lunes, 24 de agosto de 2015

Vaticano

Anibal ya no asediaba Roma, pero el ejército cartaginés estaba asentado en Capua, al sur de Roma y, en cualquier momento podía volver a atacar la ciudad. Roma seguía amenazada.
Los sibila, que profetizaba en el santuario de Apolo en Cumas, muy cerca de donde se encontraba el ejército de Anibal, había pronosticado que Roma solo se salvaría si una piedra negra, que se hallaba en Oriente, y que era la manifestación de la Gran diosa-madre, era traída en procesión a la capital romana. Corría el año 205 aC, cuando un barco, cargado con el monolito negro, ascendía a través del río Tíber, desde el puerto de Ostia, hacia el corazón de Roma, acompañado de los servidores de la Gran diosa, llamada Cibeles, que, en trance, anunciaban una nueva era.

Cibeles era una antigua diosa de las montañas de Anatolia. Dominaba el mundo salvaje. Avanzaba sobre un carro tirado por leones. Una corona en forma de muralla la identificaba como protectora de los núcleos urbanos. La acompañaba su amante, el joven pastor Atis que, como símbolo de su entrega completa a la diosa, se había castrado, ofreciendo a la madre tierra su órgano generativo, y los sacerdotes que también hacían el sacrificio de sus partes pudendas en honor de la diosa. La sangre que vertían no era en vano. La tierra, fertilizada por la sangre, así como por la que manaba de los toros sacrificados y emasculados, reverdecía al paso de la diosa.

Se le dedicaron templos no solo en Roma sino, siglos más tarde, por todo el Imperio Romano. Filósofos neoplatónicos tardíos, hacia los siglos cuarto y quinto después de Cristo, consideraban que la diosa era el mundo, Atis, su esposo y su hijo a la vez, que con su sacrificio devolvía la vida a la tierra, el dios supremo. El sacrificio impedía que los entes y seres  de la tierra se desperdigaran en la generación mundana, material y  retornaran así a lo alto, libres de la tentación de la carne. Gracias a Atis y a Cibeles, el mundo estaba dominado por la luz y las ideas.
Los sacrificios en honor de Cibeles acontecían en diciembre o en marzo. El sacrificio pascual permitía la regeneración del universo. Cibeles era una diosa maternal, que había aceptado unirse a un simple pastor, el buen pastor, al que cuidaba como a un hijo, hijo que había venido a la tierra para sacrificarse en beneficio de los hombres perdidos en la materia, de la que los libraba con su entrega con la bendición de su madre que asumía dolorosamente perder a su hijo para rescatar a los humanos. Cibeles era una virgen dolorosa como se la describía en Roma.
El mayor templo de Cibeles, donde la diosa vaticinaba sobre los asuntos de los hombres y les aconsejaba, se hallaba en un monte en la periferia de Roma: el monte Vaticano.
Tras el emperador Constantino, dos templos dedicados a dioses salvadores, aconsejados por sus madres, se ubicaron en este monte sagrado. Solo uno quedaría, asumiendo las funciones y el sentido de ambos, asegurando así su enraizamiento.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada