La traducción al alemán del Nuevo Testamento que llevó a cabo Lutero se acompañaba de grabados de Lucas Cranach. Entre éstos, imágenes de Babilonia, simbolizada por un monstruo cabalgado por una mujer con una tiara papel, y designada como una prostituta, que ilustraban el texto del Apocalipsis atribuido al apóstol Juan.
Vistas de Babilonia y de su edificio más representativo: la mítica torre de Babel (inspirada en el zigurat del templo del dios principal babilónico: Marduk).
La torre de Babel seguía lastrada por los cualidades funestas que el antiguo testamento le otorgaba: un símbolo de la soberbia humana y, por tanto, de su impiedad.
Mas, en las tierras protestantes, la torre de Babel asumió un nuevo papel simbólico: su valor denostado era el mismo que el que se otorgaba la Roma papal. La católica Roma era la nueva Babilonia, la nueva ciudad rastrera, vendida y entregada al mal.
El catolicismo replicó a esta visión siniestra luterana de la torre de Babel. La torre troncocónica, compuesta a partir de una espiral, con la que Boromini coronó la cúpula de la iglesia de San Ivo de la Sabiduría, evocaba las aspiraciones de la humanidad y su deseo de ir más allá de las limitaciones terrenales. Babel invitaba a mirar al cielo.
Este cambio de valoración, del vicio a la virtud, de la torre de Babel, acontecida en tierras católicas opuestas al luteranismo, llegó, sorprendentemente al corazón del protestantismo.
Esta nueva calificación de un símbolo gráfico que había llegado a simbolizar la gran ramera, como se decía, se hizo visible en lo alto del campanario de la Iglesia barroca de Nuestro Salvador, en Copenhague , del arquitecto danés Lauritz de Thurah, quien se inspiró precisamente en Borromini.
Un campanario que recuerda imágenes medievales de Babel, así como el minarete de Samarra -inspirado en un zigurat mesopotámico. La altura y esbeltez del campanario recorrido, en su tramo final, por una escalera exterior en forma de espiral, se percibe visiblemente desde lejos, y trastoca la concepción negativa de la torre de Babel. El altísimo campanario domina toda la ciudad de Copenhague, y la protege, en uno de los giros simbólicos más sorprendentes -y bienvenidos, toda vez que libera el lastre asignado a Oriente por las culturas occidentales - de la historia del arte.




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