viernes, 29 de mayo de 2026

HILMA AF KLINT (1862-1944) Y LA MITOLOGÍA MESOPOTÁMICA


















 
La pintora luterana sueca, Hilda af Klint, se dedicaba, a principios del siglo XX, al ocultismo y pintaba lo que “espíritus” le dictaban u ordenaban. Formó parte de varias sectas.
Su obra se compuso a partir de formas geométricas usuales en el espiritismo: círculos concéntricos, triángulos, rayos, cruces, con los que plasmar las “verdades” superiores que los poderes ocultos le transmitían. 
Hilda af Klint no era una echadora de cartas dedicada a esquilmar a incautos que pretendían conocer el porvenir. Por otra parte, siguió estudios de bellas artes.

Su obra, descubierta, por indicación suya, veinte años después de su muerte, ha sorprendido, y sus pinturas, que mezclan elementos naturalistas y geométricos -pinturas religiosas, según afirmaba, guías gráficas espirituales- han sido calificadas de abstractas, las primeras obras abstractas, toda vez que artistas voluntariamente abstractos, pocos años más tarde, como Kandinsky, y el primer Mondrian, también quedaron prendados de espiritismo y quisieron reflejar lo que dichas voces les inculcaban, formas que no se podían ver en condiciones normales.
Posiblemente se haya magnificado la obra de Hilma af Klint, pero sobresale un motivo -pintado como una trémula aparición de un espectro: la lucha de San Jorge y el dragón, semejante a que sostenía el Arcángel Miguel y el demonio en forma de bestia y, en último término, el enfrentamiento entre el dios mesopotámico Ninurta y una divinidad en forma de serpiente, un motivo tradicional  que expresa la oposición entre la luz y las tinieblas, finalmente derrotadas, una victoria de la luz que, ciertamente, casa mal con la creencia en el ocultismo.

La lucha entre la luz y la noche es un motivo recurrente en los orígenes míticos de la arquitectura, percibida como la domesticación del mundo y el triunfo del orden -que la planificación urbana acarrea- sobre el caos -la selva-, pese a que, en algunas culturas del próximo oriente y romana, en los inicios, érase un paraíso que la irrupción del ser humano, y su voluntad de dominación, trastocó, destruyó.

Una exposición sobre el arte religioso de esta artista, hoy, en París, pone en evidencia las obsesiones -y la capacidad de trabajo y compositiva- de esta artista singular, marcada más por la pintura medieval que por el arte moderno de principios del siglo xx, una influencia que, paradójicamente, la ha propulsado a la cabeza de los pintores vanguardistas.
De nuevo, mirando hacia  atrás es como, posiblemente, se avanza con más seguridad y certeza.

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