Tiziano: Ascensión, 1518, iglesia de Santa María en la Gloria, Venecia.
La descomunal obra maestra de Tiziano
Asunción, del verbo asumir.
Asumir significa llevar algo consigo, tomar una idea y hacérsela suya. Hacer suyo algo que no lo era. La asunción implica una toma, un rapto, de un bien. Éste no es un regalo. Es un hurto que deviene un bien y entra a formar parte de lo que se posee, si bien la procedencia es fruto de acto de dominación: una mano coge lo que no le pertenece, y la robado, desde entonces, se suma a lo que uno ya tiene, como si lo hubiera tenido desde siempre.
La asunción implica, necesariamente, el sometimiento de lo que se asume. Lo asumido cede, y acepta el desplazamiento y la entrada en un conjunto del que, originariamente, estaba excluido, al que no estaba destinado. Extracción, desarraigo, algo es arrancado de su mundo y forzado a acceder a otro, si bien, este inicial acto de violencia redunda en beneficio de lo desplazado. Aunque no podemos olvidar la fuerza ejercida, sufrida por lo que no le cabe sino asumir la violencia.
La asunción es la palabra que designa la ascensión de la virgen María, la madre humana del hijo de la divinidad, a los cielos. La divinidad la trajo a él en un ascenso flamígero. La llamó, la forzó a dejar su mundo, su entorno, para entrar a formar parte de la corte celestial.
La asunción se desmarca de la ascensión propiamente dicha, ya que éste se ejerce voluntariamente, como que la el hijo de María decidió emprender cuando consideró que su misión en la tierra había concluido. Volvió con los suyos. Dejaba un mundo que le era ajeno, aunque lo vivió como si formara parte del mismo. La asunción, por el contrario, implica un destierro. Algo o alguien es arrebatado y pierde para siempre el contacto del mundo al que pertenecía y que lo acogió desde siempre.
Hoy, los fieles cristianos celebran este insólito rapto que una humana tuvo que asumir por su bien y, se le explicó, para el bien de todos (sus seguidores, que tenían que ser, un día u otro, más pronto que tarde, todos).

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