sábado, 27 de junio de 2026

Congreso mundial de la arquitectura (Barcelona, 2026)

 

 

 


 

 A HOMBROS DE LOS GIGANTES

Standing on the Shoulders of Giants


Octubre-diciembre de 2023

 

 RESUMEN

 

“El saber hidrata y alimenta (…) ¿Cuál es la esperanza del estudio? ¿Qué bien se pretende? Nada más que un poco más de cerebro. La verdad es que este poco más es más delicioso que el mucho más de todos los demás”

(Rabelais: La vida inestimable del gigante Gargantua)

 

Standing on the Shoulders of Giants es una propuesta, basada en una frase, una noción ya conocida en Roma, enunciada en la Edad Media y dada a conocer por Newton refiriéndose a su relación con Descartes, que le precedía.

Según esta visión de la relación entre culturas y generaciones, las lecciones del pasado, positivas o no, son siempre útiles y necesarias, pues nos permiten abordar, con la experiencia transmitida por quienes vivieron situaciones parecidas y trataron, con éxito o no, de enfrentarse a los problemas, sin enfrentarse entre sí, soluciones a los retos del futuro, hayan sido los obstáculos, las crisis, las desavenencias con el mundo, naturales o levantadas por nuestra mano o nuestro empecinamiento. La propuesta no valora la bondad de las soluciones del pasado, sino la bondad de las actitudes, decididas a intentar hallar y probar remedios que calmen los males que afectan a las comunidades, sus relaciones internas y con el mundo, conscientes que tienen que legar un mundo y un imaginario asumible por las generaciones futuras a fin que puedan seguir viviendo, produciendo y disfrutando del complejo mundo de las ilusiones que recibimos y nos forjamos.

Al contrario que algunas culturas, antiguas o no, que trataron que solventar graves problemas de convivencia interna, y con el mundo terrenal y sobrenatural, mediante la huida o la guerra, apoderándose de los bienes de otras culturas a las que se sometía o se destruía -ejemplos recientes incluso pueden hallarse-,  podemos hallar, en todo el mundo ejemplos de culturas o civilizaciones que tuvieran conciencia que el fin estaba próximo, tras las grietas entre las comunidades y el mundo -fueran los que fueran los causantes, y que buscaron, en una actitud serena, meditada, y nada entregada a la desesperación o la huida hacia adelante, soluciones que pudieran, siquiera tan solo mitigar, los daños intuidos como inevitables y próximos. El lento colapso, logradamente postergado durante al menos dos siglos, del mundo Maya, es el ejemplo más conocido, estudiado y citado. No es el único, empero. El imperio Maya se enfrentaba a un cambio climático natural, pero también a los problemas del cultivo del maíz -que requiere la existencia de agua abundante que vino a faltar-, un monocultivo marcado ideológicamente, puesto que los seres humanos fueron creados por los gemelos divinos, hijos del dios del maíz, que se sacrificaba y ofrecía su carne amarillenta para el modelado de los humanos. Los Mayas resistieron la tentación de conquistas ajenas, asumieron el reto y buscaron soluciones -relativamente exitosas durante dos siglos- que permitieran la supervivencia -sin dañar a otras culturas. Ejemplos parecidos, culturas antiguas en África, Sud y Norteamérica, el próximo Oriente, Extremo oriente,  Oceanía e incluso en el Polo Norte nos lo proporcionan y nos ilustran sobre los valores, las categorías perseguidos o alcanzados por acciones que buscaron el bien en detrimento del beneficio, sobre las cualidades de los gestos cuidadosos, cuyos fines residían en su necesidad imperativa sin aguardar nada a cambio, salvo una sensación de haber obrado bien, y de haber brindado el bien a las comunidades.

¿Gestos ideales, idealistas, ensoñaciones, ilusiones? Estar a buenas con uno mismo, sabiendo que se obra bien porque se tiene que obrar de este modo, sin esperar nada a cambio, salvo la conciencia que se ha obrado como se espera que otros obraran, a fin de preservar la historia, los recuerdos y los valores, es, nos parece, una manera de enfrentarse al abandono, el desengaño o el cinismo.

Este tema, que centra el congreso propiamente académico (conferencias, ponencias, comunicaciones, diálogos, seminarios y talleres, así como los concursos y las actividades propuestas a los estudiantes), en verdad, es un motivo que interpretan las actividades propuestas, como si un tema musical se tratara, una frase de la que se ofrecen múltiples variaciones a través de las acciones emprendidas.

El mundo otro, anhelado, que nos ofrece una imagen a la vez crítica de nuestro mundo, nuestras actitudes, gestos y creencias, y una imagen de lo que podría ser y en la que nos podríamos proyectar, es el mundo del teatro, un espacio acotado, ritualizado, en el que los gestos y las palabras cuentan, tienen peso y consecuencias, donde cada movimiento, cada soplo es un soplo de aire fresco que expone y disuelve miedos y recelos que nos embargan en el mundo situado de este lado de la cuarta pared.

Éste es el mundo, los espacios que escogemos como lugares para las actividades académicas. Un espacio donde mirarse para descubrirnos y descubrir qué hacemos, en qué nos equivocamos, y qué actitudes y gestos deberían ser cultivados.

Todo mundo que se agota requiere una vuelta a los inicios, desde donde volver a existir, conscientes del imperio del tiempo. Los inicios, en espacios incontaminados por el tiempo, ubicados en un tiempo antes del tiempo, donde morar y reflexionar sobre lo qué hacer. Es el espacio de la Edad de oro greco-latino, del Paradeisos persa, del Edén bíblico, Las aguas primordiales del Próximo Oriente, el Qi en China, el lugar de las ceibas en el mundo maya, la isla de la flor de loto, en Egipto. Y estos lugares primigenios, aun no afectados por la acción humana, solían ser espacios acotados, jardines o vergeles, lugares que se degradaban pero que se trataba, con éxito, de restaurar para la vuelta a unos inicios tras la decadencia final.

Las fiestas son rituales para recuperarse, recuperar valores y la confianza en el mundo. Los jardines son estos lugares propicios.

Las fiestas tendrán lugar en jardines y en bosques -donde moran faunos, sátiros y el dios Pan, el dios de los inicios que resume en su figura a todos los dioses.

Frente a la naturaleza inmaculada, los humanos conocemos a una construcción soñada, casi inalcanzable, a cuyas puertas solo se llega a través de un largo viaje exterior e interior, un ejercicio de interiorización, un viaje por nosotros, enfrentándonos, con éxito a nuestros miedos, nuestras limitaciones, nuestros prejuicios. Este viaje ensimismado nos lleva ante el Castillo Interior, una proyección de los castillos celestiales por la que las almas transitan, y en los que se reposan, en su vuelo hacia el origen de la Luz. Los castillos son, al igual que los jardines, espacios ideales, que actúan como modelos de nuestras construcciones, de nuestra manera de edificarnos.

¿Qué lugar, si lugar existe fuera de nuestra imaginación, en Barcelona existe que acoja la aparente triada imposible de teatros (y museos donde manifestar, exponer y exteriorizar nuestra visión crítica del mundo, de nuestras acciones, de nosotros mismos y nuestro claro y oscuro mundo interior que tanto resuena en nuestra relación intersubjetiva y con el mundo), jardines y castillos elevados? La respuesta es casi demasiado obvia: la montaña de Montjuic, el lugar dónde se asentaron, en el Neolítico o en la Edad de Bronce, los primeros habitantes de lo que, milenios más tarde, sería un primer asentamiento púnico o romano.

Todas las actividades, académicas, festivas o ritualísticas y expositivas, tendrán lugar en esta singular acrópolis o montaña mágica, de fácil acceso, precedida por pórticos de acceso desde diversos puntos, y ubicada, cada vez más, debido a la extensión e la ciudad baja o profana, en el centro de la urbe. Una montaña lentamente aceptada por la ciudad como un espacio ideal de reflexión, diversión y encuentro, que se propone como un espacio casi soñado para una serie de actividades que permitirán reflexionar sobre nuestro lugar actual en el mundo y las consecuencias de nuestras acciones, los valores que las caracterizan, y las nuevas actitudes, tras la reflexión, la travesía de cuarenta días por el desierto, y la recuperación de valores en desuso en tiempos aún cercanos, que deberían regir nuestro habitar en el mundo.    

 

 PRÓLOGO

 Los niños son pequeños, sobre todo cuando son unos pequeños. O eso nos parece, al menos. Pero los niños pequeños son gigantes. El mundo en el que reinan está poblado de seres diminutos con los que juegan y, cuando se cansan, abandonan o dejan caer con indiferencia, aunque se rompan: soldados de plomo, muñecos, peluches, coches y trenes miniatura, casas de muñeca. Los niños pequeños se sienten los reyes del mundo. Así les llaman, con cariño o temor, sus padres. Un mundo del que los adultos estamos excluidos.

Porque, en verdad, nosotros somos los pequeños. A medida que crecemos, paradójicamente, empequeñecemos. Las casas crecen, devienen bloques amenazantes, rascacielos les llamamos incluso, un poco presuntuosamente, levantando la mirada al cielo sin poder otear la cumbre, los muñecos se convierten en altivas estatuas de bronce que nos desdeñan, mirando a lo lejos, sin ni siquiera fijarse en nosotros por el rabillo del ojo, erguidas en lo alto de peanas cuyo techo no podemos siquiera rozar con los dedos, y las calles se ensanchan tanto que debemos correr, si podemos, para tratar de cruzarlas a tiempo. Los problemas crecen, las preocupaciones se vuelven muros insuperables, y nos vamos reduciendo inexorablemente hasta que un día desaparecemos, y los demás ya no pueden vernos nunca más.

Los gigantes son niños pequeños porque el mundo está a sus pies, presto a jugar con ellos. Quién pudiera volver a ser un gigante.

Eso es lo que congreso nos permitirá; durante cinco días, creer que esto es posible, suspender el tiempo y volver a soñar, pensando que podremos afrontar el mundo con la despreocupación de un niño, un niño grande.

 

PRESENTACIÓN

De pronto se frotó los ojos, atónito, y miró con atención.

     Realmente era una visión maravillosa. En un extremo del jardín había un árbol casi cubierto de flores blancas.      Sus ramas eran todas de oro y colgaban de ellas frutos de plata; bajo el árbol aquél estaba el pequeñuelo a quien quería tanto.

     El gigante se precipitó por las escaleras lleno de alegría y entró en el jardín. Corrió por el césped y se acercó al niño. Y cuando estuvo junto a él, su cara enrojeció de cólera y exclamó:

     -¿Quién se ha atrevido a herirte?

     En las palmas de la mano del niño y en sus piececitos veíanse las señales sangrientas de dos clavos.

     -¿Quién se ha atrevido a herirte? -gritó el gigante- Dímelo. Iré a coger mi espada y le mataré.

     -No -respondió el niño-, éstas son las heridas del Amor.

     -¿Y quién es ése? -dijo el gigante.

     Un temor respetuoso le invadió, haciéndole caer de rodillas ante el pequeñuelo.

     Y el niño sonrió al gigante y le dijo:

     -Me dejaste jugar una vez en tu jardín. Hoy vendrás conmigo a mi jardín, que es el Paraíso.

     Y cuando llegaron los niños aquella tarde encontraron al gigante tendido, muerto, bajo el árbol, todo cubierto de flores blancas.” (Oscar Wilde: El gigante egoísta)

 

 

“Cuando el orbe animado de un alieno fecundo

 Engendraba sin pausa criaturas monstruosas,

Pude ser compañero de una joven giganta,

Como un gato sensual a los pies de una reina.

 

Ver su cuerpo a la vez madurar con el alma

Y crecer libremente entre juegos terribles,

Acechando si oculta un amor oscurísimo 

Bajo la húmeda niebla que enmascara sus ojos.

 

Prodigar mis caricias a sus formas ciclópeas,

Escalar la ladera de sus grandes rodillas,

Y en verano, cuando huye de los tórridos soles,

 

Y cansada se tiende sobre un lecho de campos,

A la sombra dormir de sus pechos, confiado,

Como al pie de los montes una aldea tranquila”

(Charles Baudelaire: “La giganta”, Las flores del mal, XIX)

 

 

“Si me diese siquiera el tiempo suficiente para realizar mi obra, lo primero que haría sería describir en ella a los hombres ocupando un lugar sumamente grande (aunque para ello hubieran de parecer seres monstruosos), comparado con el muy restringido que se les asigna en el espacio, un lugar, por el contrario, prolongado sin límite en el Tiempo, puesto que, como gigantes sumergidos en los años, lindan simultáneamente con épocas tan distantes, entre las cuales vinieron a situarse tantos días. “ (Marcel Proust: “El tiempo recobrado”, A la búsqueda del tiempo perdido, VII)

 

 

“Nanos gigantum umeris incidentes” (Bernardo de Chartres)

 

 

«Bernardo de Chartres decía que somos como enanos sobre los hombros de los gigantes. Si vemos más cosas y más lejanas que ellos, no es debido a la agudeza de nuestra vista, ni a nuestro tamaño, es debido a que estamos elevados por ellos.”

(Juan de Salisbury: Metalogicon, II, 4)

 

“Pero de pronto, fue como si Odette entrara, y esa aparición le dolió tanto, que tuvo que llevarse la mano al corazón. Es que el violín había subido a unas notas altas y se quedaba en ellas esperando, con una espera que se prolongaba sin que él dejara de sostener las notas, exaltado por la esperanza de ver ya acercarse al objeto de su espera, esforzándose desesperadamente para durar hasta que llegara, para acogerlo  antes de expirar, para ofrecerle el camino abierto un momento más con sus fuerzas postreras, de modo que pudiera pasar, igual que se sostiene una puerta que se va a caer. Y antes de que Swann tuviera tiempo de comprender y de decirse que era la frase de la sonata de Vinteuil y que no había que escuchar, todos los recuerdos del tiempo en que Odette estaba enamorada de él, que hasta aquel día lograra mantener invisibles en lo más hondo de su ser, engañados por aquel brusco rayo del tiempo del amor y creyéndose que había tornado, se despertaron, se remontaron de un vuelo, cantándole locamente, sin compasión para su infortunio de entonces, las olvidadas letrillas de la felicidad” (Marcel Proust: Por el lado de Swann, A la búsqueda del tiempo perdido, I).

 

 

 Los gigantes son dioses o hijos de dioses. Existieron en un tiempo antes del tiempo, antes del tiempo, antes de los humanos, nosotros, y constituyeron el mundo en que vivimos. Lo crearon y lo confortaron. Y desaparecieron. Mas, su obra y sus saberes no se dilapidaron ni se perdieron. No siempre acertaron. Pero siempre quisieron sostener el mundo. Los gigantes podían ser brutos, bruscos o tercos. Carecían del don de la diplomacia y de la duplicidad. Reaccionaban, a veces violentamente. O se retiraban malhumorados, amargados, desengañados, y decidían vivir sin contacto alguno con el presente.

Pero los gigantes siguieron aquí. Cristóbal era un gigante. Se llamaba El Reprobado. Su figura inspiraba temor. Viendo los efectos devastadores que causaba su presencia, se recluyó en una cabaña en un bosque. Una noche, un niño desvalido apareció ante el umbral. Le pidió si podía ayudarle a cruzar el río, inopinadamente crecido. Cristóbal lo subió a hombros, y se dentro en las aguas. Pero notó cómo el peso que portaba cargaba cada vez más, al mismo tiempo que el nivel de las aguas, que se henchían, ascendía. Al llegar exhausto a la otra orilla, y sentarse, comentó con el niño el extraño fenómeno. Era como si el mundo entero hubiera descansado sobre él. No solo el mundo, replicó el niño, sino también a quien lo creó. Mas, por más que el niño fuere el Creador, no hubiera podido alcanzar la orilla sin un porteador, a quien rogó que plantara su bastón ante la puerta de la cabaña. Al día siguiente, un árbol frondoso protegía la casa con su amplia y tupida copa.

 

Según Juan de Salisbury, los gigantes nos han elevado. La elevación es física: nos alzan para que veamos más, pero también nos elevan mental o espiritualmente, educándonos, formándonos. Si podemos encarar las dificultades, no es porque somos más perspicaces, sino porque partimos de los saberes, estudios, pruebas, aciertos y fracasos de quienes nos han formado.

Los gigantes, los sabios del pasado no son insuperables. De hecho, no pretenden ni quieren serlo. Sus conocimientos pueden ser completados, mejorados. Son una base sólida para afrontar las incertidumbres de la vida, temores, angustias y misterios. Brindan su apoyo e inspiran confianza. Nos hacen sentir que no estamos solos; nos hacen compañía, Es cierto que no tuvieron necesariamente que enfrentarse al reto de los mismos obstáculos que se alzan y con los que nos topamos. Pero nos enseñan a miran más lejos y más alto, y a entender que el reto es ineludible y que la prueba debe ser afrontada incluso si es insuperable. No podemos quedarnos con los brazos caídos, retirarnos, dar media vuelta, o tratar de no mirar a lo que cruza el camino. Aportan conocimientos y una actitud ante un reto. No lo desdeñan, niegan o hacen oídos sordos. Tampoco echan las culpas a otros ni los acallan. Buscan soluciones, acertadas o no, que no agraven problemas ni causen daños “colaterales”. Persiguen el bien, el bien común: una actitud ética que busca minimizar o impedir daños, en pos de bienes que quizá no lleguen, pero que se persiguen con ahínco y serenidad.

La violencia ciega tampoco es de recibo. Sería como darse de cabeza contra una pared. Los gigantes asumieron la resolución de problemas que, a veces, tantas veces, habían causado. El gigante egoísta, descrito por Wilde, no podía acusar al tiempo o la mala fortuna las inclemencias y la soledad que se habían abatido sobre su casa. Su mal fortunio era consecuencia de sus acciones y decisiones, de su ceguera y su violencia. Su inicial reclusión no sirvió para nada. Incrementó el mal tiempo, y su incomunicación. Solo cuando decidió asumir el riesgo de reconocer sus errores y tratar de solventarlos, el buen tiempo, tímidamente despuntó. Y un niño logró salvarse cuando el gigante, decidido a salir de sí mismo, del mundo cerrado en el que se había recluido, le ayudó, permitiendo al niño alcanzar un fruto de oro colgado de la rama más alta, quien, a su vez, agradeció al gigante sacándolo de su voluntario encierro y ascendiéndolo hacia la luz.

Los gigantes son como un alto paisaje, un fondo en el que reposarnos, antes de afrontar las dificultades. Pueden anidarnos y aportar consuelo, pero tenemos, a partir de sus ánimos, conocimientos, y ejemplos de actuación, salir a enfrentarnos sin miedo y con lucidez a las montañas que podemos incluso haber levantado (contra nosotros), sin que nos podamos escudar en castigos divinos -ante los que nada se puede hacer, salvo callarse y bajar la cabeza.       

 

Y, de pronto, fue como si los gigantes entraran…. Y nos aleccionaran a actuar, asumiendo posibles errores, buscando vías, no de escape, sino de abordaje de soluciones, en beneficio de todos.

 

Toda la propuesta gira en torno  a nuestra condición de Jano: giramos la cabeza para mirar a los que nos precedieron, y animados por su mirada y su confianza, volvemos a mirar la tarea que nos espera, para ceder, al fin, el puesto a los que vendrán, entregándoles un mundo más digno, convirtiéndonos entonces, a su vez, en los que preceden a los que vendrán y que podrán aprender, como ejemplos a tener en cuenta o a evitar, lo que hicimos y los métodos y fines que perseguimos.

El futuro no tiene que dar miedo. Un futuro que no es el horror que la noción de futuro inspiraba a los mesopotámicos -para quienes el futuro era percibido como un túnel tan negro e ignoto que carecían del tiempo verbal de futuro, y que avanzaban en el tiempo, ni mirando al futuro desconocido, sino al pasado del que trágicamente se iban alejando, como un niño raptado que arrastran lejos de sus progenitores, y hacia los que tiende desesperadamente -y sin posibilidad de retorno y redención- los brazos- como a los cristianos para quienes el futuro se halla aún lejos, mas es una luz que ilumina la vida, llevando a olvidarse de la vida presente en favor de una vida futura siempre postergada, tan orientada hacia esta luz, que se olvida de mirar al pasado y al camino ya trazado y recorrido. Entre el miedo y la ilusión, entre los ojos cerrados y los ojos desorbitados, entre la fascinación por el pasado (para no mirar al presente y al futuro) y la adoración beata del futuro, desdeñando las luces del pasado, juzgado equivocado o apagado, cabe encontrar una mirada serena de una cabeza que mira tanto hacia al pasado como al futuro, mira al pasado para volver la cabeza hacia el futuro, en un movimiento que no es estéril, inútil o mecánico, sino que busca aprender del pasado para poder afrontar un futuro que nunca está determinado – si sabemos dar un paso atrás para mirar con más agudeza y serenidad. Somos enanos, es cierto; y por eso podemos y tenemos que elevarnos, sobre un camino que otros ya han recorrido.


 

El equipo incluía, entre otros, a Aureli Santos (arquitecto), Gemma Serch (arquitecta), Eva Subías (asesoria), Marcel Borràs (actor, escritor, director), Clara Aguilar (intérprete y compositora), Helena Cánovas (compositora), Cube z (iluminación), Albert Serra (cineasta), Nuria Giménez Lorang (cineasta y documentalista), Ángela Molina (crítica de arte), Gregorio Luri (filósofo), Jéssica Jaques (filósofa), Palomo Spain (modisto), Fernando Albaladejo (arquitecto y modelo), Adriá Pinar (escenografía), pfp disseny (diseño gráficio), Ediciones Asimétricas (publicaciones), Irene Escolar (actriz), ...

Las actuaciones previstas hubieran corrido a cargo de Clara Aguilar (confirmada), Tarta Relena, Maestro Espada, Rodrigo Cuevas, Guitarricadelafuente y...


Una de las cinco propuestas finalistas -ganadora en la primera fase y empatada en todas las votaciones de la segunda hasta que....- en el concurso para el congreso mundial de arquitectos en Barcelona 2026. 

Felicitaciones a los cinco finalistas y a los escogidos en la última votación; toda la suerte del mundo. Un gran congreso de arquitectura para arquitectos. Empieza mañana, 28 de junio de 2026.




Video: Realización 15-L; voz: Irene Escolar


Créditos parciales:

Dirección
X

Coordinación

Gemma Serch. MATTERS

 

Documentación y organización congresual

Mónica Sambade, Eva Fidalgo, Carlos Bitrián, Oscar Poggi

 

Producción

Olga Díaz, Anabel Labrador

 

Diseño gráfico

pfp (Quim Pintó y Montse Fabregat)

 

Diseño de montaje

Studioser, Roger Badía con la colaboración de Oriol Jutglar

 

Gestor de Proyectos (Project Manager)

Daniel Crespo

 

Escenografía

Adrià Pinar y Zuloark Collective

 

Sonido, composición, interpretación musical

Carla Aguilar

 

Composición y dirección de ópera de bolsillo

Helena Cánovas Parés

 

Eventos teatrales

Marcel Borràs, Irene Escolar, dirs.

 

Documental(es)

Núria Giménez Lorang

 

Recursos digitales

La Tempesta

 

Video(clips)

15-L; voz: Irene Escolar

Agradecimientos a Canadá

 

Iluminación

Cube bz

 

Moda y dirección desfiles

Fernando Albaladejo

 

Eventos

Face to Face. Mónica Galindo


Cerámica

Carmen Balada

 

Con la colaboración especial de

Marc Aureli Santos (consultor y relaciones internacionales)

Albert Serra (cineasta)

 

Asesoría

Albert Guàrdia (La Castanya, promotora de conciertos); Marta Marín-Dómine, antropóloga (antigua directora del Centre Cultural i Memòria El Born); Jéssica Jaques (Humanitats, UAB); Gregorio Luri (filósofo y pedagogo, UB); Marc Marín, arquitecto (UPenn University, Filadelfia); Ángela Molina (crítica de arte); Sergio Pardo, arquitecto (Director of the Percent for Art Program at the New York Department of Cultural Affairs & New York University’s Steinhardt School of Culture, Education, and Human Development); Ala Younis, arquitecta y artista

 

Empresas y organismos de apoyo

GBCe Green Building Council España

Cosentino

Arquin-Fad

FAD

Pastelería La Petita de la Gran

Institute for the Study of Ancient World

Leon Levy Foundation

Secartys

Rehabimed

ICOMO

 


No hay comentarios:

Publicar un comentario