Cuesta imaginar que la palabra vacaciones, y el imaginario que despierta, especialmente estos días de verano, perteneciera en su origen, latino, al vocabulario arquitectónico o urbanístico: vacans, para Julio César, en las Guerras de las Galias, significaba inhabitado, desierto. Hoy, esta relación se expresa comúnmente por una expresión francesa: terrain vague (tierra baldía), es decir, un terreno sin función específica, y carente de construcción, un solar desocupado, libre. Pero también inútil, e inservible. Sin sentido o vacuo. Irrecuperable. Por tanto, abandonado, olvidable y olvidado.
El primitivo uso arquitectónico de la palabra vacaciones explica la red de términos asociados a ella, y parece contradecir lo que las vacaciones evocan: ausencia de obligaciones, un alto en la rutina diaria, un tiempo durante el que la actividad cotidiana queda en suspenso.
Pero si observamos como definimos las vacaciones, lo que aportan, lo que las caracteriza, descubrimos que se definen negativamente: son días carentes de reglas y funciones.
Un terreno “vague” está vacío. Carece de un edificio. No está planificado, ordenado. Aparece abandonado, como hemos dicho. Un solar estéril, sin función ni sentido. Constituye un vacío en la trama urbana. No pertenece a nadie y a nadie satisface. Es un agujero, un descosido o un desgarro en la organización y el uso del espacio. No se trata siquiera de un lugar a la espera de un destino. Se diría que las leyes, las costumbres, lo han dejado por inútil. Una tierra abandonada, solo apta para quienes no tienen lugar en la sociedad. Un espacio sin remedio. Nada ofrece y nada se espera de él; un solar libre de imposiciones, sin orden ni concierto, que escapa a cualquier regulación, ubicado en los márgenes sociales, y del que es bueno evitar cruzarlo. Las tierras baldías dan lugar a rodeos. Son un vacío, un agujero negro en el que uno se pierde si se atreve a cruzar el umbral.
El uso arquitectónico del término vacante dibuja una realidad en la que la vaciedad y la vacuidad se confabulan. Las vacaciones son un tiempo suspendido. Las actividades cotidianas, las reglas habituales que organizan la vida ya no se aplican. Se abren nuevas maneras de vivir o de pensar, oportunidades que no se dan en la vida regulada, pero también se aboca al vacío físico y mental. No hay nada qué hacer: todo y nada es posible. Los brazos caen. Reina el desánimo. El vacío aparece como un obstáculo ante el que la vida ordenada se detiene.
Las vacaciones aparecen así como un periodo ambivalente. Un tiempo vacío -que no se llena inútilmente, que no obliga a nada-, que , de algún modo, se presenta como la otra cara de la vida cotidiana, exponiendo las carencias de ésta. La regulación, la planificación pueden ser agobiantes, restringen y acotan la libertad de acción y de creación. Pero al mismo tiempo, la ausencia de reglas puede abocar al vacío, causar angustia, una sensación de desamparo y orfandad, sin nada al que agarrarse para no perder el equilibrio y caer, la sensación que la vida deja de tener un rumbo y un sentido.
Bienvenido y maldito el tiempo vacacional que obliga a una vida no mecánica, sin normas ni obligaciones, que abre a reconsiderar lo que somos, pensamos y hacemos, abocándonos a una nueva vida durante un intervalo de tiempo, o al vacío. Un tiempo pleno o muerto. O ¿y muerto? Una vida sin rumbo, que da vueltas sobre sí mismo, o que halla una vía inesperada que nunca habría hallado ni seguido en tiempo “normal”, organizado, programado .
Los terrains vague son los lugares desde donde repensar la planificación del espacio y la vida, desde donde se observan aciertos y faltas, y se decide qué hacer a partir de entonces, si es que se puede cambiar o rectificar algún aspecto vital. Un terrain vague, como unas vacaciones, son un alto en el camino, o un punto final. La incertidumbre y la imprevisibilidad constituyen su riqueza y su poder, a la vez que su peligro. Entre la liberación y el abandono. Un terrain vague resiste al avance normativo. Puede quedar como una singularidad enriquecedora o un paraje sin vida. La riqueza, el atractivo y la complejidad de las vacaciones residen en que las leyes llegan ante un espacio y un tiempo sin reglas.
A RA estudioso de dichos paréntesis
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