Volúmenes geométricos, propios del vocabulario arquitectónico (cilindros, paralelepípedos), de pie, se desplazan por el escenario (movidos desde el interior): se acercan, se retiran, componen figuras, siempre transitorias, como bloques que se confundieran con sus ocupantes, revelando que la velocidad que ya azotaba la ciudad moderna al final de los años 50, en Brasil, al menos, se contagiaba y acababa por poner en danza los emblemas de la estabilidad y el arraigo: la propia arquitectura.
El arte abstracto puesto en escena, capaz de evocar lo que más se opone a la inmutabilidad de los volúmenes geométricos: la transitoriedad, y la evidente sensación que todos los entes que pueblan y constituyen nuestro mundo están de paso. Nada perdurable cuenta. Un mundo en constante evolución.
La obre cumbre de la artista brasileña Lygia Pape, junto con el libro de artista citado en un texto inmediatamente anterior.
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