martes, 7 de marzo de 2017

La Ciudad de Cobre

El rey Salomón tenía a unos genios de la botella a su disposición. Fueron éstos los que construyeron el templo en Jerusalén. Una de las obras más singulares fue la Ciudad de cobre. Atesoraba la botella de los genios en cuyo interior se guarecía la Sabiduría. Emplazada en el-Andalus, sitiada por desiertos, cerca del Mar de las Tinieblas:

“Durante días y meses marchó la caravana por las llanuras solitarias, sin encontrar por su camino un ser viviente en aquellas inmensidades monótonas cual el mar encalmado. Y de esta suerte continuó el viaje en medio del silencio infinito, hasta que un día advirtieron en lontananza como una nube brillante a ras del horizonte, hacia la que se dirigieron. Y observaron que era un edificio con altas murallas de acero chino, y sostenido por cuatro filas de columnas de oro que tenían cuatro mil pasos de circunferencia. La cúpula de aquel palacio era de oro, y servía de albergue a millares y millares de cuervos, únicos habitantes que bajo el cielo se veían allá. En la gran muralla donde se abría la puerta principal, de ébano macizo incrustado de oro, aparecía una placa inmensa de metal rojo (...)” (Las Mil y una noches)

 Por más piedras que se amontonaran, apenas se llegaba a alcanzar su base. Algunos soldados, sin embargo, escaleras sobre escaleras, llegaron hasta el camino de ronda. Apenas se asomaban al interior de la ciudad, el reluciente metal de la muralla, en el que el sol del desierto se reflejaba, los deslumbraba, y les causaba un irresistible ataque de risa tal que caían tras el muro. Los soldados, que trataban de rodear la ciudad, oían chirridos insoportables, como si una máquina infernal se activara y aplastara, entre gritos desgarradores, al desdichado.
Un soldado, al fin, logró alcanzar el camino de ronda. Descubrió torres de oro, en una de las que se abría una puerta con un relieve de un caballero de metal, el cual, si se le frotaba, abría las puertas de la ciudad. Los habitantes estaban detenidos, sus gestos congelados como por un encantamiento. La ciudad poseía un zoco donde se mercadeaban toda clase de mercancías, un palacio que comprendía cuatro patios cada uno recorrido por un río que confluían en un lago ancho como el mar, y una segunda morada cupulada, cuajada de tesoros. En el centro, una estancia con un lecho donde descansaba una hermosa mujer cerca de un cofre. Unos guardias, inmovilizados, vigilaban el lecho. Nada se movía. Cuando el soldado intento rozar a la princesa, apenas pudo darse cuenta que los autómatas lo iban a decapitar.
Una tumba, en el centro de la Ciudad de Bronce, anunciaba:

¡Conserva tu alma! ¡Goza en paz la calma de la vida, la belleza, que es calma de la vida! ¡Mañana se apoderará de ti la muerte!
Mañana responderá la tierra a quien te llame: “¡Ha muerto! ¡Y nunca mi celoso seno devolvió a los que guarda para la eternidad!”"

Nadie más entró en la Ciudad de cobre.

Este cuento oriental –que aparece en Las mil y una noches-  describe una ciudad temible y de ensueño, obra de quien fue escogido por la divinidad para impartir la sabiduría en el mundo: una ciudad cuya entrada estaba vetada a los hombres, y antes cuyas riquezas espirituales, solo cabía una risa inextinguible -y mortífera.


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