domingo, 2 de diciembre de 2018

Habitar el Mediterráneo (IVAM, Valencia, diciembre de 2018-abril de 2019. Textos de catálogo y exposición)


TEXTOS PANELES


“Simultáneamente hamítica, semítica, aria incluso, pagana, judía, cristiana y musulmana, al mismo tiempo africana, asiático y europeo, un continente que no tiene relación con nuestra manera habitual de medir el tiempo y es espacio, ya que África empieza en los Pirineos y la Edad Media sobrevive aquí con las ofertas contemporáneas más atractivas, simultáneamente romana y cartaginesa, alejandrina y hebraica, helénica y catalana, el escenario de contrastes por excelencia, la fértil tierra madre de mitos y espejismos.” (Susan Sontag)

Más allá de la idílica visión del mar Mediterráneo que retrataran los pintores norteños, fascinados por la luz, de principios del siglo XX, el Mediterráneo engloba una superposición, una mezcla y una confrontación de lenguas, culturas y religiones desde los inicios de la historia. Se trata también de un marco urbano, compuesto por ciudades históricas, destruidas y reconstruidas, por aglomeraciones ilusorias de vacaciones, y por campamentos de quienes no tienen acceso a la ciudad. El Mediterráneo acoge a ciudadanos desde la Grecia antigua, pero la ciudad democrática clásica funcionaba con asambleas de unos pocos ciudadanos libres, sin que mujeres y foráneos tuvieran voz y voto, así como con el trabajo de esclavos. El mar Mediterráneo sigue siendo hoy un mar de fondo.
Habitar el Mediterráneo es una exposición con un mosaico de imágenes, de obras de la antigüedad y contemporáneas, de artistas de todas las riberas, que traducen la compleja, contradictoria, inclusiva y excluyente imagen de pueblos y ciudades, levantados con muros que ceden el paso o que amurallan.



1.- MARCO GEOGRÁFICO

Mar que une y divide. Sin tener en cuenta los intercambios culturales y comerciales desde la Antigüedad, las invasiones y la curiosidad intelectual que movía a desplazamientos desde Gades hasta Damasco y Bagdad, el Mediterráneo se convirtió, entre la segunda mitad del siglo XIX y la Segunda Guerra Mundial, es una fértil fuente colorística, sensual y lumínica de motivos edénicos, de deseos y temores recreados por artistas venidos de tierras lejanas o nórdicas.


2.- EL PESO DE LA HISTORIA

No es solo desde lo alto de las pirámides que dos mil años nos contemplan, como exclamara Napoleón I culminando la conquista colonial de Egipto, una tierra y una cultura que, a la vez, conquistó al emperador francés. El Mediterráneo se organiza por estratos. Desde el neolítico, los desplazamientos en el tiempo y el espacio han causado revoluciones geológicas. Las ciudades y los campos se asientan sobre restos, “milagrosamente” preservados, pero a menudo olvidados -o ya saqueados- y altercaciones, beneficiosas o no, del entorno, que ayudan o condicionan, que soportan y que dan peso y fundamento a instalaciones actuales. Como un juego de muñecas rusas, los edificios encajan unos dentro de otros: templos paganos devienen mezquitas y catedrales como en Damasco y Siracusa; las ruinas acogen al presente. Éste no se puede entender sin los soterrados niveles que explican por qué estamos aquí, en esos precisos lugares en los que quizá no debiéramos estar si no fuera por las huellas, por el peso de la historia. La historia tiene un peso, da peso a lo que se planifica, pero puede pesar como una losa constriñendo o impidiendo una nueva mirada a la ciudad.


3.- URBS

a) La trama urbana

La impenetrable medina representa bien lo que es o lo que fue la ciudad mediterránea, compuesta por una mezcla de espacios, olores, colores y sonidos –entre los que destaca, paradójicamente, el silencio de los viernes, los sábados y los domingos. Lo que a ojos ajenos puede aparecer como una urbe caótica suele ser la representación de un tejido social complejo y articulado. La modernidad, empero, ha rasgado dicho tejido. Las ciudades coloniales de los siglos XIX y XX, proyectadas desde la metrópolis según trazas hipodámicas, han dejado de lado o caer las ciudades antiguas, mientras que amplias avenidas, a imagen de París, han destripado sin contemplaciones, como en Barcelona, la tupida y laberíntica trama, considerada insalubre, hasta llegar a proyectos como el Plan Argel (entre muchos otros) del arquitecto Le Corbusier, en los años treinta, en el que la ciudad antigua, deshilachada, desaparece, rota en bloques inconexos.


b) Elementos urbanos

Los griegos eran conscientes que si Oriente inventó la ciudad, ellos la dotaron de un cuidado espacio público, perteneciente a todos los ciudadanos, libre del incesante control de los dioses. Lo profano primaba sobre lo sagrado, lo público sobre lo privado, dos mundos conectados a través de calles, callejuelas y callejones, y que, antes de la dictadura del muro de vidrio, se miraban gracias a terrazas, balcones, galerías, rejas y celosías que articulaban distintos niveles de privacidad, desde lo más íntimo hasta lo público, desde el ámbito familiar hasta el comercio a plena luz. La densa trama de lacería de las celosías, de hierro o de madera, que permitía vistas cruzadas y autorizaba mirar desde dentro sin ser visto, diluyendo en parte la barrera entre el exterior y los interiores, recordaba y aún recuerda la misma red nervada de las calles que recorren la ciudad (antigua). La plaza abierta, sin embargo, tuvo menos crédito en la ciudad islámica, en la cual la vida acontece detrás de los muros, y en la que la calle, salvo en el bazar, es un conducto que une portales siempre cerrados. Sin embargo, el patio de la mezquita, abierto a todos, en el que se practican toda clase de actividades religiosas y laicas, culturales y comerciales, de ocio y de recogimiento, cumple con muchas de las funciones que la plaza de la ciudad pagana, luego cristiana, acoge.


4.- CIVITAS

4.1 Ciudadanos

La ciudad: urbs y civitas. Ciudad como un conjunto de perennes construcciones (urbs), y, o es sobre todo, comunidad (civitas) de ciudadanos bien relacionados entre sí, un tejido de relaciones humanas. En griego, polis –de ahí, metrópolis- no era la ciudad de piedra, sino de carne o de espíritus: el conjunto de los habitantes que constituían el corazón de la urbe, y que la defendían. La ciudad es ante todo sus moradores cultos y cultivados. Las ciudades abandonadas, en las que no vive no un alma, son ciudades muertas.

4.2 No-ciudadanos

Pocos eran los llamados ciudadanos en la ciudad antigua mediterránea. Amén de las mujeres, los niños, los esclavos y los foráneos -incluso si se llamaban Aristóteles, considerado un simple un macedonio en Atenas-, los deficientes físicos y mentales y las mujeres ancianas, reducidas a la mendicidad, cuando perdían su familia, no tenían cabida en la ciudad. La ciudad clásica, democrática o no, solo se componía de patricios con plenos derechos.
Los excluidos, hoy, no son necesariamente los mismos que en la antigüedad, pero la ciudad sigue manteniendo en los márgenes, cada vez más extensos y difusos  pero que constituyen el corazón de la ciudad -una vez que los centros, convertidos en museos o escenarios temáticos, se despueblan-, a colectivos a los que no quiere o no puede integrar, que no logran o que rechazan la asimilación. Hasta la flecha del tiempo se detiene, como si no hubiera futuro.


5.- CIUDAD Y CONFLICTO

Además de la muralla exterior que circundaba la ciudad mesopotámica, los barrios de ésta estaban también rodeados de murallas interiores que los definían, los defendían y los segregaban. Fuera de las murallas la vida no tenía sentido. La imagen anterior no nos es ajena hoy. Ciudades como Bagdad han sufrido recientemente y durante años un asedio interior, partidas por una red de altos muros de hormigón para impedir cualquier relación entre vecindades; muros y murallas que también dividen comunidades, a las que enfrentan, como en Nicosia. Las guerras civiles, como las que han asolado o asolan Beirut, Sarajevo, Damasco o Bagdad, no son las únicas causas de las barreras entre los habitantes. Los muros no siempre son físicos. Las ciudades coloniales, como Túnez o Argel, anteriormente a la Segunda guerra mundial, estaban divididas entre la ciudad originaria, antigua -la medina-, dejada de la mano de dios, y la ciudad de nueva planta, bien planificada a imagen de una ciudad moderna europea, ocupada por los colonos europeos, que ignoraba la ciudad árabe. Las ciudades se doblaron. Se construyeron nuevos barrios para los colonos, a la vera de las medinas. El poder colonial dio licencia para trazar y levantar planes de urbanismo y tipos de edificios novedosos, libres de ataduras con el pasado –el cual, por el contrario, debía cuidarse en las metrópolis occidentales-, falto de respeto con el entorno.
La ciudad actual incluye –o excluye- barrios, a menudo periféricos, como el Cabañal en Valencia, o la Mina en Barcelona, que el resto de la ciudad rechaza y en los que no se osa entrar por miedo al peligro y al qué dirán, mientras que los vecinos marginados apenas se atreven a salir de su comunidad por el estigma que sienten les marca.


6.- TORRES DE MARFIL

La ciudad vive de la imagen ideal que proyecta, y se dota de imágenes luminosas que deslumbran. No caben proyectos públicos de mejora del espacio urbano sin grandes paneles anunciadores de promesas donde siempre luce el sol. Estas imágenes fascinan pero también ocultan lo que no se debe mostrar. Sin embargo, las imágenes ideales no tienen cuerpo. No casan, no se amoldan a la realidad. Son decorados paradisíacos –no muy distintos de los que Gauguin, por ejemplo, pintara- tras los cuales, como observaba Platón acerca de toda imagen ilusoria, no hay nada. Despiertan ilusiones a las que no pueden dar satisfacción.
El hedonismo asociado al Mediterráneo, que pintores y fotógrafos, huyendo de la grisura hacia las riberas azules, promovieron a principios del siglo XX, ha devenido del sueño de los inicios en la pesadilla de la ciudad de vacaciones. Quienquiera recorra la costa egipcia desde Alejandría, como quienquiera viaje por la costa mediterránea española, turca, libanesa o croata, no logra saber dónde se encuentra, pues entre las filas de bloques idénticos, casi siempre desérticos, en medio de un urbanismo incierto o inexistente, pierde el contacto con el entorno. La ciudad de vacaciones se erige como la imagen invertida de la ciudad mediterránea. Se trata de un “lugar” donde olvidarse de quien se es, dónde perderse, un lugar sin raíces, indiferente al entorno, que crece aceleradamente, en extensión y en altura (como en Benidorm), a menos que la crisis de los “valores” ponga coto a la destrucción del emplazamiento y de los modos de vida que genera y asume.


7.-. TIERRA BALDÍA

Ya no cabe hablar del Mediterráneo. El imaginario luminoso y mesurado, verdadero o ilusorio, ha quebrado. La tierra y las construcciones se han convertido en páramos indiferentes donde la naturaleza y la honda y perenne herida causada por el hombre, las construcciones y los deshechos, la tierra removida y el hormigón, la falta de perspectivas y las obras inacabadas hasta el horizonte, se conjugan para componer un paisaje desolado y sin atributos, donde campea la falta de urbanidad. La ciudad debería ser una muestra de ordenamiento, del cuidado o las formas como se trata a la naturaleza; la periferia, los polígonos, las granjas descontroladas, las urbanizaciones, las “ciudades nuevas”, las colonias (como los asentamientos invasores de Israel, ubicados en los altozanos en tierras palestinas), en cambio, son muestras de malcriamiento y de incultura.
Aunque, a veces, la desolación seduce y se encuentra un extraño placer y acaso belleza, como evocan las fotografías de la reseca periferia de Barcelona de Jean-Marc Bustamante.

“Qué es ese sonido que surca el aire
Murmullo de lamento maternal
Quiénes las hordas embozadas que pululan
Por llanuras sin fin, tropezando en las grietas,
Cercadas solo por el horizonte
Qué ciudad es ésa tras la montaña que se
Agrieta, reforma y estalla en el aire violeta
Torres que se derrumban
Jerusalén Atenas Alejandría
(…)
Irreal”
(T.S. Eliot: La tierra baldía)     


8.- EL RETORNO DE ULISES

“Como cuando la tierra aparece deseable a los ojos de los que nadan (a los que Poseidón ha destruido la bien construida nave en el ponto (…) pocos han conseguido escapar del canoso mar (…) y consiguen llegar a tierra bienvenidos, después de huir de las desgracias), así de bienvenido era Ulises para su esposa Penélope…” (Homero: Odisea, canto XXIII y final)

¿Esperanza? La imagen del Mediterráneo, hoy, no invita a ella. Sin embargo, pese a los conflictos armados o soterrados, la segregación y las crisis humanitarias incesantes, una inexplicable fuerza vital permite creer en un futuro diferente.

“Aquí estoy ascendiendo la mañana de mi país
Escalando los derrumbes, sus picos
Aquí estoy liberado del peso de su muerte
Alejándome de él a fin de que pueda verlo mejor
Mañana, quizá, este país será mío”
(Adonis)




(VERSIÓN DEL) TEXTO INTRODUCTORIO DEL CATÁLOGO



LA IMAGEN Y EL HABITAR MEDITERRÁNEO
Pedro Azara (UPC-ETSAB, Barcelona)

A Marta Ll. y Victoria G.

“Mi padre nos decía: Es verdad que en esta tierra uno puede prolongar el paraíso durante más tiempo, durante más años, el evanescente barco de Peter Pan que cruza el cielo tarda más tiempo en deshilacharse, en convertirse en nube sobre la esfera del sol. Cuestión de simbiosis entre la geografía y el pensamiento, entre paisaje y forma de vida. Es así. Esta tierra te permite mentirte a ti mismo (…). No lo busques fuera: el paraíso lo tienes aquí. Aunque para reconocerlo seguramente tengas que irte fuera.” (Rafael Chirbes: Crematorio)

0.- PRÓLOGO: IMAGEN Y ARQUITECTURA
La obra de arte es un medio con el que interrogamos el mundo (a los dioses y a la tierra) y a nosotros mismos, y con el que también plasmamos lo que nuestros sentidos, aliados de la razón, captan de los mundos exterior e interior. Una obra de arte es una ventana al mundo: se abre a él y permite que el mundo (o los mundos) y nosotros entremos en contacto y nos descubramos, nos conozcamos y nos reconozcamos. Los encuentros pueden positivos o deprimentes, pero la obra de arte es, al menos, lo que facilita este deseado encuentro.
El arte persigue o permite, entre otros fines, la exploración, la interrogación y la reflexión sobre el espacio habitado: sobre la habitabilidad del mismo, sobre cómo vivimos, cómo nos hacemos con un espacio propio, sobre qué lugar nos pertenece, qué lugar ocupamos, y sobre todo, por qué ocupamos un lugar; es decir, sobre nuestra presencia en el mundo.
La arquitectura es el arte de pensar esta relación, de permitirla y facilitarla; un arte gracias al cual el ser humano se instala, se asienta, se siente a gusto en el espacio. Se trata del arte de humanizar el espacio, es decir de convertirlo en un lugar (habitable) -o de acotarlo a fin que podamos habitarlo.
Este acto que permite el encuentro entre el hombre y el entorno requiere que se reflexione sobre esta relación, sobre sus condiciones y posibilidades, y que se proyecte -que nos proyectemos en el espacio-, a fin que nos imaginemos vivir en un lugar, que soñemos cómo podríamos vivir allí. El arte, posibilita la reflexión sobre el hecho de habitar, la proyección sobre el hábitat. Se anticipa a un modo de vida, que es un modo de ser, o que es quizá la única manera de ser y estar en el mundo: solo podemos estar en un lugar que nos acepte, nos acoja. Esta reflexión y esta apertura se realizan a través de la arquitectura. Habilita el espacio y plasma lo que hemos pensado o nos hemos imaginado acerca de nuestro lugar en el mundo.
Pero cualquier tipo de obra arte, cualquier género artístico puede lograr los objetivos antes enunciados: las artes de la imagen -plástica, musical, gestual y literaria- ofrecen imágenes (modelos) acerca de cómo vivir, cómo estar (bien) en el mundo, cómo estar a buenas con él. Pintura, cine, poesía, danza y música dan cuenta de cómo podemos -o tenemos- que vivir: es decir, sobrevivir. Pues habitar significa sobreponerse a la muerte, proyectarse en el tiempo, viéndose vivir "para siempre" en un lugar, viendo o imaginando que los hijos, y los hijos de los hijos, vivirán allí y cuidarán u honrarán nuestra memoria.
Hacer arquitectura no implica construir físicamente sino que consiste en imaginarse viviendo, mostrando plástica o literariamente esas imágenes soñadas. Hacer arquitectura es un sueño.    
En resumen, la arquitectura es el arte que nos permite vivir bien. Construye un espacio habitable, en el que uno se ve viviendo, un espacio de acogida. Este espacio se expone a la vista. Ante él, nos proyectamos, nos vemos ya allí, como si no pudiéramos estar en otro sitio. La arquitectura suscita el deseo (de estar a gusto). Al igual que la arquitectura, las imágenes arquitectónicas que las obras de arte plásticas, musicales, literarias y escenográficas componen son una invitación a imaginarse, a “verse” en esos entornos. A veces, éstas ofrecen las únicas ocasiones en las que uno puede tener la sensación de una vida plena y segura. Permiten soñar en una vida mejor. Las imágenes suscitan esperanzas, plasman y nos devuelven reflejados nuestros sueños. Nuestra casa y nuestra manera de vivir se hallan allí delante de nosotros. La imagen capta y reproduce dónde queremos morar.  No vemos otra posibilidad, otro lugar que no sea el que la obra abre y contiene.
Por esas razones, una exposición sobre hábitats y modos de vida solo puede, a defecto de poder traer ante nosotros edificios y ciudades “físicos”, presentar imágenes. Imágenes que, en verdad, son la verdadera arquitectura, pues las podemos habitar en sueños, que es la manera de vivir mejor, sueños de vida plena.
Habitar (y deshabitar) el Mediterráneo es una nueva exposición sobre las relaciones entre las riberas mediterráneas que el IVAM, dedicado a las conexiones entre el norte y el sur, organiza desde hace dos años. Comprende obras del presente y del pasado, contemporáneas y arqueológicas, que guardan las trazas del paso del tiempo y de los hombres, y abren caminos por donde circulan ideas y prejuicios que nos devuelven la imagen del mundo que nos hemos creado a medida o a la medida de los demás.
Se trata de un recorrido por los espacios que nos acogen y nos rechazan, espacios que tenemos, a los que aspiramos o que nunca estarán a nuestro alcance, y por los tipos de vida, plena o vacía, aceptada o negada, que ciudades y edificios acogen, condicionan o niegan.  La exposición refleja nuestra visión, amable, temida o repudiable, sobre nuestro entorno y la vida a la que estamos sometidos, vidas que la arquitectura acoge o deniega, entornos y modos vida que, en ocasiones, no difieren tanto de lo que ocurría en la antigüedad. Estamos marcados, para bien y para mal, por lo que acontecía y lo que se pensaba hace dos o tres mil años. La historia es una fuente, fecunda o envenenada.
La exposición se constituye como un viaje por diversos puertos (Barcelona, Valencia, Marsella, Argel, Túnez, Trípoli, Estambul, Beirut, etc.) que pautan las riberas, que son fronteras cerradas o aperturas hacia el mar, espacios limítrofes de contactos o de rechazo. Los puertos han sido y suelen ser espacios de conflicto: conjugan maneras de vivir que se enriquecen o se anulan.
La obra de arte es el medio a través del cual nos damos cuenta de dónde y cómo vivimos. Y esas imágenes pueden ser benéficas o mostrar lugares y vidas que no querríamos ver, en los que no querríamos estar o de los que no querríamos saber nada –precisamente porque estamos allí.    
La exposición se refiere al hábitat y al habitar de ciudades concretas, cuyas formas arquitectónicas y “formas” de vida –o de muerte- son sintomáticas y ejemplares de una “manera” de construir y de estar. Habitar el Mediterráneo parte de Valencia y se dirige, a través del mar y por tierra firme, a Barcelona, Marsella, Génova, Roma, Nápoles, Taranto, Cágliari, Siracusa, Palermo, Split, Sarajevo, Tirana, Corinto, Atenas, Heraklion, Nicosia, Estambul, Antakya (la antigua Antioquía), Latakia ( antiguamente, la culta Ugarit, hoy un yacimiento arqueológico en Siria), Beirut, Tel Aviv, Damasco, Jerusalén, Ramala, Gaza, Alejandría, El Cairo, Trípoli (Libia), Argel, Túnez, Casablanca y Málaga, pero también se detiene en el pueblo de Ulassai en Cerdeña, así como en Yerba (Túnez), Marina d´Or (España) y la Grande Motte (Francia), “ciudades” que no son ciudades porque solo buscar entretener, es decir, huir de la propia ciudad, trasladando al visitante -siempre al visitante, pues allí no viven ciudadanos- a una ciudad supuestamente de ensueño, aunque inexistente, a una ciudad de pesadilla.
Un gran número de imágenes, antiguas y modernas, nos tienden espejos en los que nos podemos proyectar –o podemos cerrar los ojos- en visiones o pesadillas construidas o destruidas, muestras de urbanidad o de descortesía.    
La exposición se puebla con miradas y recuerdos de otras personas –dibujos, pinturas, fotografías, esculturas, estatuillas, instalaciones, películas, y textos-, deseos y temores, entusiasmos, frialdad y desprecios, asumiendo como propios los recuerdos de estas personas (como comenta Omar Pamuk), con la secreta o no tan secreta ambición que cada uno de nosotros, visitantes de la muestra, pueda descubrir o exponer qué imágenes se ha labrado de dónde y cómo vive -o malvive.

1.- INTRODUCCIÓN: EL ACOSTAMIENTO

“Simultáneamente hamítica, semítica, aria incluso, pagana, judía, cristiana y musulmana, al mismo tiempo africana, asiático y europeo, un continente que no tiene relación con nuestra manera habitual de medir el tiempo y es espacio, ya que África empieza en los Pirineos y la Edad Media sobrevive aquí con las ofertas contemporáneas más atractivas, simultáneamente romana y cartaginesa, alejandrina y hebraica, helénica y catalana, el escenario de contrastes por excelencia, la fértil tierra madre de mitos y espejismos.” (Susan Sontag)

“Si tuviera que (construirme una casa), al igual que algunos romanos, la construiría adentrándome en el mar; quisiera tener algunos secretos en común con ese hermoso monstruo” (F. Nietzsche: “En el mar”, La ciencia jovial, 240)

El Mediterráneo es, desde la antigüedad, una gran ciudad, un vasto espacio construido a base de alianzas y enfrentamientos, tierra de intercambios de bienes y de ideas, y de exclusiones, de acogidas y de conquistas, de vías de comunicación y de barreras, guerras y alianzas, deseos de conocimientos y suspicacias, poblada de faraones y de esclavos. Se han encontrado restos minoicos –y, posteriormente, fenicios- en Andalucía, y la isla de Ibiza, tan occidental, estaba dedicada –de ahí su nombre- a un dios plenamente egipcio, sin parangón con divinidades de otras culturas, el amigable dios Bès.  El Mediterráneo, una ciudad unida y dividida, construida, destruida, olvidada y vuelta a levantar, lugar de acogida y de rechazos, venida desde tiempos remotos y con un futuro quizá incierto, un tejido articulado por viajes, desplazamientos y transmisiones culturales, emprendido por necesidad y curiosidad (motivaciones personales como la íntima obligación moral de peregrinar a la Meca, y el deseo de llegar hasta la capital cultural del mundo medieval –Bagdad, fundada en el siglo VIII-, de los intelectuales del califato de Córdoba, por ejemplo), deseos de conocer y de venganza, un mar y unos puertos siempre divididos y sin embargo conectados, a la espera del otro, con temor o esperanza, un espacio real e imaginario; una ciudad real e inexistente, cuyas imágenes las artes plástica, poética, arquitectónica y musical han creado, recreado o reflejado, en las que nos podemos reconocer, con satisfacción o angustia. Quizá las antiguas teselas de hospitalidad de origen celta, y asumidas por Roma, que representan dos manos unidas, simbolicen bien lo que es –o, al menos, lo que fue, durante un tiempo- el Mediterráneo: un espacio abierto interna y externamente, en conexión con pueblos del norte, y que permitía los viajes de ida y vuelta desde las distintas riberas. Un viaje al que invita esta exposición.


2.- LLEGADA A PUERTO

Marco geográfico

Sin tener en cuenta los activos y numerosos intercambios culturales y comerciales ya en la remota Antigüedad (al menos desde el tercer milenio aC), las invasiones y la curiosidad intelectual que movía a desplazamientos desde Gades hasta Damasco y Bagdad, el Mediterráneo se convirtió, entre la segunda mitad del siglo XIX y la Segunda Guerra Mundial, en una fértil y casi tópica fuente colorística, sensual y lumínica de motivos edénicos –como los del mediocre estilo Noucentista-, de deseos y temores recreados por artistas venidos de tierras lejanas o nórdicas, desde van Gogh hasta Matisse y Nicolas de Stael –que quiso plasmar un azul, que el poeta René Char, amigo del artista, calificaba de cassé-bleu (roto-azul), que invitara a cruzar el marco del cuadro, a romper con la realidad, lo que condujo al pintor al suicidio. Incluso el pintor minimalista, abstracto norteamericano Ellsworth Kelly, admirador de Matisse, homenajeó, en los años 50 del siglo pasado, los colores puros mediterráneos, fijados, años hacía, por los pintores fauvistas (muchos instalados en las riberas mediterráneas francesas y, algunos, explorando incluso las costas norteafricanas, como el suizo Paul Klee).
Esta imagen saturada de colores sin matices, que quizá solo exista en una paleta, contrasta, sin embargo, con la triste evocación de una ciudad mediterránea como la argelina Oman, descripción que podría aplicarse a tantas –quizá a todas- urbes ribereñas (pasado el tópico del sol):
“La ciudad, en sí misma, hay que confesarlo, es fea. Su aspecto es tranquilo y se necesita cierto tiempo para percibir lo que la hace diferente de las otras ciudades comerciales de cualquier latitud. ¿Cómo sugerir, por ejemplo, una ciudad sin palomas, sin árboles y sin jardines, donde no puede haber aleteos ni susurros de hojas, un lugar neutro, en una palabra?» (Albert Camus: La Peste)
Sin embargo, posiblemente sea la conocida fotografía en blanco y negro, fuertemente contrastada, de Herbert List: Goldfish Bowl, Santorini, de 1937, la que mejor representa o simboliza las complejas, contradictorias imágenes que el Mediterráneo suscita, entre la luz y el polvo: un espacio al mismo tiemplo claro y deslumbrante, y sin embargo encerrado sobre sí mismo, del que es imposible escapar pese a las perspectivas que abre, un lugar, libre en apariencia, que se ve como un centro del mundo alrededor del cual se piensa que el mundo gira, en el que se cae y que atrapa  para siempre.


El peso de la historia

“Pero tú encuentras aquí [en Génova], al doblar cada esquina, a un hombre entero que conoce el mar, la aventura y Oriente, que siente desafecto por la ley y por el vecino como si fuesen una especia de aburrimiento, y que mie con una mirada envidiosa a todo cuanto ya ha sido fundado y es antiguo” (F. Nietzsche: “Génova”, La ciencia jovial, 291)

Algunas ciudades se confunden con sus mitos. Pesan como voces antiguas que no dejaran hablar nunca más. Atenas porta aún el nombre de su diosa protectora (Atenea) -y al arribar a la ciudad uno acaba por creer (o desea creer) más en los imaginario héroes Teseo y Egeo que en los hombres de carne y hueso que malviven-; el nombre de Taranto recuerda al de su mítico héroe fundador, Taras, y Alejandría no se libra de la sombra de su legendario emperador fundador (Alejandro), el olvido y el descuido de cuya tumba, que quizá nunca se levantara, pesa aun sobre la ciudad volcada a unos tiempos que solo existen en las historias. Sin las heroicidades de Hércules, las ciudades de Roma, Regio Calabria y Barcelona que fundara no serían, pues las ciudades sin héroes fundadores o protectores aparecen huérfanas, carentes de pasado, ciudades tan solo de paso.
No es solo desde lo alto de las pirámides que dos mil años nos contemplan, como exclamara Napoleón culminando la conquista colonial de Egipto a finales del siglo XVIII, una tierra y una cultura que, a la vez, conquistó al emperador francés. El Mediterráneo se organiza por estratos. Desde el neolítico, los desplazamientos en el tiempo y el espacio han causado revoluciones geológicas. Las ciudades y los campos se asientan sobre restos “milagrosamente” preservados pero a menudo olvidados, o ya saqueados, de asentamientos (ciudades, santuarios y monumentos, villas y camposantos), vías de comunicación, infraestructuras (canteras, puentes y acueductos) y altercaciones, beneficiosas o no, del entorno, que ayudan o condicionan, que soportan y que dan peso y fundamento a instalaciones actuales. Como un juego de muñecas rusas, los edificios encajan unos dentro de otros, y los estilos se superponen cubriendo o completando estilos pretéritos: templos paganos devienen mezquitas y catedrales, como en Siracusa –cuya catedral, por dentro, sigue siendo un dórico templo griego- y Damasco (la mezquita del Viernes Santos acoge, encaja y superpone restos de templos paganos -mesopotámicos y romanos-, y monoteístas -cristianos, bizantinos e islámicos); incluso el Partenón ateniense poseyó un minarete (al igual que la catedral de Barcelona en el siglo VIII); ciudades como Split (hoy en Croacia) caben, incluso hoy, en las ruinas de un palacio imperial romano, extenso como la propia Roma, y la hoy tan poblada ciudad de Nimes (Francia), se circunscribió, durante casi dos milenios, en las arenas de un anfiteatro romano bien conservado cuyo muro perimetral la defendía. Las ruinas acogen al presente, pero las ciudades pueden pasar de largo de sus propias ruinas –como comenta el novelista turco Omar Pamuk acerca de la relación de su ciudad, Estambul, con su historia. El presente no se puede entender sin los soterrados niveles que explican por qué estamos aquí, en esos precisos lugares, en los que quizá no debiéramos estar si no fuera por las huellas, por el peso de la historia.
Las historias personales también pesan: los recuerdos de lo que las ciudades y las casas fueron pero ya no están, destruidas por las guerras. Las instalaciones del artista y arquitecto libanés Rayyane Tabet, compuestas por decenas de pequeñas piezas de hormigón depositadas –pero no fijadas- en el suelo, que componen mosaicos o temblorosas y densas agrupaciones, barrios vueltos sobre sí mismos, de la asolada –y renovada, tras el olvido de lo que ocurrió y de lo que existía- Beirut, evocan la fragilidad de los recuerdos y las construcciones añoradas que caen a tierra y desaparecen con las bombas, la avidez y las prisas que impiden pensar y atender a lo que, pese a las heridas, aún podría ser.

 La ciudad (densa o desarticulada) 
Ya sea greco-latina o islámica, florentina o imperial, medieval o moderna, portuaria o de tierra adentro –nunca demasiado adentro, tan solo retirada de las costas de la muerte-, la ciudad mediterránea es –era o debería volver a ser- un tejido trenzado de calles y callejuelas,  cubiertas o no (por telas o techumbres, como en un bazar), que se adentran por densas manzanas de viviendas tan solo aliviadas por patios privados y plazoletas (como los criticados “Gossip Squares”, o Plazas del Chisme, que el arquitecto griego Doxiadis proyectara en Bagdad en los años 50) por donde el sol y el rumor de voces se cuelan, y de donde emanan una algarabía de sonidos, así como por algún monumento –una iglesia, un ayuntamiento- que requiere un espacio despejado de acogida, abierto como una mano tendida, ante la fachada. La impenetrable y laberíntica medina, similar a los centros históricos de Córdoba y Argel, por ejemplo, representa bien lo que es o lo que fue la ciudad mediterránea, compuesta por una mezcla de espacios, olores, colores y sonidos –entre los que destaca, paradójicamente, el silencio de los viernes, los sábados y los domingos, tan solo rasgado por las llamadas a la plegaria y el repicar de las campanas que pautan el tiempo y el espacio, permitiendo saber dónde uno se halla con respecto al minarete o el campanario, verdaderos ejes cósmicos alrededor de los cuales cuajan los barrios. Hasta los muertos se cobijan en cementerios marinos, ubicados en las crestas –como los de Génova o Arenys de Mar- por cuyos caminos empinados, amenazados por tumbas altivas, cuesta caminar sin temor. Cementerios, sin duda, símbolos de la ciudad (muerta):
¡Silencio! Silencio de los cementerios en vuestras tristes calles.
Yo clamo, grito, me lamento y en el silencio oigo
la solemne nieve esparcida en la sombra
dónde se repiten unos pasos solitarios cuyo eco se traga
la ciudad, como si una bestia de hierro y piedra
devorara la vida y no quedara vida desde la tarde hasta el día.”
(Badr Shakir al Sayyab: Testamento de un agonizante)
 La modernidad, empero, ha rasgado el tejido urbano. Las ciudades coloniales de los siglos XIX y XX, proyectadas desde la metrópolis según nítidas trazas hipodámicas (semejantes a rejas), han dejado de lado, han dejado caer las ciudades antiguas (que lentamente decaen, como evoca Rayyane Tabet), mientras que amplias avenidas, a imagen de París, han destripado sin contemplaciones la tupida y laberíntica trama urbana –como se percibe en tantas ciudades del norte de África-, considerada insalubre, hasta llegar a proyectos como el temible Plan Argel (entre muchos otros) del arquitecto Le Corbusier, en los años treinta (afortunadamente nunca llevado a cabo), en el que la ciudad, deshilachada, desaparece, rota por un bloque serpenteante de diez quilómetros de largo, coronado por una autopista, que debía evitar, según escribe el arquitecto, que los ciudadanos se miraran a los ojos a través de las ventanas en fachadas encaradas, y por torres aisladas como faros y edificios que se alzaban como gigantescas pantallas bloqueando el contacto con el mar; un proyecto que concluiría, tras trece años de vanos esfuerzos (nadie había realizado encargo alguno), con una larga carta dolida de despedida al Prefecto (publicada en 1950, en un hermoso libro ilustrado por el arquitecto, bajo el título de Poesía sobre Argel) en la que Le Corbusier defendía que quiso restablecer la unión entre poesía y arquitectura que los otomanos habían conseguido, recuperando, mediante reiterados cortes y derribos en el tejido urbano, la imagen paradisiaca de una África mediterránea–a ojos orientalistas:  

“Estamos en África. Este sol, esta expansión de azul y de mar, este verde, son lo que envolvían los gestos doloridos de Salambó, las gestas de Escipión y Aníbal así como las de Kheir-ed-Din Barbaroja. El mar, la cadena del Atlas y las montañas de la Cabilia despliegan su sentimiento propicio. La tierra es roja. La vegetación consiste en palmeras, eucaliptus, árboles resinosos, robles corchosos, olivos e higos chumbos; en el perfume del jazmín y la mimosa. Desde el primer plano hasta la lejanía del horizonte, una sinfonía es inmanente.”

“Benaurat sia l’ordre rectilini 
dels carrers i les places, que impedeix
que es desorientin les ànimes frèvoles
O es perdin els turistes despistats.
I siguin benaurats els urbanistes
Que planifiquen i fan i desfan
Els bulevards, les llargues avingudes
On sein els ociosos indigents. 
I beneïts siguin els arquitectes, 
i els contractistes, i exultats també 
els sobrestants, paletes i guixaires, 
i aquells que en diuen agents d’una tal 
sagrada propietat immobiliària. 
I que el Senyor els aculli ben aviat!”
(Carles M. Sanuy : Les benaurances del Raval)

3.- URBS

Paseo por la ciudad

“La arquitectura árabe nos aporta una enseñanza valiosa. Se aprecia en marcha, con los pasos: es caminando, desplazándose, que se ve cómo se desarrollan las ordenanzas de la arquitectura. Es un principio contrario al de la arquitectura barroca que se concibe en el papel alrededor de un punto fijo teórico. Prefiero la enseñanza de la arquitectura árabe” (Le Corbusier)

La ciudad mediterránea, entre el mar y las sierras de la costa que cortan el horizonte, tiene - o tuvo- límites. Hasta no hace mucho (hoy, la periferia de Alejandria se alarga durante casi cien quilómetros, entre el mar y el desierto, mientras que el sesenta por ciento de la costa de Valencia es un tejido urbano desestructurado que asedia la capital), la ciudad no se extendía hasta más lejos de donde alcanza la vista, como la ciudad norteamericana. Hasta la periferia se puede llegar caminando, hoy incluso. Como ocurre en Marsella, Nápoles (el barrio español), Estambul, Argel, Trípoli o Beirut, calles estrechas empinadas y avenidas decimonónicas descienden y se abren hacia el mar –como en Nápoles- circundado, hoy, por un paseo y el puerto antiguo, que poco a poco se relaciona con la ciudad, derribando vías y muros, como en Barcelona, Tarragona o Marsella. El bazar de Beirut (reconstruido tras la guerra civil) se ubica precisamente allí donde la ciudad se encuentra con el mar. La urbe se descubre a pie, aunque las imágenes confluyen y se yuxtaponen, componiendo en denso tejido de impresiones, desde un vehículo motorizado. La ciudad parece haber sido trazada y levantada a la medida del hombre, atendiendo a sus pasos mesurados, nada apresurados, siempre frenados o detenidos por puestos callejeros, tiendas y talleres modestos que tienden a desaparecer, si bien las nervaduras de las calles y los pasajes, como en Venecia, conducen o invitan, a menudo, a perderse por barrios que parecen, en ocasiones, retrotraernos a épocas del pasado.
Aunque
“Es difícil vivir en la ciudad,
Atravesar sus calles y sus venas abiertas
Entre el ruido arterial de los comercios,
Los pasos amarillos de algunos transeúntes
Y el batir de los toldos
Movidos por la brisa
Igual que un oleaje que calcina los párpados
Y erosiona el color de las miradas.”
(Luis Bagué Quílez: “Ida y vuelta, II”, Un jardín olvidado)


El espacio público: la calle, el patio, el balcón, la terraza y la frontera de la celosía.

“La plaza y los naranjos encendidos
con sus frutas redondas y risueñas. 
Tumulto de pequeños colegiales
que, al salir en desorden de la escuela, 
llenan el aire de la plaza en sombra
con la algazara de sus voces nuevas. 
¡Alegría infantil en los rincones
de las ciudades muertas!... 
¡Y algo nuestro de ayer, que todavía
vemos vagar por estas calles viejas.”
(Antonio Machado: La plaza y los naranjos encendidos)

Los griegos, en la antigüedad, eran conscientes que si Mesopotamia inventó la ciudad, ellos la dotaron de un cuidado espacio público ubicado en el centro: un espacio de mercadeo y de intercambio, el ágora, desde donde la ciudad se regía a través de instituciones y edificios públicos y se proyectaba a través de monumentos que daban cuenta de sus orígenes, su grandeza y sus valores, como el Altar de los doce dioses, y el Monumento de los héroes epónimos, ambos en el ágora de Atenas. El ágora no pertenecía a nadie salvo a todos los ciudadanos; estaba al servicio de éstos. Se trataba de un espacio central y acotado libre del incesante control de los dioses, relegados en las alturas de la acrópolis, sin poder influir en la vida cotidiana que acontecía a sus pies. La diosa Peito, la personificación de la Persuasión –la seductora hija de Afrodita que siempre la acompañaba, como si fuera su doble-, presidía el ágora de la portuaria Corinto: las zalamerías eran más efectivas que las plegarias y las órdenes cuarteleras, la palabra vencía las resistencias, desarmaba. Lo profano primaba sobre lo sagrado, lo público sobre lo privado. Son dos mundos conectados a través de calles, callejuelas y callejones, o que se miran gracias a terrazas, balcones, galerías, rejas y celosías, cuya densa trama de lacería, de hierro o de madera –como bien sugieren los dibujos de la artista egipcio-alemana Susan Hefuna-, que permiten vistas cruzadas y, sobre todo, permite mirar desde dentro sin ser visto, diluyendo en parte la barrera entre el exterior y los interiores, recuerda la misma red nervada de las calles que recorre la ciudad (antigua). Desde cierta distancia, la red ortogonal de las calles, vistas a través de una celosía, puede superponerse a la cuadrícula de ésta.
El patio se confunde con la plaza. Existen patios recoletos, recónditos, vetados a quienes no forman parte de la familia, como ocurre en la casa damascena tradicional –patios de varones cabe la entrada, y patios de mujeres, en lo más hondo del hogar-, y corralas, rodeadas de viviendas unidas por pasadizos, por las que se propagan verdades y maledicencias, chanzas, quejas y protestas, pulmones que amplifican las nacientes revueltas contra las órdenes venidas “de arriba”. Plazas y patios forman parte de la ciudad humana, con los pies en la tierra, la ciudad de la ironía socrática, de la “doxa” (la opinión, que la palabra conforma y desmiente, el saber popular, los dichos, en suma) lejos de la fe ciega en dioses y salva-patrias.
La terraza, por su parte, delimita los volúmenes de las casas pero se abre al cielo. Se asciende interiormente antes de llegar a aquélla y de salir a la luz. Desde la terraza se domina la ciudad. Una ciudad no está bajo control hasta que no se toma posesión de las terrazas, donde se agazapan los inmisericordes francotiradores (en Argel, cuando la guerra contra el poder colonial francés o, más recientemente, en Sarajevo y en Alepo). La ciudad está en el punto de mira desde la terraza. La terraza abre perspectivas, ensancha el espíritu; y escapa al ojo de la ciudad. ¡Cuántas construcciones –depósitos de agua (sin los que la casa no puede vivir), palomares, jaulas, casetas, estudios, huertos, invernáculos, trasteros, habitaciones de alquiler, incluso-, hoy cubiertas por las escamas relucientes de las placas solares y erizadas por las púas de toda clase de antenas y repetidores, no se han levantado que han pasado desapercibidas! Pero la terraza es también un lugar sin más salida que la escalera por donde se ha venido, o el echarse al vacío. Bien es verdad, sin embargo, que las terrazas se unen, saltando por las estrechas brechas de las callejas. Dibujan un paisaje de altozanos con desniveles que no son insalvables, aterrazado y suspendido. Área de vida y de juego –en algunas ciudades del norte de África, dedicadas solo a las mujeres y los niños-, espacio familiar donde se recibe libre e informalmente, en las cálidas noches de estío, a algunos vecinos y amigos, fuera del control del vecindario (como muestra el cineasta italiano Ettore Scola en la película La terraza), un insólito espacio de libertad bajo el sol del que, sin embargo, salvo en contadas excepciones, cuando quienes ocupan los demás espacios urbanos se encierran como anacoretas y cierran los ojos, no se puede descender ni salir.
La plaza abierta, sin embargo, tuvo menos crédito en la ciudad islámica tradicional –la plaza y la rotonda son más bien tipologías urbanas occidentales exportadas a principios del siglo XX-, en la cual la vida acontece detrás de los muros, como bien muestra el callado cortometraje en blanco y negro El pan y la calle del cineasta iraní Abbas Kiarostami, y en la que la calle, salvo en el bazar, es un conducto que une portales siempre cerrados. Sin embargo, el patio de la mezquita, abierto a todos, en el que se practican toda clase de actividades religiosas y laicas, culturales y comerciales, de ocio y de recogimiento, cumple con muchas de las funciones que la plaza de la ciudad pagana, luego cristiana, acoge.


4.- CIVITAS

La ciudad abierta: los incluidos
A principios de los años ochenta, la artista italiana (sarda), María Lai (1919-2013), invitó a los vecinos de su localidad natal, Ulassai, un pueblo de hábiles tejedores en Cerdeña, recogido bajo un alto risco, a cortar, en una tela ancha y larga, tiras que se anudarían para formar una larga cinta azul que, entre todos, permitiría unir todas las casas y, saliendo del recinto urbano, dirigirse hacia la montaña, ubicada a unos diez quilómetros, para rodearla y regresar a la comunidad. Esta acción, titulada Unirse a la montaña, que simbolizaba y reforzaba las relaciones entre casas, vecinos y el entorno –la montaña, como una enhiesta esfinge, vigila y defiende severamente el pueblo-, expresa bien los sentimientos de pertenencia a un lugar donde los humanos se sienten bien recibidos, acogidos. 
La ciudad, urbs en latín, es un conjunto de perenes construcciones, pero es también, o sobre todo, una civitas, es decir una comunidad de ciudadanos bien relacionados entre sí, un tejido de relaciones humanas. En griego, polis –de ahí, nuestra moderna metrópolis, un hormiguero humano- no era la ciudad de piedra, sino de carne o de espíritus: el conjunto de los habitantes que constituían el corazón de la urbe, y que la defendían. La ciudad es ante todo sus ciudadanos. Las ciudades abandonadas, en las que no vive ni un alma, son ciudades irremediablemente muertas, ya no son ciudades. Una ciudad devastada se reconstruye, incluso con las casas aún derruidas, cuando los vecinos supervivientes aceptan volver a vivir en común y reconstruyen relaciones rotas.
La ciudad se constituye así como un lugar de acogida, la meta de una vida errante, lo que da sentido al curso de la vida. En el Antiguo Testamento, tan poco favorable a la vida urbana (recordemos la diatribas en contra de grandes ciudades terrenales como Babilonia; recordemos también que la primera ciudad fue construida por el primer fratricida, Caín), existían las ciudades de acogida, determinadas por Yahvé, en las que los desterrados, los condenados injustamente en otras urbes, los perseguidos de todo el orbe podían hallar un refugio seguro de por vida –siempre que no la abandonaran. La ciudad-refugio era su salvación, como sigue siéndolo para tantos emigrantes que huyen de la miseria y la violencia:

“Habló Jehová a Josué, diciendo:
Habla a los hijos de Israel y diles: Señalaos las ciudades de refugio, de las cuales yo os hablé por medio de Moisés, para que se acoja allí el homicida que matare a alguno por accidente y no a sabiendas; y os servirán de refugio contra el vengador de la sangre. Y el que se acogiere a alguna de aquellas ciudades, se presentará a la puerta de la ciudad, y expondrá sus razones en oídos de los ancianos de aquella ciudad; y ellos le recibirán consigo dentro de la ciudad, y le darán lugar para que habite con ellos. Si el vengador de la sangre le siguiere, no entregarán en su mano al homicida, por cuanto hirió a su prójimo por accidente, y no tuvo con él ninguna enemistad antes. Y quedará en aquella ciudad hasta que comparezca en juicio delante de la congregación, y hasta la muerte del que fuere sumo sacerdote en aquel tiempo; entonces el homicida podrá volver a su ciudad y a su casa y a la ciudad de donde huyó.
Entonces señalaron a Cedes en Galilea, en el monte de Neftalí, Siquem en el monte de Efraín, y Quiriat-arba (que es Hebrón) en el monte de Judá. Y al otro lado del Jordán al oriente de Jericó, señalaron a Beser en el desierto, en la llanura de la tribu de Rubén, Ramot en Galaad de la tribu de Gad, y Golán en Basán de la tribu de Manasés.
Estas fueron las ciudades señaladas para todos los hijos de Israel, y para el extranjero que morase entre ellos, para que se acogiese a ellas cualquiera que hiriese a alguno por accidente, a fin de que no muriese por mano del vengador de la sangre, hasta que compareciese delante de la congregación.”  (Josué, 20)

 La ciudad cerrada: los excluidos

La noción de inclusión apela inevitablemente a la de su antónimo: la exclusión. Incluir deriva del verbo latino claudere: encerrar (bajo siete llaves: clavis, llave, y claudere tienen el mismo origen); excluir significa, en cambio, liberar del encierro, dejando, sin embargo a la deriva, expuesto a todos los peligros; la inclusión encarcela pero protege. La misma noción de ciudadanía ateniense no solo dejaba de lado a una parte importante de la población, sino que el enraizamiento que está en la base del título de ciudadano conlleva, ayer y hoy, la negación de los derechos de quienes no forman parte de familias cuyos antepasados, por el contrario, han nacido directamente de la tierra desde la noche de los tiempos. La familia apela a la sangre -a la mafia. Así, la noción de autoctonía (palabra que literalmente significa generado por las profundidades y que está en la raíz de los modernos nacionalismos excluyentes), propia de ciudades griegas antiguas como Atenas, se sustentaba en la creencia que los primeros habitantes de dicha ciudad –sus primeros reyes como Erecteo y Erictonio, nombres que incluyen el término cthonios o profundidad (de cthoon o cthonos: tierra) en su composición, seres híbridos, mitad humanos, mitad serpientes- habían brotado del subsuelo, de las entrañas de la ciudad, y que solo aquellos cuyas raíces se remontaban a los orígenes de la urbe podían ser considerados y aceptados como miembros a parte entera de la colectividad. Palabras como raíz, origen, tierra, patria, que pueden revelar una cara siniestra, definen lo que son también los incluidos: seres que rechazan violentamente al otro que no puede sino estar de paso porque no tiene un anclaje, una razón de ser y estar en la ciudad. No tiene asiento o cabida en ella.
Pocos eran los llamados en la ciudad antigua mediterránea. Amén de las mujeres, los niños, los esclavos y los foráneos -incluso si se llamaban Aristóteles, macedonio en Atenas y, por tanto, carente del derecho a la ciudadanía-, los deficientes físicos y mentales, y las mujeres ancianas, reducidas a la mendicidad cuando perdían su familia (no existían servicios asistenciales), no tenían cabida en la ciudad.
Así, las estatuillas helenísticas y romanas, en terracota o en bronce, de seres deformes (por enfermedades, la edad, o la burla), naturalistas o caricaturescas, enmascaradas (efigies de actores satíricos) o a cara limpia –no siempre expuestas en los museos por la extrañeza que suscitan-, no suelen casar con la imagen carismática del héroe griego. No se sabe si son retratos descarnados o caricaturas, si expresan compasión o cruel burla. Su función también es desconocida; quizá profiláctica o protectora, a fin de ahuyentar lo que deforma la vida, lo que permite no tomar la vida, que alumbra o acepta semejantes deformidades, excesivamente en serio, y recuerda que la condición humana es maleable, a merced de los golpes de la fortuna, de los que no siempre se sale indemne, sin marcas visibles.
La ciudad clásica, democrática o no, solo se componía de patricios con plenos derechos. Los excluidos, hoy, no son necesariamente los mismos que en la antigüedad. Los deficientes suelen o tienen que ser aceptados; ya no actúan como una imagen invertida de la nobleza y la belleza las cuáles destacaban sobremanera en los retratos reales barrocos con bufones, como los de Velázquez, cuando se las comparaba con el enanismo y la faz bestial o dejada. La mirada, cerrada, dura y cansada, de Magdalena Ventura, la mujer barbuda dando el pecho, retratada por José de Ribera a petición del Virrey de Nápoles para documentar “en magnu natura miraculum -los milagros de la naturaleza (miraculum, de mirar, significa lo que asombra, inquieta)-”, aún sobrecoge. Hoy se discute si la mujer, en algunas ciudades islámicas, está verdaderamente excluida de la vida urbana o si posee más bien su propio espacio, del que no puede salir, pero al que no pueden acceder los varones. La ciudad, empero, sigue manteniendo en los márgenes, cada vez más extensos y difusos pero que constituyen el corazón de la ciudad -una vez que los centros, convertidos en museos o escenarios temáticos, se despueblan-, a colectivos a los que no quiere o no puede integrar, que no logran o que rechazan la asimilación. Los proyectos de viviendas para colectivos en tránsito, como los gitanos, ubicadas habitualmente en la periferia, casi siempre han fracasado, acentuado la marginalidad de los excluidos.  
El centro y los barrios “altos” metropolitanos se blindan. Altos muros de hormigón vallan barrios, parten ciudades e impiden el acceso a la ciudad. La ciudad o el barrio desaparece tras el telón de hormigón: las fotografías de Anne-Mari Filaire son un recorrido por una franja continua, entre Israel y Palestina, a la que ningún obstáculo, ninguna pendiente se le resiste. La voladura intencionada del puente viejo de Mostar (Stari Most), convirtió el río torrencial Netetva que atraviesa la ciudad a través de una garganta, en un foso. Aún hoy, tras su reconstrucción, la ciudad sigue dividida. Los habitantes de los barrios enfrentados hasta hace poco, apenas se cruzan.
Un muro siempre divide. No bien se traza, establece distinciones. Las comunidades quedan a uno u otro lado. Los muros separan comunidades para evitar males mayores, males que los muros simbolizan o despiertan. El muro nos define –a qué bando pertenecemos- y nos opone a los otros, a quienes se hallan del otro lado de la barrera. La comunicación, el intercambio son imposibles. No podemos ponernos en el lugar de quienes tenemos enfrente, con quienes nos encaramos, a cara de perro. Ciudades como Nicosia, provincias como Ceuta y Melilla, países como Palestina están atravesados o rodeados por muros de hormigón o electrificados. Entre 2003 y 2016 la ciudad de Bagdad estuvo troceada en núcleos ocultos por altos muros de cemento, y las calles se habían reducido a pasos estrechos entre altos muros continuos enfrentados, por los que no se podía caminar, que debían proteger de atentados con bombas.
Hasta la flecha del tiempo se detiene, como si no hubiera futuro, como evocan los relojes de arena, llenos de hormigón triturado procedente del infranqueable muro de la vergüenza que separa Israel de Palestina, de Majd Abdel Hamid. “¿Tenemos necesidad de las sombras para acordarnos?”, pregunta Massinissa Salmani, en una serie de dibujos: sombras de quienes no pueden acceder a plena luz. El humor descarnado, exponiendo situaciones absurdas o grotescas, que desvelan la fragilidad y la inutilidad de la violencia, el miedo que destila, es quizá única salida que queda, para poner en perspectiva la vida en la ciudad, sus beneficios y sus limitaciones, y mostrar si vale la pena tratar de retornar a aquélla; así al menos Mohammed Al-Hawajri reacciona ante la violenta exclusión que sufren los ciudadanos –y quienes fueron un día ciudadanos- de Gaza, en una serie de dibujos (M43) de los que se exponen algunos con una escena de boda que podría ser casi un acontecimiento singular pero no extraño o inhabitual -si no uniera un torpe y fatuo militar con una orgullosa civil en tierra de nadie. Tan solo las dificultades para poder traerlos desde Gaza a Valencia son un testimonio del daño que los muros, construidos supuestamente para evitar enfrentamientos, suscitan en una misma comunidad. 


5.- ESPEJISMOS URBANOS

Ciudad y conflicto: la ciudad dividida

“Las ciudades se deshacen
y la tierra es una locomotora de polvo.
Sólo el poeta sabe casar este espacio.
 
No hay camino hacia mi casa: estado de asedio,
las calles son cementerios.
Desde lejos, sobre su casa,
una luna ensimismada se cuelga
en los hilos del polvo.
 
Dije: "Este es el camino a mi casa". Respondió: "No,
no pasarás", y me apuntó con el fusil...
Está bien. Tengo en todos los barrios
amigos, y todas las casas del mundo.”
(Adonis – Ali Ahmad Said-: Desiertos)

Además de la muralla exterior que circundaba la ciudad mesopotámica, los barrios de ésta –al igual que en ciudades africanas como Edo, la antigua capital del reino de Benín, pletórica entre los siglos XII y XV, hoy perdida tras haber sido arrancada de raíz por el ejército británico a finales del siglo XIX- estaban también rodeados de murallas interiores que los definían, los defendían y los segregaban. Fuera de las murallas la vida no tenía sentido. La imagen anterior no nos es ajena hoy. Como ya hemos comentado, ciudades como Bagdad han sufrido recientemente y durante años un asedio interior, partidas por una red de altos muros de hormigón para impedían cualquier relación entre vecindades.
El título de la instalación (cuyo préstamo no se ha concretado) que Marwan Rechmaoui dedica a su ciudad, Beirut, es expresivo: Beirut–Caoutchouc; se trata de un extenso mapa de la ciudad, mostrada como una mancha negra continua que se extiende en el suelo como la tinta china vertida por un tintero volcado. La instalación es una alfombra de goma, que se puede o se debe pisar, tan solo partida por los profundos cortes de las calles que la trocean –corten que fueron barreras físicas y mentales en una ciudad de barrios replegados sobre sí mismos-, como fue pisoteada la ciudad durante los quince años de la guerra civil y la subsiguiente y salvaje reconstrucción que no atendió a los restos que quedaban o que afloraban. La ciudad fue arrasada por la guerra y la ambición.
Muros y murallas delimitan, organizan pero también parten los espacios urbanos. Las guerras civiles, como las que han asolado o asolan Beirut, Sarajevo, Damasco, Mosul o Bagdad, no son las únicas causas de las barreras entre los habitantes. Los muros no siempre son físicos. Las ciudades coloniales, como Túnez o Argel anteriores a la segunda guerra mundial, estaban divididas entre la ciudad originaria, antigua -la medina-, dejada de la mano de dios por el poder colonial, y la ciudad de nueva planta, bien planificada a imagen de una ciudad moderna europea, que ignoraba aquélla. La ciudad mediterránea actual incluye –o excluye- barrios, a menudo periféricos, como el Cabañal o la Malvarrosa en Valencia, o la Mina en Barcelona, que el resto de la ciudad rechaza y en los que no se osa entrar por miedo al peligro y al qué dirán, mientras que los vecinos marginados apenas se atreven a salir de su comunidad por el estigma que sienten les marca. Éste pesa como una losa, como un balón de fútbol de cemento, imagen invertida de un balón con la que niños jugarían, como propone Khaled Jarrar, con el que es imposible que jugadores de diversos barrios actúen conjuntamente, se olviden de dónde vienen, y crean, por unas horas, en el levantamiento de impedimentos físicos y mentales. El juego es un arma poderosa contra el rechazo y el enfrentamiento. Invita a formar equipo, a actuar en equipo, y a dirimir diferencias solo en el área de juego. En ciudades aisladas, en las que nada hay qué hacer, el juego ocupa el tiempo, permite que el tiempo pase sin desesperanza. Pero cuando las barreras son demasiado altas, pesan tanto que no se pueden mover, ni siquiera el juego el posible. Sin juego, no existe vida.


“The Essence of Mediterranean”

Las ciudades aparecen a veces como un sueño (inalcanzable). En el siglo XIX, todo joven francés ambicioso que vivía en provincias –como Lucien Sorel, el protagonista de la novela El Rojo y el Negro de Stendhal- aspiraba a “subir” a la capital francesa para cumplir sus sueños. Aún hoy, la ciudad vive de la imagen ideal que proyecta, y se dota de imágenes luminosas que deslumbran. No caben proyectos públicos de mejora del espacio urbano sin grandes paneles fotográficos impresos, con frases que son augurios, anunciadores de promesas donde siempre luce el sol. Estas imágenes embellecen, pero también ocultan lo que no se debe mostrar. Ocurre, sin embargo, que las imágenes ideales no tienen cuerpo. No casan, no se amoldan a la realidad. Son decorados paradisíacos –no muy distintos de los que Paul Gauguin pintara en la Polinesia a finales del siglo XIX- tras los cuales, como observaba Platón acerca de toda imagen ilusoria, no hay nada. Despiertan ilusiones a las que no pueden dar satisfacción. Es comprensible que una ciudad devastada por una guerra civil que duró quince años, como Beirut, según nos muestra la fotógrafa Randa Mirza, quisiera rehacerse y emitiera –emita aún- imágenes de lo que sería, borrando las huellas de las guerras, en un futuro próximo, al alcance de la mano pero siempre huidizo, como toda ciudad que ha querido dar la espalda a un pasado vergonzante. El título de la serie es una declaración de intenciones: Beirutopia (Utopía, que significa literalmente lugar –topos- inexistente, era el nombre de una isla inventada por el escritor y teólogo inglés Tomas Moro en el siglo XVI, el País de Nunca Jamás): pero los sueños, que por un momento suplen la realidad, y no pueden cumplirse –porque nunca fueron proyectados para llegar a buen puerto- acaban rasgándose, desvelando su fragilidad, su falta de cuerpo, sus faltas.


La ciudad carcelaria

Albania es un país extraño. A pesar de las altas montañas, salpicadas por remotas ruinas romanas visitadas por rebaños trashumantes, las gargantas y los valles estrechos, profundos, y la costa escarpada y deshabitada –durante años, refugio de jerarcas-, Albania es una gran y desolada ciudad: Enver Hoxha, el sanguinario dictador estalinista, luego maoísta, que reinó desde la Segunda Guerra Mundial hasta finales del siglo XX, aterrorizado por el peligro de imaginarias invasiones extranjeras, mandó construir, entre los años setenta y noventa, centenares de miles de bunkers de hormigón individuales –y refugios subterráneos también usados como salas de tortura- que aun motean, como excrecencias o granos, entre las zarzas, todo el territorio, impidiendo los cultivos y la planificación ordenada, como bien evoca la artista albanesa Anila Rubiku a través de bunkers miniatura, hechos de cera –la cera es presta a incendiarse, pero también a deformarse, a licuarse como un vano sueño-, que cubren el suelo impidiendo el paso. Los refugios atómicos, en la realidad, se completaban con el cierre de las fronteras y la vigilancia y la delación atroces, amén de cárceles y celdas de castigo y de tortura. Todo el país era una ciudad carcelaria de la que no se podía huir, una situación que, en el siglo XXI se repite en países balcánicos partidos por conflictos étnicos y nacionalistas –que también rondan países como Italia o España- y en el Medio Oriente (Líbano, Territorios Ocupados, Gaza, Siria).


 La ciudad colonial

El Mediterráneo es una tierra de colonias. Pero, así como las colonias de la antigüedad minoicas, fenicias, griegas y cartaginesas, eran asentamientos portuarios fundados de nueva planta en espacios marginales, escasamente poblados, que devenían lugares de encuentro y de intercambio entre las poblaciones nativas y los escasos colonos llegados allende los mares, las modernas colonias occidentales de los siglos XIX y XX se impusieron en ciudades bien estructuradas, conquistadas y a veces severamente destruidas por los colonos vencedores, sobre todo en el norte de África y en el Medio Oriente, en gran parte después de la derrota y la partición del tan temido imperio otomano (sucesor del califato árabe), al concluir la Primera Guerra Mundial. Las ciudades doblaron. Se construyeron nuevas ciudades, para los colonos europeos, a la vera de las antiguas medinas, sin relación con éstas. El dominio colonial, la toma de las ciudades, dieron licencia para planes de urbanismo y tipos de edificios novedosos, libres de ataduras con el pasado –que, por el contrario, se respetaba en las metrópolis occidentales-, faltos de respeto con la cultura local –como si ésta no existiera o no tuviera que tenerse en cuenta- y el entorno, aunque explotaran, sin reconocerlo, formas y sistemas constructivos autóctonos. Así lo denuncia Kader Attia en una serie de “collages” y en una conocida instalación temporal –que no se ha podido presentar por las dificultades que implica su recreación-, titulada Couscous City, que reproduce, a base de sémola que se reseca y cae como polvo, construcciones tradicionales argelinas que arquitectos como Le Corbusier, según denuncia Attia, habrían copiado de Gardaya, una ciudad del desierto argelino cuyo planta y cuyo perfil, en efecto, Le Corbusier dibujó, sin mencionar sus modelos, como si hubieran sido creaciones personales suyas, sin ataduras con las formas de construir de los países colonizados. Aquellos modernos experimentos arquitectónicos y urbanísticos hoy crujen decrépitos, como muestran fotografías de Stéphane Couturier (no incluidas en la muestra): fachadas del maltrecho bloque descomunal de cincuenta mil viviendas –construido alrededor de un severo patio porticado que recuerda la arquitectura de la vuelta al orden de los años treinta-, sin relación con la aglomeración a sus pies que visualmente aplasta, bautizado, de manera involuntariamente irónica, Climats de France (Climas de Francia), en la periferia de Argel, del arquitecto francés Fernand Pouillon, perseguido por la justicia por su connivencia con constructores de moral laxa, y admirado por historiadores occidentales.
 

Club Med

“La mayor parte de aquellos seres humanos imploraban el don de la salud y la longevidad. Amenazados por el desgaste de la enfermedad y el tiempo, caminan descalzos y tozudos sobre la arena, se mojaban esperanzados y gozosos los pies en el agua del mar, cogían de las manos a sus parejas y paseaban por las aceras, conducían motorizadas sillas de ruedas. Habían traspasado el umbral de lo que los políticos y sociólogos llaman ahora la tercera edad, y se pagaban un viaje de regreso al tiempo ido, y bailaban en las pistas de las cafeterías canciones que también tendrían que haberse marchado (…), bebían cervezas y combinados con o sin alcohol, o agua mineral, o zumos naturales o de bote, y todos ellos estaban envueltos, conservados por el celofán protector del siol, por la belleza innegable de aquella luz que les quitaba el miedo de saber que había una sombra que les esperaba escondida detrás de la esquina” (Rafael Chirbes: “Benidorm”, Mediterráneos)
El hedonismo asociado al Mediterráneo, que pintores y fotógrafos, huyendo de la grisura hacia las riberas azules, promovieron a principios del siglo XX, ha devenido de un sueño la pesadilla de la ciudad de vacaciones: una muestra de ordinariez y de incultura, como exponen las por otra parte irónicas, vitales fotografías saturadas de color del británico Martin Parr. Quien recorra la costa egipcia desde Alejandría, como quien viaje por la polucionada y devastada costa mediterránea española –de la Costa Brava a la Costa del Sol, deteniéndose en la Manga del Mar Menor, un corte de mangas al urbanismo y la construcción atentos al entorno-, turca o libanesa –y, pronto, croata y albanés, si no se pone remedio, que no se pondrá sin duda-, no sabe dónde se encuentra, pues entre las filas de bloques paralelepipédicos idénticos, casi siempre desiertos, aislados los unos de los otros, incapaces de delimitar calles, en medio de un urbanismo incierto o inexistente, pierde el contacto con el entorno. La ciudad de vacaciones, que tantos artistas, como Martin Parr o Julia Schulz-Dornburg, han retratado, desvelando sus grotescas alegrías y miserias, y la codicia que las ha levantado y hundido, se erige como la imagen invertida de la ciudad mediterránea. Se trata de un “lugar” donde olvidarse de quien se es, un lugar para perderse, de perdición, donde perder los referentes, un lugar sin referencias, indiferente al lugar, un escenario intercambiable, que buscar ser lo que no es y evocar lugares inexistentes o soñados, donde el tiempo no pasa, que crece como la gangrena, salvo que la crisis de los “valores” ponga coto a la destrucción del emplazamiento y al destierro de los modos de vida adaptados al lugar y los tiempos. Ciudades ilegales o inmorales, temporales también, como los campamentos de tiendas y caravanas en terrenos públicos y protegidos de la región meridional de la Camarga francesa sobre los que no se puede construir, que, hasta hace poco, se montaban y se desmontaban (un sueño de libertad –elegido o forzado por la incapacidad de llegar hasta las ciudades de vacaciones organizadas-, a veces, consolidado como si fuera una caricatura –o un espejo apenas deformado- de ciudad, que dejaba un reguero de basura y de recuerdos), como los que muestra el fotógrafo francés Vasantha Yogananthan.


Tierras baldías (la ciudad sin atributos)

“Son calles afeitadas a navaja,
Son noches desdentadas a codazos,
Son aves que devoran sus regazos,
Son cielos que la envidia descerraja.

Son cielos transmutados en retazo,
Son aves que resguardan la mortaja,
Son noches de la clase mediabaja
Son calles que estrangulan con abrazos.

Hay un burdel en todos los riñones.
Hay un tugurio en todas las cabezas.
Un arrabal en todos los pulmones.

Llegó el hastío, no llegó el asombro.
Llagó el calor, no regaló impurezas.
Muere la turba. No desprende escombro.”
(David Leo García: “Arrabal”, Urbi et orbi) 

Ya no cabe hablar del Mediterráneo. El imaginario luminoso y mesurado, verdadero o ilusorio, ha quebrado. La tierra y las construcciones se han convertido en páramos indiferentes donde la naturaleza y la honda y perenne herida causada por el hombre, las construcciones y los deshechos, la tierra removida y el hormigón, la falta de perspectivas y las obras inacabadas hasta el horizonte, se conjugan para componer un paisaje desolado y sin atributos, donde campea la falta de urbanidad. La ciudad expulsa hacia la periferia, donde también construye polígonos, los equipamientos que no quiere ver: “una incineradora de basuras que arroja nubes de ceniza, una depuradora que acumula la contaminación del río y una central termoeléctrica que chisporrotea”, enuncia el escritor Pérez de Andújar cuando describe la ciudad dormitorio de San Adrián del Besós, en la ribera sureña del río Besós –el río más contaminado de Europa hasta finales del siglo XX-, cabe Barcelona. La palabra que nombra a esos lugares marginales es explícita: extrarradio, un espacio fuera del radio, descentrado, sin conexión con el centro, abandonado a su suerte, ajena a cualquier regulación –ya que no llega- que pudiera centrar lo que allí se dispone.
La ciudad es una muestra de ordenamiento, del cuidado o las formas cómo se trata a la naturaleza; la periferia, los polígonos, las granjas descontroladas, las urbanizaciones, las “ciudades nuevas”, las colonias (como los asentamientos invasores de Israel, ubicados en las altozanos en tierras palestinas, verdaderas fortalezas que temen, en verdad, el lugar donde se ubican, construcciones, en medio de tierras removidas, alzadas, que quizá no puedan aquietarse, retratadas por el israelí Efrat Shvily), en cambio, son muestras de malcriamiento, incultura (como bien evocan las almerienses Tierras Baldías de la británica Corinne Silva), despegue y desinterés por la tierra y su historia, y derrumbe moral: construcciones sin valores.
Aunque, a veces, la desolación seduce y se encuentra un extraño placer y acaso belleza, como evocan las fotografías de la periferia de Barcelona, del francés Jean-Marc Bustamante, uno de los primeros que desveló la posible atracción de la tierra sin atributos –desde donde se descubre, a lo lejos, la ciudad, y se perciben sus ecos, cómo resuenan en las tierras que no están urbanizadas pero ya no son “vírgenes”, entre naturaleza y cultura, en tierra de nadie, quizá una tierra prometida (a un futuro mejor).

“Qué es ese sonido que surca el aire
Murmullo de lamento maternal
Quiénes las hordas embozadas que pululan
Por llanuras sin fin, tropezando en las grietas,
Cercadas solo por el horizonte
Qué ciudad es ésa tras la montaña que se
Agrieta, reforma y estalla en el aire violeta
Torres que se derrumban
Jerusalén Atenas Alejandría
(…)
Irreal”
(T.S. Eliot: La tierra baldía)     


6.- EL RETORNO DE ULISES

“Como cuando la tierra aparece deseable a los ojos de los que nadan (a los que Poseidón ha destruido la bien construida nave en el ponto (…) pocos han conseguido escapar del canoso mar (…) y consiguen llegar a tierra bienvenidos, después de huir de las desgracias), así de bienvenido era Ulises para su esposa Penélope…” (Homero: Odisea, canto XXIII y final)

El viaje por el tiempo y el espacio mediterráneos llega a su fin. Lo que se descubre no invita a la esperanza: un mar de agujas intransitable –aunque atractivo a primera vista-, según la imagen de la instalación de la española Anna Marín.  Y, sin embargo, recordamos que, en Palestina, hace unos pocos años, para sorpresa e incredulidad nuestras, jóvenes afirmaban con determinación mirar con confianza al futuro, más allá de los obstáculos de las colonias que se alzaban como fortalezas inalcanzables sobre sus cabezas, a las que no veían o no querían ver, como si con su mirada que no bajaba las redujeran a un espejismo.
Y, entre una junta del imponente muro de hormigón que separa Israel de los Territorios Ocupados, se cuela, desde el otro lado, una rama cabezota que florece, como muestra, en una imagen cruel y esperanzadora, una fotografía de Khaled Jarrar.
Como si no tuviera sentido darse golpes contra la pared. En Damasco, jóvenes bailan al son de la canción El Muro de Pink Floyd (en un cortometraje en video del colectivo anónimo de cineastas sirio Abouddanara que documenta la vida -que es vida aunque parezca que no pueda ser-, en ciudades sirias asediadas, bombardeadas), como si éste no existiera, el tiempo de una noche (la proyección de este viídeo ha sido prohibida por el colectivo a última hora, y se ha respetado su decisión. Dicho vídeo se puede contemplar libre y legalmente en Vimeo). 
Quizá se halle siempre un resquicio…

“¡Adiós, rompientes y playas
Del aire, densa marea
Donde y el sol alborea,
Trueno que ya no estallas…!
En los espacios benignos
Están izados los signos
De la paz restablecida,
Y alzando vientos y voces
-¡vencida, lluvia, vencida!-
Zarpan las nubes veloces.”
(Jaime Gil de Biedma)

No hay comentarios:

Publicar un comentario