Los premios de arte contemporáneo franceses Marcel-Duchamp (con un guion entre el nombre y el apellido), equivalentes a los premios Turner ingleses, quizá no tengan aún el lustre de los anteriores -un lustre a veces un tanto apagado, tras unos años en los que lo que se premiaba era más raro que enigmático-, pero podrían este año recaer en un arquitecto de Madagascar, Joël Andrianomearisoa, quien ha dejado las obras por obras de arte -aunque es el arquitecto y promotor de un centro de arte para jóvenes en la isla-, revelándose así como un mejor o verdadero arquitecto.
Su obra está dedicada a plasmar lo imposible: la casa soñada, desmaterializada, de muros inmateriales, que todavía es visible por unos finos contornos que la definen: casas en las que el vacío, la transparencia configuran el equivalente de una idea: una forma intangible. Las esculturas también recuerdan que los sueños no pueden ni deben materializarse, sino permanecer siempre como una imagen inasible, siempre presente, pero que se retrae en cuanto se traza de cazar o de alcanzar, cuando parece que se halla al alcance de la mano (que se cierra sobre nada), manteniendo así vivo el deseo en un espacio que trascienda (y se desmarque) la palmaria mediocridad de la arquitectura que nos suele rodear y en la que vivimos. Ante sus escuetos espacios podemos soñar en una vida mejor (que nunca llegará).




















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