viernes, 16 de enero de 2026

Fe

 Cuando parecía que en nuestra sociedad bendita y secularizada el concepto de fe pertenecía al pasado, ya sea por moda o por convicción, la fe ha vuelta a la palestra en discos y películas de actualidad y de éxito (Los domingos,  Lux o la última canción -esperando, con fe, que sea la última- de la banda La oreja de van Gogh)

La fe, en culturas hoy en día, es un concepto, vigente u olvidado, activo o polvoriento, que regula las relaciones entre dos seres de entidad o “esencia” opuestas: un mortal y un inmortal.

La palabra fe, en latín, fides, significa, en primer lugar, lealtad. En un concepto bajo el cual se sella un acuerdo. El mortal cree, no solo en la existencia de un inmortal, sino en su actividad y su capacidad de incidir positivamente en la vida del mortal, de mantener activa la relación. Dicha relación se basa en la confianza -que es otro de los significados lógicos del latín fides. Esta confianza, que por ejemplo el apóstol Tomás no tenía, implica que el mortal confía en la existencia del inmortal y en los desvelos de ésta hacia aquél. La confianza, en este caso, no se sustenta en evidencia alguna -el inmortal es invisible, por definición, y la fe, como bien expresa es dicho, es necesariamente ciega: quien tiene fe no puede ver al inmortal-, sino en la esperanza. Spes, en latín -de ahí esperanza-, significa espera: se aguarda que algo acontezca o alguien llegue. La esperanza hace que la espera de una venida sea soportable, el ánimo no decaiga, y la irritación o el desaliento invada a quien aguarda. La máxima expresión de esperanza se da en la obra de teatro Esperando a Godot, de Samuel Beckett: los dos protagonistas esperan y esperan la llegada de un remedo divino -que saben que no existe o que nunca vendrá, sin que por esto, abandonen la sala de espera (que es el escenario, donde, por definición, todo es posible, el tiempo de una actuación).

En el mundo antiguo, sin embargo, fides entretenía la relación entre iguales; entre mortales. Se creyera o no en la existencia y la efectividad de los inmortales, ningún mortal concebía un pacto ni estrecha relaciones con éstos. Cada uno en su casa, diríamos popularmente. Los inmortales eran caprichosos o desdeñosos, y la supervivencia de los mortales dependía, no del buen trato con los inmortales, sino del distanciamiento. Lo único que debían hacer los mortales era alimentarlos con sacrificios, precisamente para evitar que los inmortales se acercaran demasiado.

La confianza, por tanto, solo se sabe entre seres que se veían las caras. Es cierto que, hoy en día, la fe también se puede dar entre mortales; pero es un sentimiento que, de algún modo, se establece porque un mortal diviniza al contrincante, y se sitúa en inferioridad de condiciones. Tiene fe en que el otro le responda, no le deje de lado, y sea capaz de cumplir con lo que se le hace una montaña a quien solo le queda la fe en la capacidad y la bondad del contrincante: una relación de desigualdad similar a la fe de  que se establece entre un mortal y un inmortal; una fe de relativo prestigio, como la expresión de fe de carbonero expresa. 

Fides, en latín, se traduce, por fin, por crédito. Este significado es importante y puede hacer bascular el crédito de la fe. Un crédito es un bien que se otorga al otro; un bien o un tiempo que se espera no se malgaste, y se devuelva con creces. El crédito no es eterno. Se agota. Y llega entonces el tiempo de las reclamaciones, que pueden ser ácidas o amargas . A cara de perro. Los divorcios cuestan lo inimaginable. 

Inicialmente, quien tenía fe se subordinaba al otro, al inmortal o al mortal exaltados. De algún modo, se sentía en inferioridad de condiciones y buscaba el apoyo u la protección -otro significado de fides- del ser en quien depositaba su confianza. Un depósito. Los depósitos siempre deben recuperarse. Son temporales.

Es así como, de pronto, se invierten los papeles. El mortal concede al inmortal la capacidad de intervención. Le concede el poder. Bienes y el bien. Pero se los puede reclamar. 

El inmortal acaba en deuda con el mortal. Ya no manda, sino que se siente apremiado -a menos que se rompa el acuerdo y la fe quede en suspenso, temporal o para siempre. La pérdida de la fe es cruel para el inmortal. Pierde su condición. Acaba reducido a una ilusión, una cortina de humo.

La fe mueve montañas, ciertamente. Y derrumba a los más exaltados, a los que se hallen más alto, si traicionan la confianza que se las ha prestado. La fe es un sentimiento, en suma, que lejos de “probar” o garantizar la existencia y efectividad de los inmortales, revela su fragilidad. La fe los pone a prueba. 

Es cuestión de fe, entonces, creer que no faltarán, o que sus faltas no nos hacen daño. 


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