo de la tierra con la cultura, la civitas latina, la ciudad-, y significa agricultor, remite también a Bauhaus).
sábado, 23 de febrero de 2013
Antes del diluvio. Mesopotamia 3500-2100 aC & Piedra angular (2012-2013)
Quaderns - Expos #1 - Antes del diluvio- Abans del diluvi | Pedro Azara from Quaderns on Vimeo.
La filmación se halla en: http://quaderns.coac.net/es/2013/02/abans-del-diluvi/
Una frase hecha francesa dice que "nadie está mejor servido que por uno mismo".
Como Beckham anunciando sus propios gayumbos. En este caso, vestido.
Agradecimientos a Llorenç Bonet por el trabajo editorial inmejorable. Sin éste, el libro no habría podido tener lugar.
Carlos Valverde (1987): Adyton (2013)
Un portal de la calle Lérida, en Barcelona,, sin rótulo alguno, con una puerta de vidrio esmerilado cerrada. Dentro, un estrecho descansillo que mira a una inmensa puerta de madera, grande como un muro, cerrada -o, a veces, entreabierta-, sin pomo ni cerradura. Si se logra cruzar, si se intuye cómo abrirla, un estrecho y sombrío pasillo que parece descender...
No se puede contar más.
Pocos saben llegar hasta el final.
Menos incluso afrontan el final.
El joven artista Carlos Valverde, gracias a una beca de la Fundación Botín, ha alquilado un local, de planta baja, sótano y piso) durante meses para distintas intervenciones artísticas.
La primera se titula Adyton. Dura diez días, hasta el 28 de Febrero.
Un aditon es la capilla más recóndita de un templo griego en la que mora la estatua de culto, siempre cerrada e inaccesible, invisible para la mayoría, inconcebible, también, ya que solo determinados sacerdotes están autorizados a entrar.
Pese al título, hermético, y un texto rocambolesco en inglés ("adyton is a phenomenologycal research laboratory for the spatial thinking", por ejemplo), quizá irónico, vale la pena acercarse para descubrir y sentir esta insólita "experiencia espacial", sin duda desconcertante, innovadora, y nada gratuita.
Para acceder, se tiene que enviar una dirección de correo electrónico a la página web del artista, quien remite los datos necesarios para hallar y visitar la obra.
El aditon se halla al final de un largo camino: http://www.carlos-valverde.com/adyton/adyton1.php
Agradezco a David Bestué esta información, y el haber actuado de cicerone casi hasta el final.
No se puede contar más.
Pocos saben llegar hasta el final.
Menos incluso afrontan el final.
El joven artista Carlos Valverde, gracias a una beca de la Fundación Botín, ha alquilado un local, de planta baja, sótano y piso) durante meses para distintas intervenciones artísticas.
La primera se titula Adyton. Dura diez días, hasta el 28 de Febrero.
Un aditon es la capilla más recóndita de un templo griego en la que mora la estatua de culto, siempre cerrada e inaccesible, invisible para la mayoría, inconcebible, también, ya que solo determinados sacerdotes están autorizados a entrar.
Pese al título, hermético, y un texto rocambolesco en inglés ("adyton is a phenomenologycal research laboratory for the spatial thinking", por ejemplo), quizá irónico, vale la pena acercarse para descubrir y sentir esta insólita "experiencia espacial", sin duda desconcertante, innovadora, y nada gratuita.
Para acceder, se tiene que enviar una dirección de correo electrónico a la página web del artista, quien remite los datos necesarios para hallar y visitar la obra.
El aditon se halla al final de un largo camino: http://www.carlos-valverde.com/adyton/adyton1.php
ADYTON IS GREEK FOR “INACCESSIBLE”, “NO-ENTRY SITE”.
BACK IN THE ANCIENT EGYPT, TEMPLES WERE ASSUMED AS THE PLACES WHERE DEITIES DWELL IN THE PHYSICAL WORLD. AN EGYPTIAN TEMPLE WAS USUALLY DIVIDED INTO THREE ARCHITECTURAL SECTIONS: PERISTYLON, HYPOSTYLON, ADYTON. THE ADYTON WAS THE PLACE WHERE THE REPRESENTATION OF THE DEITY WHOM THE TEMPLE WAS CONSTRUCTED FOR WAS PLACED. THIS REPRESENTATION ONTO A CONCRETE MATERIAL WAS APPREHENDED AS A PHYSICAL PERSONIFICATION OF A GOD INTO THE HUMAN WORLD, SO THE AREA WHERE THIS REPRESENTATION WAS ALLOCATED OBTAINED A QUITE PARTICULAR WAY OF USING BOTH SPACE AND ARCHITECTURE THROUGH A HUMAN-MADE TECHNICAL WORK. ONLY A SPECIFIC INDIVIDUAL –I.E. THE HIGH PRIEST OF THE TEMPLE- WAS ALLOWED TO GET INTO THE ADYTON, SO THAT EVERYONE OUTSIDE OF THIS SOCIAL STATUS THAT WOULD TRESPASS THIS ARCHITECTURAL SECTION HAD TO BE PENALIZED, USUALLY UNDER CAPITAL PUNISHMENT.
#1
ADYTON IS A PHENOMENOLOGYCAL RESEARCH LABORATORY FOR THE SPATIAL THINKING
Facing proposals that subordinate the spatial fact to the volumetric passivity, to the threedimensionality of the pictorial vision, ADYTON is a site for the hermeneutic research on the spatial, understood as a physical, corporal, architectonic fact.
#2
ADYTON IS A CONDITIONED ARCHITECTURE
A place subjected to conditions of use by an audience periodically convened.
#3
ADYTON IS INDEPENDENT
A self-managed laboratory for the phenomenological spatial experimentation.
#4
ADYTON IS EXPERIMENTAL
The place that gives shelter to spatial proposals that because of their dimensions or features can not be developed on conventional spaces.
#5
ADYTON IS A SPATIAL RESEARCH
Where the boundaries between sculpture and architecture are diluted generating biases and limitations, ADYTON sets there its research.
#6
ADYTON IS GLOBAL
Can be located in whatever existing place.
#7
ADYTON IS LAW
A preexisiting architecture and its users subjected to a code of behaviour.
#8
ADYTON IS FAITH
A preexisiting architecture and its users subjected to techno-representational mysticism.


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jueves, 21 de febrero de 2013
IN MEMORIAM: KEVIN AYERS (1944-2013): TOWN FEELING (1969)
He muerto quien haya sido quizá el mejor artista (compositor y cantante popular) de los años setenta. Cinco de sus primeros discos son imprescindibles, a la altura de los Kinks, aunque hubiera caído en el olvido.
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música y arquitectura
Gaham Wilson (1930): Arquitectura y arqueología
(Creo que he detectado su problema)
(Y fue justo entonces cuando el precio de los grandes bloques de piedra se disparó).
Publicados en la revista New Yorker
(Dedicados a Gregorio Luri, acérrimo fan de esta revista)
(Y fue justo entonces cuando el precio de los grandes bloques de piedra se disparó).
Publicados en la revista New Yorker
(Dedicados a Gregorio Luri, acérrimo fan de esta revista)
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miércoles, 20 de febrero de 2013
Felipe de Ferrari (1983): Emilio Duhart (1917-2006), sede de la CEPAL (1966, Santiago de Chile) (2013)
CMNcasos La CEPAL from Consejo de Monumentos Nacionales on Vimeo.
El arquitecto chileno Felipe de Ferrari es uno de los mejores documentalistas de arquitectura moderna. Toda su obra obedece a unos mismos criterios: sucesión de vistas frontales, largos planos secuencia con la cámara siempre quieta, montaje simple, sonido directo (sin música ni efectos añadidos), y rechazo de planos con perspectivas pintorescas y de "travellings". La imagen recoge lo que acontece, sin forzar ni buscar nada. Actúa como un plano en el que se registra la vida de y en el edificio: unas pocas personas, cazadas aparentemente al azar, dan la medida de los volúmenes y las estancias.
De Ferrari es también un buen entrevistador, cuyos documentales también responden a severos y sorbos criterios.
Trabaja por encargo, pero sobre todo por gusto, documentando obras del siglo XX que considera relevantes y en ocasiones caídas en el olvido injustamente.
Estas filmaciones buscan constituir un completo archivo sobre autores y obras de arquitectura moderna menos obvias que las que se suelen publicar.
Es posible que próximamente documente la notable arquitectura de los años setenta en Bagdad, hoy muy descuidada.
De Ferrari es también el cineasta de entrevistas a asiriólogos que constituyen una de las mejores partes de la exposición Antes del diluvio. Mesopotamia 3500-2100 aC, en Caixaforum (Barcelona, Madrid, 2012-2013).
Sus filmaciones se hallan en la página Web: www.300tv.com, por suscripción.
Destaca una hermosa filmación de la sede de la editorial Gustavo Gili, de los años 50, en Barcelona. Muy recomendable, al igual que este sugerente reciente documento sobre la sede de la CEPAL (Comisión Económica para la América Latina y el Caribe), marcada por la obra tardía de Le Corbusier, en Santiago de Chile.
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