miércoles, 14 de enero de 2026

Educación

 Solemos considerar que la educación consiste en la transmisión de datos, consejos y valores gracias a los cuales el oyente -un estudiante, por ejemplo- se va formando, de manera que acabe siendo apto para la vida en común, sepa comunicarse y comportarse, compartiendo puntos de vista y conocimientos.

El educador, en este sentido, es quien transmite estas ideas y estos consejos que el estudiante recibe y asume o integra. Tras una lección, el estudiante se ha enriquecido. Dispone ahora de lo que desconocía y no poseía.

Sócrates -o más bien Platon- considera que la tarea del educador consistía en una acción inversa. Más que entregar, extraía . En una célebre escena del diálogo Menon, Sócrates demostraba que su trabajo como educador consistía no en la transferir datos, sino en lograr que el estudiante se diera cuenta que poseía saberlo los conocimientos necesarios para la vida en común, y que la revelación de los mismos se lograba a través de las preguntas que el educador planteaba. Las respuestas a los problemas no eran enunciadas por el docente, sino descubiertas por el estudiante, gracias a la ayuda del profesor que lograba que dichas respuestas salieran a la superficie. El estudiante está ya formado sin ser consciente de lo que posee, y el educador le ayuda a darse cuenta de lo que sabe. Así que el profesor actúa como un arqueólogo -Socrates comentaba que su trabajo era similar al de una parturienta-, extrayendo lo que yace sepultado en el interior del estudiante, bienes y vidas, que alientan. La educatio, para Cicerón, consistía en la formación o el cuidado del espíritu. La educatio elevaba. La extracción levantaba el ánimo. En este sentido, el trabajo del maestro responde literalmente a lo que educar significa: conducir hacia fuera, ex-traer, traer a sí, para que el estudiante se dé cuenta de lo que tiene y de lo que no era consciente.

En este “sentido”, es muy cierto que de lo que más disfrutamos, y lo que más recordamos, no son datos nuevos, de los que nada sabemos, sino de lo que ya conocemos y habíamos olvidado, que nos vuelve a la memoria a la escucha de las explicaciones del profesor. Dar clase es ayudar a que los estudiantes recuerden lo que conocen, y que el recordatorio “refresque” la memoria, poniendo el acento en lo que quizá no se le había dado importancia. El estudiante es un instrumento que el docente activa y afina. Pero lo que produce ya está en el ánimo del estudiante.

Volver a escuchar lo que habíamos escuchado es lo más enriquecedor. Y lo verdaderamente ilustrativo. El conocimiento se asienta y, sobre todo, queda a la vista. No vuelve a estar sepultado. Se despliega, quizá para siempre, sorprendiéndonos, prendidos y prendamos de lo que emana de nosotros.




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