Érase un pequeño y lejano país situado en una gran y rocosa península. Durante años y años unos mismos pocos clanes, formados por padres e hijos, lo gobernaron. Tantos fondos robaron que un día el país se encontró con las cajas vacías. Se recortaron sueldos, se suspendieron ayudas en cultura, educación y sanidad, se echaron a miles de empleados. Muchos no tenían más opción que seguir trabajando gratuitamente. Ante las crecientes protestas, los clanes que mandaban hallaron una solución brillante y efectiva: la culpa sería del adusto emperador de la península que ya no les cedía, ávara y cruelmente, una parte de sus bienes -bienes que el pequeño país, año tras año, había supuestamente regalado. Los clanes añadieron que si el pequeño y lejano país ya no dependiera de nadie volvería a ser próspero y su porvenir un camino de rosas, y convencieron. Las protestas cambiaron de objetivo. Ya no se dirigían hacia los clanes, que eran cada día más ricos y poderosos, y cada vez menos inquietos, sino hacia el emperador. Él era el causante de las miserias del presente, y los clanes, por el contrario, entregados servidores del bien público. Era necesario agradecerles los esfuerzo. Se tenía que romper con el ceñudo emperador para entregar el poder a los desinteresados clanes que solo buscaban el bienestar de los súbditos. Y así, día a día, se estaba en ese pequeño y lejano país cada vez más empobrecido, mientras los clanes gobernantes, hoy ensalzados, habían logrado escapar a la justicia y seguían tranquilamente esquilmando a los atribulados trabajadores que creían que el emperador era el causante de su infortunio. Cada vez más personas querían sumarse a los clanes y defenderlos, entregándoles su voluntad, adorándolos con himnos y banderas. ¿Qué harían sin ellos?"
(Italo Calyvino: Clanes invisibles )
