martes, 4 de diciembre de 2012

Iskur, el dios de las tormentas sumerio



Los dioses politeístas cumplen diversas funciones, a veces antitéticas. Las acciones divinas no tienen que analizarse aisladamente. Una divinidad, por sí sola, nada significa. Su presencia y su fuerza apenas tiene importancia. Los dioses actúan juntos: divinidades, que asumen funciones opuestas, se unen; forman una red -normalmente familiar- de seres superiores, cuyos trabajos se completan, se enriquecen o se matizan.

Los dioses de las artes requieren aún más que el resto de los seres sobrenaturales la presencia de divinidades complementarias o antitéticas. Aquéllas se suelen singularizar por la posesión de un hermano gemelo. Éste dobla la potencia del activo gesto creador, y demuestra, o simboliza, la grandeza de la divinidad, a quien incumbe la creación o la delimitación del mundo.

Ishkur es el hermano de Enki, el ingenioso dios de las artes y la arquitectura sumerio. Éste es el único que dispone de un gemelo, por lo que se realza la fuerza y la efectividad de sus acciones, así como el ocasional desconcierto y temor que aquéllas, por su novedad, pueden causar.

El nombre de Ishkur se escribía con un signo cuneiforme -IM- que tenía varias significaciones; éstas formaban una cadena lógica: cada una remitía a otra, y juntas dibujaban tanto el espacio propio de la divinidad cuanto los medios y la finalidad de sus acciones. De algún modo, Ishkur se reconocía, se reflejaba en lo que su nombre evocaba. Así, IM era el agua de lluvia, caída durante una tormenta; también significaba viento -que se mezclaba con la lluvia cuando la tormenta-; también barro (con el que su hermano Enki modeló a los primeros seres humanos); y, finalmente, ser o esencia (me, en sumerio, que significaba tanto fundamento cuando resplandor: la propiedad que identificaba cada cosa, que revelaba lo que ésta era en "verdad"). Los me fundaban el mundo; y éstos eran "parte" de Ishkur. Es decir, la vida del universo (me también era el pulso vital) dependía de Ishkur, el hermano gemelo del dios constructor.

A Ishkur le había sido encomendado una tarea que lo acercaba aún más a su hermano Enki. Así como Enki tenía a bien abrir canales de regadío y llenarlos, Ishkur gestionaba el reparto de las aguas y suplía a éstas, gracias a las lluvias, cuando venían a faltar.
Las aguas que otorgaba no venían de la capa freática, como las que mandaba Enki (una divinidad con una fuerte componente ctócnica, es decir un dios familiarizado con las entrañas, los secretos de la tierra), sino que caían del cielo.  Su desencadenamiento abría el cielo en dos. Rayos asaeteaban la tierra. Quienes manejaban a su antojo las tormentas eran siempre dioses de las alturas, dioses superiores. Ishkur era una de esas divinidades.
Los dioses superiores eran capaces, por su posición, física y social, preeminente, de dominar el mundo. Se imponían al caos terrenal. Sus aguas destruían y lavaban la faz de la tierra: la purificaban. Todas las manchas, reales y espirituales desaparecían: las aguas se las llevaban, y la tierra emergía con la cara lavada, como en el primer día de la creación.
Por eso, los dioses que manejaban los rayos eran considerados dioses de orden. Ponían orden en el mundo, barriendo todo lo que lo ensuciaba. Establecía barreras con las que contenía las aguas destructoras, contenía todo lo que desbordaba. Ponía coto a los desmanes. Sus acciones redundaban en beneficio de la vida comunitaria. Ishkur la regía. Sin él, la vida no habría sido posible en la tierra. Las fuentes vitales dependían enteramente de él. Con una mano blandía un rayo, un hacha para rajar las nubes, con otra; nubes que disipaba para que la luz física y justa alumbrara la vida en la tierra.
Que Ishkur fuera un dios victorioso del Caos también era lógico, en tanto que hermano de Enki: ambos dominaban, completaban, ordenaban el mundo, Ishkur desde los riscos, y Enki desde las simas. Se reparían el cosmos, y desde polos opuestos velaban por el buen orden del mundo.
Entre los elementos dominados, cercenados por Ishkur, se hallaba la mar. Las aguas salobres, siempre llenas de monstruos, fueron derrotadas por las aguas dulces y vitales de Ishkur.
Pero el mar era un elemento, y una divinidad, primigenios. Vencer al océano denotaba la grandeza física y moral del dios vencedor. Significaba que la materia primera había sido reducida, conformada. Los peligros que el océano traía habían quedado reducidos. Las aguas saladas, que esterilizaban la tierra, eran apartadas en favor de las fecundas aguas dulces.
Seguramente por este hecho, Ishkur fue una divinidad principal en toda Mesopotamia. Se le conocía como Adad en Babilonia y Asiria, Teshub, en Anatolia, como Baal en Fenicia, y como Yahvé en Israel. Como Zeus, en Grecia. Dios mayor o supremo, se le rendía culto en todo el Próximo Oriente; simbolizaba la fuerza física y moral; todas las pruebas a las que los enjuiciados eran sometidos tenían lugar bajo la presencia de Ishkur/Adad/Yavhé. El porvenir, el destino se reflejaba en el espejo de las aguas bajo el poder de esta divinidad. Dios cercano a los seres humanos -que su hermano gemelo, Enki- había modelado-, éstos sabían que su supervivencia dependía de la buena voluntad de este dios.
Aún hoy, de algún modo, bajo el nombre de Yavhé, Elohim, El o Alá, sigue determinando el tiempo que alza o abate a los seres humanos.

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