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miércoles, 19 de agosto de 2026

Trece meses más tarde….


 Trece meses más tarde de que tres millones de consultas hubieren ocurrido en los dieciséis años de vida del octavo aburrido blog de arquitectura (Tochoocho), un millón más de consultan han acontecido.

Hace trece meses se planteó  cerrar el blog. No por hastío ni aburrimiento, ni por falta de tiempo, sino por miedo a no tener nada más que contar. El blog estaba directamente ligado a la labor docente. Los breves textos eran notas de clase: notas preparatorias o resúmenes de clases impartidas que reflejaban a menudo diálogos con los estudiantes. Muchas notas resultaban de preguntas, observaciones y críticas de estudiantes a los que se trataba de dar respuesta. Al cesar dicha labor, la fuente del blog iba a secarse. 

La labor docente no ha cesado completamente, pero sí disminuido considerablemente. Quedan algunas clases, incluso en este próximo curso, charlas, conferencias y seminarios, carentes, sin embargo, del contacto regular con los estudiantes: un contacto que permite confrontar puntos de vista y experiencias, del que profesor y alumno salen ganando. Cada uno descubre conocimientos y razonamientos que ignoraba. El aprendizaje es mutuo, entre el que no es de menor importancia el aprender a escuchar, con respeto, se esté o no de acuerdo con lo expresado por la otra persona. 

Una clase es una acción en directo irrepetible, de la que pueden salir comentarios, observaciones y juicios con los que posiblemente nunca nos hubiéramos cruzado durante la preparación de la clase o la redacción de un texto -como éste, por ejemplo.

La pérdida que conlleva la cesación de la labor docente es inevitable e irrecuperable. Algo se rompe. El oyente o el lector deviene un ser imaginario. Y el texto ya no se basa en lo que se ha contado o se ha escuchado, horas antes, en un acto que no volverá a acontecer. La urgencia, la frescura y la fugacidad de lo acontecido en clase, que el texto trata de recuperar, evocar o fijar antes de que sea demasiado tarde -consciente que cierta traición con la explicación oral ya se produce- ya no podría ser el motor del texto; si es que el texto responde aún a un motor; si tiene sentido, por tanto proseguir. Ningún recuerdo, ningún diálogo silencioso podría alimentar al texto. Éste enmudece. Carece de base. Se hunde. 

Un profesor en ejercicio no es un escritor, un lector ni un actor. Es alguien que piensa en voz alta y trata que lo que piensa o recuerda, se exprese de manera lo más clara -y llevadera- posible, a través de su voz, sus gestos, sus movimientos, lastrado por los inevitables tics y sonsonetes. No es una máquina, ni una grabación, para bien o para mal, sino que lo mueve el esfuerzo, la tensión de la intervención en directo, la preocupación por mantener la atención, y por poder responder a las preguntas que puedan surgir, sin perder los nervios ni la compostura. 

Pero un blog es también un archivo y un blog de notas para otras actividades que no son propiamente docentes aunque sí comunicativas: escritos para charlas, conferencias, exposiciones, artículos y libros, tareas que solo la pérdida de memoria, la enfermedad, la depresión y la muerte ponen fin. Textos con la inmediatez de lo que no requiere el soporte de notas ni de bibliografía, aunque no caben los rumores, las falsedades ni los bulos. 

Mientras esto no ocurra, al menos de manera evidente, el blog debería poder seguir y solo cabe decir: muchas gracias por seguir leyéndolo ocasionalmente, un acicate tan potente y efectivo como la impartición de un clase. Lector, de nuevo, y siempre, gracias. Lector y comentarista, casi siempre con observaciones que invitan a nuevos textos, permiten matizar u obligan a rectificar. Es decir, a seguir aprendiendo -de los errores y de las correcciones y advertencias ajenas. De algún modo, un diálogo que prosigue fuera de un aula. Como si de un aula que no querría calificar con el temible y gastado adjetivo de virtuel: un aula imaginaria o soñada, que no reemplaza al aula directa, sino que posee otra naturaleza y suscita una emoción distinta, emocionante sin embargo.

domingo, 4 de enero de 2026

Alumno

 ¿Qué es un alumno? ¿Qué significa ser un alumno, o más bien qué se requiere, qué se necesita para ser un alumno, para ser considerado un alumno?

Dos palabras definen bien la condición, o el estatuto, de quien se halla en una clase, y la relación que se teje con el profesor, enseñante o maestro.

En catalán o castellano, alumne o alumno, son palabras que deriven del verbo latino levare: alimentar. Un alumno es una persona que debe ser cuidada. Que merece ser cuidada. Los gritos, las expulsiones, la disciplencia, las imposiciones, los desprecios, el ninguneo o el rechazo del profesor (como aún hoy acontecen en el aula), no son de recibo. Alumno es la condición de quien se está formando, cuya formación exige atenciones. 

Es cierto que, en latín, la palabra alumnus designa a un crío, y más aún a un bebé, incapaz de alimentarse por sí mismo. Pero, por esta misma razón, el alumno requiere una atención particular para que se desarrolle: una combinación de guía y de libertad para que crezca, descubriendo y alimentándose del mundo que descubre y se le descubre. El maestro abre puertas que el alumno no puede aún abrir, y le revela lo que hay más allá de las apariencias: los fundamentos de las cosas, las bases que sustentan el mundo y el conocimiento del mundo.

En francés y en italiano élève y allievo derivan también del latín. Pero, en estos casos, el verbo del que proceden es el verbo levare, que encontramos en el verbo moderno levantar.

Un élève es una persona que se alza o se está alzando. Este movimiento, fruto de un crecimiento, está causado por lo que levare, en latín, significa: aligerar, aliviar. Al alumno se le libera de un peso: el peso de la materia bruta, de la ignorancia, que le impide levantar el vuelo, alzarse y poder disfrutar de unas vistas, de una perspectiva sobre el mundo que no se tiene a ras del suelo. Las ataduras se deshacen, y el alumno empieza a explorar el mundo y ganar altura de miras. Ve más y mejor y con suficiente perspectiva. 

Este proceso no lo realiza solo. Levare también significa reconfortar. Y reanimar. El profesor le invita a abrir los ojos. Y le acompaña en su aventura, retirándose poco a poco a medida que el alumno se siente más seguro y gana en confianza. El maestro anima, le libera de lo que ata al alumno, y es éste quien debe entonces tomar las riendas sin el peso del miedo, y de la ceguera. 

El crecimiento, que se logra derribando los obstáculos que impiden el alzamiento y el avance -obstáculos que se resuelven, se desmontan, a medida del aprendizaje- se realiza en dos direcciones: un movimiento vertical que permite ampliar la visión, y horizontal, cuando la vista se extiende por el mundo. El conocimiento que se adquiere a medida que se es un alumno -una persona que crece y se crece, gracias a la creciente libertad de movimientos que se consigue, o que le es otorgada- permite este alzamiento, el levantamiento que permite descubrir, intuir lo que acontecerá, prever lo que va ser, desprendiéndose de las orejeras, y ganando en acuidad, en un proceso de crecimiento personal a medida que el profesor suelta el lastre, hasta lograr, en un proceso fascinante y enriquecedor para el alumno y el profesor, que el alumno vuele por sí solo, confiadamente, sin miedos, sin miedo a caer, con conocimiento de causa. Y desde las alturas, quien ya no es un alumno cobrará lo que percibe y como lo percibe. Todos aprenderemos de una nueva visión. 

Un alumno es un ojo que se va ajustando para ver lo que otros aún no vemos o no hemos visto, ajustes que realiza a medida que su mirada se limpia y gana en acuidad, alzándose sobre las miserias del mundo para entenderlas y solventarlas, para echar luz. El alumno es es futuro del mundo. 


Agradecimientos a R. Ll por sus observaciones