martes, 18 de agosto de 2026

Venus y la creación




















Dibujo de la Venus de Arles (en la fotografía anterior), realizado en el momento del descubrimiento de la obra.





 

Fotos: Tocho, estatuas y estatuillas romanas de Venus, s. I aC - I dC & fotografías de Man Ray para revistas de moda francesa y norteamericana, c. 1930,m

Arles, Museo Arqueológico Departamental, agosto de 2026.


Nota:

La mayoría de efigies venuseas son préstamos del museo del Louvre para la exposición dedicada à la diosa pagana Venus, que incluye la célèbre Venus de Arles, romana, en el museo arqueológico de Arles. 

Dicha estatua se basada quizá en un original helenistico de Praxiteles, hallada en el siglo XVII y depositada en la Gran galería de los espejos en el palacio de Versalles, por deseo (por no decir presión) del Rey Luis XIV. Tras la revolución francesa, pasó a formar parte de las colecciones del Louvre donde se expone en compañía de la Venus de Milo, que la eclipsa.

La Venus de Arles fue restaurada al llegar a Versalles, dotada de nuevos brazos y atributos ya que los originales nunca se hallaron. Tras un tiempo considerada como una imagen de la diosa Diana, pasó a ser considerada como una efigie de Venus.

A falta de los brazos originales es imposible saber a de cierta a qué diosa representa.

Se supone que se exponía en el decorado de escena del teatro de Arles. Estaba dedicado al emperador Augusto. Éste se considerada descendiente del mítico héroe troyano Eneas, quien salió vivo del incendio de su ciudad y, tras una ingrata travesía, llegó a la península italiana, bajo la protección de Venus (Afrodita). Por tanto, parece convincente que Venus presidiera el teatro agusteo y que su imagen fuera esta obra maestra de la estatuaria romana de inspiración griega o helenística.

https://www.arlesantique.fr/agenda/exposition-le-passage-de-venus


Aunque los textos de esta exposición sobre la figura de la diosa romana Venus (convertida en símbolo de lo que no se tiene pero a lo que se aspira a partir del Renacimiento en Europa), con una mayoría de obras del museo del Louvre de París -que se habrá vaciado en préstamos veraniegos a exposiciones en el sur del país-, no tienen la agudeza de los textos de la muestra sobre la función de la imagen en Roma, en el museo de la Romanidad en Nîmes, aquéllos no se limitan a destacar la socorrida belleza y la carnalidad de la diosa: ésta no era un emblema de la belleza (en el que se convirtió a partir del Renacimiento tras haber perdido su condición sobrenatural transferida a la virgen María), sino de la creación (y su antítesis o fuerza contraria: la destrucción; Venus se asociaba también a los efectos de la guerra -que no de los sexos). Gracias a su hijo Eros (el deseo), Venus movía a la procreación y a la creación, de hijos y de obras (también arquitectónicas). El anhelo de completar el mundo (y de destruirlo), de dotarlo de vida (o de convertirlo en un páramo de muerte), de crear algo o alguien en lo que o en quien nos veamos proyectados y que nos sobreviva, solo se manifestaba gracias al influjo de Venus. Explorar el mundo, ir más allá de los límites (lo que puede desembocar en un fracaso), el  placer de componer o dar a luz a lo que tiene o tendrá vida propia y de lo que o de quien nos sentiremos orgullosos (si bien la vergüenza y el arrepentimiento tienen también cabida ante el error cometido), la condición humana, en suma, son acciones en manos de Venus. 

Venus personifica así la capacidad humana de trascender sus límites. Venus hace humano (poderoso y frágil) a la criatura humana y le otorga la ilusión (luminosa o vana) de acercarse a la condición divina, de poder estar cerca de ella -pese a su inevitable frialdad o desdén, el acicate de la perseverancia en tratar de contentarla o desdén rivalizar con ella, dando lugar a un ente o un ser que bien podría haber sido creado o engendrado por ella: una creación que admiraría a Venus (si bien, movida por los celos o la envidia, la diosa bien podría poner coto o fin a la ilusión humana).

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