miércoles, 25 de marzo de 2020

Ante la pantalla

La universidad se ha cerrado.
Las clases ya no tienen lugar.
La pantalla las sustituye.

Cuando daba clase -ya recurro al pasado-, subía a una tarima, larga y baja. La pizarra, con la tiza y la esponja, a mis espaldas; cerca de la puerta de acceso, colgando sobre la pizarra, una pantalla enrollable, sobre la que se proyectaban las imágenes que escogía desde un ordenador fijo situado sobre una pequeña mesa de despacho, con un sillón de madera, ubicado en un extremo de la tarima, cerca de la estrecha ventana por el que se filtra la luz, aunque apenas permite ventilar la sala.
La tarima es un escenario; separa el espacio del profesor del que ocupan los estudiantes, sentados, en filas prietas, en sillas de planchas curvadas de contrachapado sobre una estructura metálica, y un apoyabrazos, a la derecha -los zurdos lo tienen mal para tomar notas- que sostiene una tableta plegable.
El profesor habla, de pie, ante los estudiantes. Se desplaza constantemente. Fija la mirada en unos pocos, casi siempre en las primeras filas, atento a los imperceptibles movimientos de la cabeza, de aprobación o escepticismo. También vigila que, en las primeras filas, nadie cabecee. De pronto, un brazo se alza, quizá al fondo del aula. Una pregunta, a la que podría responder otro estudiante. El tema se amplía y se matiza. El esquema lineal que se intenta seguir, punto por punto, durante las explicaciones se convierte en en un esquema arbórea. Una pregunta lleva por ramas antes no exploradas. Se vuelve al tronco principal del que una posible nueva pregunta vuelva a apartarnos, permitiendo dibujar explicaciones más complejas y, sin duda más ricas, que respondan mejor a las preguntas que una clase suscite.

La pantalla del ordenador. La clase se sustituye por un video, una filmación o retransmisión en directo o no. El profesor habla ante la pantalla, es decir habla ante su imagen captada por la diminuta cámara del ordenador. La pantalla es el aula y la pizarra, sobre la que se proyectan imágenes y filmaciones previamente escogidas, almacenadas en un archivo que se debe abrir. El profesor intenta no mirarse; pero la pantalla solo le devuelve su imagen. En un busto parlante que habla -o tartamudea porque nadie puede, con un movimiento de cabeza, animarle a vencer el obstáculo- a todos sin hablar a nadie; que habla solo, como si estuviera loco.
Si trata de gesticular, para dar énfasis a lo que cuenta, y para que la imagen de su rostro deje de ser el centro de atención, de ocupar el centro de la imagen,  debe alzar las manos a la altura de la cámara, casi por encima de la cabeza, como si bailara solo un extraño baile popular sin saber bien porqué; la cámara capta las manos en primer plano, casi borrosas, que revolotean desordenadamente como gigantescas aves de presa, como si se quisiera arrancar el ojo de la cámara.
La clase parece el ensayo de una obra de teatro, sin público, pero sin director, ya que uno es su propio director, cuyos gestos y cuyas muecas se reflejan en la pantalla. A fin de evitar que la mirada se encuentre consigo misma, uno levanta la vista, produciendo la casi ridícula imagen de un místico en trance. La mirada vuelve a enfocar, a encararse con la cámara, es decir volvería a mirarse en si misma si el brillo de la pantalla no obligara a achinar los ojos, como los ojos de un miope que anda a tientas, sin saber dónde va, ni a quien se dirige.

Y, de pronto, la imagen en la pantalla se congela, en un rictus. El programa se ha bloqueado. La grabación debe emprenderse de nuevo, esta vez, consciente de la situación tan absurda de dar clase a una máquina que, como el espejo de la madrastra, goza de cazar y de reproducir nuestras inseguridades. 

3 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Muy buenos días

      Quizá haya borrado el mensaje, pero me reí mucho también. Los "coaches" que nos acechan, como bien dice irónicamente, nos pronostican benditos tempos de introspección, de meditación -y por tanto de descubrimiento, de revelación personal- gracias al aislamientos. Seguro. Pero la meditación efectiva es voluntaria, no impuesta. Y la meditación es esclarecedora si e puede, tras el descubrimiento, compartir lo hallado a través del encuentro, del contacto directo -y, a ser posible, sin "coach", que tanto se aprovechan de nuestro desconcierto-.
      ¡Muchas gracias por un poco de humor!

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