jueves, 13 de marzo de 2014

Hécate, diosa de las encrucijadas




El cuidado del espacio, en la Grecia antigua, estaba a cargo de las divinidades Hermes y Hestia. Mientras Hermes vigilaba el espacio abierto, controlando las vías de comunicación, y ayudando a los viajeros a encontrar el camino sin perderse, Hestia no salía del espacio doméstico, cuidando siempre que el fuego del hogar, señal de la vitalidad de la casa, no se extinguiera, y cuidando también, desde el interior de un templo que no abandonaba nunca, ubicado en el ágora de toda ciudad, que el fuego de la misma estuviera siempre encendido. Cualquier mengua de las llamas era un indicio que la ciudad estaba en peligro.
Los fuegos y las vías que Hermes y Hestia presidían habían sido previamente trazadas y prendidos por Apolo. Éste, desde su isla natal, Delos, donde prendió fuego en una pira, por vez primera, en honor de su padre Zeus, había recorrido el orbe entero,. es decir Grecia, antes de instalarse en el corazón del mundo conocido, en Delfos, desde dónde organizaría el mundo y encendería el primer fuego, en el interior de su templo, al cuidado del cual colocaría a Hestia que, desde entonces, no abandonaría nunca esta enclave. El enraizamiento de Hestia en Delfos era tan fuerte que estaba incluso en contacto con las profundidades de Gea, la tierra -diosa-madre que poseyó, en los inicios, Delfos, desde donde predicaba, como la voz grave de la tierra que era- .
La pareja de Hermes y Hestia, y la figura solitaria de Apolo (relacionada también con Hestia -Apolo también estaba relacionado con su primo Hermes, ya que fueron los inventores de la música-), se complementaban con una nueva divinidad que poseía rasgos propios de aquéllas.
Se llamaba Hécate. Este nombre era un apodo de Apolo; también de la hermana gemela de éste: Ártemis: divinidades familiarizadas con la espesura de los bosques que recorrían, abriendo vías, que trazaban, que cortaban en la maleza.

Según cantaba Hesíodo en un largo poema integrado en la Teogonía, Hécate era una diosa ancestral, anterior a Zeus, y tan poderosa como el padre de los dioses, más incluso. Pertenecía a la antigua legión de los Titanes. Fue la única titánida cuyos privilegios Zeus respectó. Suyos eran los tres niveles del cosmos: el éter, la tierra y los abismos marinos. Maneja la luz y la oscuridad: era hija de la misma Noche. La vida dependía de su buen querer. La prosperidad, la abundancia de vidas y bienes estaban a merced suya. Los campos y los establos -cuyos rebaños también obedecían a Hermes, su esposo- estaban llenos de vida, y eran dadores de vida, solo con la aquiescencia de esta diosa.

Hécate se representaba como una mujer con tres rostros, o como un trío de figuras juntas, que miraban en tres direcciones distintas -la cuarta dirección, que el eje vertical traza, estaba al cuidado del pilar que las divinidades -o las tres personas de una misma divinidad- formaban o al que estaban adosadas.
Hécate se ubicaba en las encrucijadas. Vigilaba los caminos. Ayudada a quienes dudaban a tomar la correcta dirección para dirigirse sin dificultades por el territorio, o por la vida. Hécate regulaba la vida. Por este motivo, su imagen también se ubicaba, no en el corazón del hogar, como Hestia, sino en el exterior, cabe la puerta de entrada, a fin de evitar que las parturientas no pudieran alumbrar: el fuego o la luz, de la vida y de la casa, estaba en manos de Hécate. Este fuego aseguraba el linaje. En tanto que diosa de los infiernos -Hecate se asemejaba o se confundía con Perséfone-, Hécate aseguraba que la comunicación entre muertos y mortales no se interrumpiera y que, así, una casa pudiera perdurar más allá de la muerte. Aunque ambas diosas, Hestia y Hécate, tenían buenas conexiones con los infiernos, Hestia controlaba el hogar desde el centro, mientras que Hécate supervisaba, desde fuera, sus límites, asegurando, sobre todo, la defensa del umbral.
La buena vecindad con el mundo de las tinieblas explicaba que Hécate fuera una guía excelente. Del mismo modo, Hermes, un dios psicopompo -es decir, guía de las almas a las que conducía de la tierra al mundo de los muertos, dado que podía cruzar, en ambas direcciones,  sin perderse ni ser detenido, la barrera infranqueable que separa el mundo de los vivos del de los muertos- orientaba a los perdidos porque estaba familiarizado con la noche, y podía ver sin problemas allí donde no se veía nada, los ojos de Hécate, dirigidos hacia todas las direcciones preveían los peligros. Guiaba, pero también podía llevar a quien no le rendía culto a la perdición. Tenía armas poderosas: sus hijas Escila, un monstruo marino, de cuyo poderoso cuerpo serpenteante emergía una multitud de perros rabiosos, y la temible maga Medea.

Eso explica también que tanto Hermes cuanto Hécate  fueran divinidades ligadas a la magia; a la magia negra, incluso. Guiaban almas y espectros; circulaban por la selva, la noche y los infiernos,. Controlaban luces y alumbramientos. Tenían buenas conexiones con el mundo de los muertos, pero -precisamente por dichas conexiones- podían proteger a los seres vivos. Y los protegían porque controlaban el espacio vital, tanto el espacio en el que los humanos se recogían, cuanto el que cruzaban, de hogar en hogar, gracias a las luces y los consejos que Hécate, Hermes o Apolo brindaban. Gracias a esta triada, los seres humanos han, hemos sobrevivido. Hasta hoy.

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