Mejor no mirar este cortometraje -ilustrativo de modernos espacios como plantas subterráneas de aparcamientos interminables y pasillos estrechos a lo largo de trasteros con puertas metálicas a los que se accede con códigos - a medianoche, cuando se oyen confusos pasos sigilosos y entrecortadas respiraciones en la escalera del bloque de pisos iluminados por globos desfallecientes, antes que….
domingo, 14 de junio de 2026
KANE PARSONS (2006): BACKROOM (2022)
Mejor no mirar este cortometraje -ilustrativo de modernos espacios como plantas subterráneas de aparcamientos interminables y pasillos estrechos a lo largo de trasteros con puertas metálicas a los que se accede con códigos - a medianoche, cuando se oyen confusos pasos sigilosos y entrecortadas respiraciones en la escalera del bloque de pisos iluminados por globos desfallecientes, antes que….
DAVID HOCKNEY (1937-2026): INTERIORES
y una piscina…
Piscinas de aguas azules, villas de líneas rectas, terrazas y colores planos bajo el sol de California; ni una nube; lugares luminosos y desiertos, en los que no se percibe vida.
Las célebres escenas del sueño americano que retratara el pintor inglés David Hockney, fallecido ayer, aparecen más como desoladas naturalezas muertas, viñetas que aluden a rupturas y desapariciones, que a encuentros placenteros. Se palpa la incomodidad, una paradoja en lugares que parecen haber sido planificados para una vida sin problemas.
Los interiores de Hockney, por el contrario, en los que la vida está sólo sugerida -raramente los usuarios se muestran, tan solo dejan rastros a través de algún objeto, un sombrero, por ejemplo, despreocupadamente abandonado en el asiento de rafia de una vieja silla de madera cansada cuyas patas empiezan a doblarse-, son cálidos, íntimos: la escena no suele mostrar una estancia entera, sino un rincón, cerca de una ventana, por ejemplo, a través de la cual se perciben reconfortantes, tranquilizadoras, calladas fachadas de casas antiguas, o el extremo de un sofá chester que se intuye se usa habitualmente. Unas escenas en blanco y negro, tan solo siluetadas, más unos signos que recuerdan un momento de intimidad que unas imagen que exhiben posesiones.
Curiosamente, el pintor de las villas lujosas es más casi dolorosamente cercano en estas viñetas de interiores sin pretensiones en los que cada objeto parece necesario y ocupa el lugar que ha hallado le pertenece.
David Hockney, el retratista de los interiores domésticos. Extraño, insólito
Domino
El término dominó, escrito dom-ino, que Le Corbusier acuñó para nombrar el esqueleto de hormigón que ideó a principios del siglo XX, ha sido percibido como una muestra de humor al asociar la planta “libre” con el azar del juego del dominó -fichas que al juntarse constituyen un bloque que puede derrumbarse cuando una pieza se desestabiliza-, amén de percibirse, tal como el arquitecto, que dominaba el arte de la publicidad, anunciaba, como el nacimiento de la arquitectura moderna. Hoy diríamos, de una nueva era.
La propuesta, seguida al pie de la letra hasta hoy, consistía en reducir una construcción a un apilamiento de plantas unidas por pilares y escaleras, sin muros interiores y exteriores, sin elemento que se interpusiera en el vacío así definido. El arquitecto ofrecía así un esqueleto que el cliente podría dividir y organizar como quisiera. Un pret-a-porter arquitectónico.
Dom-ino: una palabra humorística o deprimente (cuando no siniestra).
Los esqueletos sostienen a los cuerpos. Pero cuando el esqueleto se hace visible, hace tiempo que la vida se ha retirado. Los esqueletos pueblan los camposantos.
Un espacio interior es algo más que un techo y un suelo. Posee, necesariamente, una vida interior: un engarce, un juego, una combinación de estancias y de pasos, que los muros constituyen. El espacio se erige como un juego de llenos y vacíos, de muros y pilares, y estancias acotadas. Los muros, las paredes, los tabiques son como las barras de una partitura musical: componen una sucesión, una alternancia de interiores rimados, pautan el tiempo y el espacio sonoro. Introducen cierto orden en el devenir desordenado. Aportan calma.
Un interior sin fachada no existe. La fachada se concibe y se presenta no solo como lo que delimita el interior, sino como lo que lo relaciona con el exterior. Un interior abierto de par en par, a los cuatro vientos, pierde su condición de espacio recogido que se opone a la apertura exterior, pero no la niega, a la que se asoma desde la protección que la fachada y los muros interiores le brindan.
Sin las aperturas (ventanas, galerías, puertas a balcones), el interior deviene una tumba. Sin muros, un espacio barrido por el viento, inquietante, amenazante, pues parece facilitar el acceso a los demonios exteriores que son nuestros demonios interiores. Sin la seguridad física y psicológica que brinda la fachada -si ésta no se reduce a un muro de vidrio, como si se quisiera condenar la intimidad como sospechosa de torvas intenciones- el interior sin límites causa miedo, el miedo que la delimitación espacial combate y anula.
Un proyecto de casa sin organización interior y sin límites es un sin-sentido. No invita a la vida; antes bien, la ahuyenta. Implica una vida a la intemperie barrida por los vientos que penetran como en un túnel -que es el espacio más aterrador que cabe imaginar. Este es precisamente el proyecto inaugural del catecismo de la arquitectura moderna, basado además en una falacia: interiores no compartimentados, forjados y techos sostenidos por pilares, existen desde siempre. Pero dichos espacios , abiertos también, sin fachadas, llamados pórticos, son precisamente zonas de paso, que aceleren el paso hacia un espacio interior organizado y protector.
Quizá sí que Le Corbusier tuviera razón cuando concibió la vida moderna como una vida de paso, en lugar donde asentarse, ni saber dónde ir, una vida sin descanso, la vida de los condenados al destierro, que somos los humanos. Pero para esta constatación quizá no hiciera falta un arquitecto -que se supone debería ahuyentar el miedo a lo desconocido, componiendo espacios donde morar (recogerse y reflexionar). Activar los vientos quizá no haya sido sino una muestra más del aprendiz de brujo.
martes, 9 de junio de 2026
Al acecho (Perspectiva)
Prospicio, en latín, es un verbo compuesto. Consta de la preposición pro y del verbo specio.
Pro, tanto en latín como en lenguas latinas modernas, significa delante. En español, además, introduce un matiz, que no posee la preposición latina -aunque sí recoge el verbo comentado: en guardia.
Specio no presenta dificultad alguna de traducción: significa ver.
Prospicio tiene tres significados que se conjugar y dotan al verbo de un extenso y complejo campo de significados.
Por un lado, prospicio sígnica ver lo que se tiene delante; pero también ver a lo lejos. Este matiz implica que lo que el sujeto percibe se halla lejos de él y tiene una extensión considerable. Llega hasta el horizonte. Se constituye como una vista o un paisaje, siendo éste la naturaleza percibida por el ser humano que recorta y enfoca lo que quiere ver, lo que le llama la atención. La vista es siempre subjetiva. Revela lo que miramos y lo que desdeñamos. La vista se construye. Es selectiva. Obvia lo que preferimos no atender.
Prospicio, entonces, se traduce por estar atento, alerta, al acecho. Una cierta tensión se manifiesta. El sujeto observa. Y lo que le está sujeto se siente observado.
Prospicio, en efecto, significa espiar. Un espía mira con detenimiento. Pero se esconde. Ve pero no se le ve. Lo que observa no se sabe ni se siente observado y puede así mostrarse cómo es, sin temor ni nerviosismo. No se esconde. Actúa en libertad y deja huellas. Su paso por la tierra no es secreto, y sus secretos, si los tuviera -que los tiene, en tanto que ser pensante- saltan a la vista. El espía lo sabe y los detecta. Se erige como un ojo avizor que busca descubrir sin ser descubierto, lo que implica que su mirada no es neutra, sino que busca discernir lo que no es evidente. Lo que contempla es sospechoso. Algo se oculta, y trata de pasar desapercibido. Un espía no actúa inocentemente, sino en nombre de un poder. Mira, escucha, olfatea y trata de todas todas de no dejar huellas. Es un agente invisible y por tanto peligroso. En ocasiones lo que espía siente su presencia, se remueve inquieta y comete un error. Es lo que el espía aguarda. No se mueve. Mantiene la vista (los sentidos) fijos -los rayos que emanan del ojo son como cables o hilos que atenazan e inmovilizan lo que se sabe escudriñado, sin que nada de lo que haga, el menor movimiento, escape a lo que se instituye como el ojo de dios-, como si su mirada pudiera hacer saltar la liebre. Es decir, se adelanta a los acontecimientos.
Lo que es, precisamente, el tercer significado de prospicio : prever. Ver no solo más lejos en el espacio, sino también, o sobre todo, en el tiempo. Lo que aún no ha acontecido , y que nadie espera que acontezca, cuyo acontecimiento constituirá una sorpresa para la mayoría, ya se muestra a los ojos de la imaginación del previsor. Sabe qué va a acortar y, por tanto, se prepara. El hecho futuro no le desarmará. De hecho, el previsor juega con ventaja. Se anticipa a lo que inevitablemente se presentará. Por tanto, puede advertir, como un profeta, de lo que nos aguarda. El futuro deja de ser temible, por desconocido, y se vuelve previsible. Pierde su poder desestabilizarte. Quien prevé aguarda con el pie firme. Conoce la lección y sabe cómo tiene que actuar.
El verbo prospicio está en el origen de la palabra, usada por vez primera en la Edad Media, de perspectiva. Ésta, en el Renacimirnto, nombrará una manera de ubicarse ante el mundo y de retratarlo. Se ha definido como una ventana abierta al mundo que lo encuadra y que muestra lo que el observador ha decidido observar y exponer. La perspectiva desmonta los misterios del mundo. Éste queda expuesto, desnudo. Yo no sorprende no es un escenario donde acontecen prodigios. Se instituye como un campo donde nada es extraño. La perspectiva desencantó el mundo. Junto con la ciencia (la óptica) sometió la creación a esquemas y reglas conocidos. La naturaleza ya no era el refugio de lo maravilloso -lo singular, inquietante o deslumbrante. Aunque no se viera, ya se sabía lo que se vería.
La perspectiva ahuyentó la visión encantada o sagrada del mundo. Fue la primera estocada que la razón dio al mundo hasta entonces poblado de seres invisibles que perdieron su condición ante la mirada escrutadora del artista, el espía de dios. Y los ángeles , los demonios, los espíritus se desvanecieron. Ya no tenían razón de ser.
domingo, 7 de junio de 2026
Sección
Cortar, recortar, trocear, laminar, hendir, romper, disgregar, dividir, destruir, destrozar, amputar, despellejar: los distintos significados del verbo latino seco recorren toda la gama de atentados que se pueden comentar sobre un ente o un ser. Evocan la agresión, la tortura, la muerte; el ejercicio de la violencia que concluye con la forzada separación de una parte de un todo, un corte profundo, una honda división que no se puede revertir. El daño cometido es irreversible. La unidad del ser ha sido afectada para siempre. Solo quedan miembros descompuestos que no pueden volver a juntarse. La descomposición aguarda a lo que ha sufrido el ensañamiento, cuyo último ultraje es la conversión en un botín en venta al mejor postor: también designa lo que se hace con la rapiña. Se la priva de su libertad, se la reduce a un mero objeto de una transacción comercial al mejor postor.
La sectio -sustantivo a partir del verbo antes citado- es, pues, el resultado de un golpe: un tajo practicado en un ente o un ser, herido de muerte.
La descomposición resultante forma parte, paradójicamente, de los trabajos de composición del arquitecto. Junto con la planta y el alzado, la sección es un dibujo que todo proyecto debe incluir. Forma parte de la triada mínima que permite mostrar, componer y construir una obra.
Una sección es una agresión necesaria que permite componer un edificio o un objeto.
La obra no se muestra entera. Se le ha practicado un corte, gracias al cual se expone a la vista de todos un interior. La destrucción -la retirada, el desollamiento- de la piel, de una cara, un muro, revela lo que se escondía detrás, ubicado en el lugar que le correspondía, un lugar acotado, ubicado en una trama, relacionado con otras estancias. La sección expone lo que no se puede ver. La intimidad de una obra, su interior, sus interioridades quedan desprotegidas, desnudas. Solemos vivir en interiores; tratamos de construirnos un mínimo espacio propio incluso detrás desnudas unas cajas o unos cartones, como bien vemos en las calles de las grandes ciudades. La protección que ofrece el límite no es tanto física cuanto emocional. Nos retiramos, y nos encontramos con nosotros mismos, con nuestros pensamientos, miedos, sueños y pesadillas cuando nos levantamos una barrera, por débil y temporal o provisional que sea. Responde al gesto de quien se guarece. Este gesto, que alza una frontera y delimita el lugar, cierto o incierto, que ocupamos en el mundo -que el mundo nos concede-, queda neutralizado cuando prácticamente una sección. En una sección, el misterio -el alma- de una obra, que debe permanecer en secreto, a buen recaudo, protegido, y que da vida a la obra, se rompe y se disipa. La construcción requiere un gesto seco y violento, un corte, que asegure que no existen zonas en sombra, propias, que definen lo que un espacio personal es. El interior tiene que ofrecerse a la vista. La exposición es forzada, violenta. Un ojo escrutador observa, y se inmiscuye en las entrañas de la obra, hasta sacar fuera, desvelar y descomponer sus secretos. La sección violenta, viola lo que la pared -la cuarta pared- protege. Nada podrá acontecer fuera de la vista exigente del público. La pared, una membrana que distingue -y constituye- lo público y lo privado, lo propio y lo común, se derriba y todo queda a expensas del juicio público. Se puede hurgar con la vista en las intimidades de un lugar. Se le ha dado la vuelta como a un guante. Lo que no debería mostrarse -porque forma parte de un mundo propio-, lo que requeriría un consentimiento para dar paso a la vista, se ofrece impúdicamente a todos lo que no poseen la llave que abre un interior.
Proyectar es idear y materializar con diversos medios y bajo formas -gráficas, escritas, expresivas- un espacio propio: otorga un lugar a cada ser, lo emplaza, y le permite ser aquí, en un tiempo dado. Mas, este gesto requiere un previo destroce, a fin que todos estén seguros que nada de lo se resguarde escape a la ley. El mundo interior queda proscrito -o delimitado por un marco legal y especial que previamente tiene que haber sido escrutado, observado, analizado y descompuesto, asegurando así que nada que no esté previsto pueda acontecer. La arquitectura se erige así en un mecanismo legal que asigna a cada ser lo que podrá ser, lo que se espera que sea, un mecanismo de puesta en orden del mundo que la sección, como “parte” de un proyecto de vida expone crudamente. Nadie puede entrar a formar parte del mundo, de una comunidad, de un todo, sin que previamente se haya expuesto lo que se le concede, lo que podrá llevar a cabo, como deberá comportarse, como podrá o deberá organizar su vida entre paredes, en espacio que cualquiera puede conocer. De lo contrario, solo queda la retirada de la vida en común -el anacoretismo, el destierro, el suicidio. La vida en común tiene un precio. El arquitecto pone precio a la vida en común. Dice como se tiene que vivir y logra su propósito. Para el “bien” de la comunidad -o no-, a costa del ensimismamiento.
sábado, 6 de junio de 2026
Criada
“ “¡El cristianismo, al fin, y a pesar de la Magdalena, es religión de hombres -se decía Gertrudis [la tía Tula]; masculinos el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo…!” Pero ¿y la Madre? La religión de la Madre está en: “He aquí la criada del Señor; hágase en mí según tu palabra [Lc, I,38]” y en pedir a su Hijo que provea de vino a unas bodas, de vino que embriaga y alegra y hace olvidar penas, y para que el Hijo le diga: “¿Qué tengo yo que ver contigo, mujer? Aún no ha venido mi hora [Jn, II, 3-4].” ¿Qué tengo que ver contigo…? Y llamarle mujer y no madre…”
(Miguel de Unamuno: La tía Tula , XVII)
NB: escrita en 1903, La tía Tula es una de las mejores -si no la mejor- novelas en español, por lo menos. Novela seca, cortante, despiadada, abrupta, casi excesivamente lúcida y sutil. Obra de cirujano. Un monumento, a pesar (o quizá a causa) de su brevedad.
En estos días, el Padre holla tres ciudades españolas.
Allende (el palacio del rey-sacerdote Juan)
Fotos: Tocho, París, mayo de 2026
Érase una tierra más allá de las tierras; más allá de todo lo conocido. Se extendía desde Babilonia hasta donde la vista no alcanzaba. Una tierra que incluía un mar con olas pero sin agua y ríos de piedras, en los que se pescaban peces sabrosos como nunca se habían probado ; tierra de gemas, poblada por gigantes y pigmeos, por hombres con ojos delante y detrás de la cabeza, y por hombres con cuernos, recorrida por sátiros, esfinges y centauros, y rica en salamandras, que viven en el fuego, y se protegen en capullos de seda, tierras de la que mana leche y miel -el Paraíso se hallaba en el centro, y el país de las Amazonas en los márgenes-, y que mantenía a raya unas regiones malditas, que Alejandro Magno había dominado, tras las más encrespadas cordilleras, de las que, en día de la venida del Ante Cristo, descenderían hordas que asolarían Roma y la misma península ibérica hasta su mar de hielo.
Un rey-sacerdote, el sacerdote Juan, gobernaba estas tierras inimaginables, tan cerca y tan lejos del Olimpo y de Jerusalén. Vivías en un palacio resplandeciente, construido a imagen del castillo suspendido en el aire, construido por el apóstol Tomás, el patrón (aún hoy) de los arquitectos, para el Rey de la India.
Juan era sabio, justo, y cristiano. Su reino se hallaba rodeado de tierras infieles.
Se contaba que reyes más poderosos del mundo, y el mismo Papa, recibieron un día una carta de presentación del rey-sacerdote Juan. Esta carta, desde luego, llegó a la corte del emperador del Sacro Imperio Germánico, en las postrimerías de la alta Edad Media, en el siglo XI.
Se conocen copias de esta carta.
Pero nunca se pudo entrar en contacto con el rey-sacerdote Juan. Quizá la razón fuera, como se pensó tres siglos más tarde, que el rey -sacerdote Juan no viviera allende las montañas, donde el sol nace, sino más allá de los desiertos, allá donde la reina de Saba moraba y Salomón hizo construir un palacio, en el reino de Etiopía.
Nadie dudaba de la existencia del rey-sacerdote Juan. Salvo, sin duda, quien, un miembro de la corte imperial germánica, redactó la carta.
Hoy sabemos de presidentes a los que se les engaña haciéndoles creer en la existencia de letales armas casi inconcebibles -y siempre invisibles- para que declaren la guerra -santa- a dichos poseedores de armas de destrucción masiva y se hagan así con el botín de las riquezas de los países derrotados.
Esta práctica no es nueva. Hoy son filmaciones fraudulentas las pruebas de las mentiras; otrora, eran cartas.
Las cruzadas para liberar Tierra Santa amenazada por los infieles eran costosas y desastrosas. El emperador del sacro imperio germánico no se decidía a promover una nueva y decisiva cruzada. Mas, ¿podría esconder aún la cabeza si recibía una carta de un lejano rey cristiano que resistía la embestida de reinos infieles y estaba incluso decidido a entrar en guerra para liberar Jerusalén?. Si la distancia entre el oriente del oriente y Tierra Santa no asustaba al rey-sacerdote Juan, ¿iba el poderoso emperador germánico encogerse ante la poca distancia entre su imperio y Jerusalén? ¿Iba a flaquear y dudar ante el ímpetu del rey-sacerdote cristiano Juan?
La última cruzada, finalmente, fue lanzada. En el Próximo Orirnte, como era y es habitual.
El reino del rey-sacerdote Juan, tierra de abundancia y de santos, dominador de monstruos, cumplió así la finalidad de su existencia: una nueva Guerra Santa en unos años en que dicha guerra parecía una aventura cruenta y sin sentido.
Los mapas medievales ubicaban este fantástico reino, ora en Asia, ora en Egipto, un reino que suscitaba temores y esperanzas, y que gozaba del magnético poder de lo que no se puede ver ni alcanzar, pero que sabemos existe imaginativamente , el poder de lo que alienta la imaginación.
Una exposición, ya citada, en París, muestra varios de estos mapas en los que incluso se inscribe un retrato del rey-sacerdote Juan, sentado en Etiopía, o a la vera del imperio de Genghis Khan .
La imaginación es siempre creadora de una realidad más atractiva -y peligrosa-, más enigmática, desconcertante y deseada, que la que los sentidos alcanzan. Uns realidad que nos mantiene en vida y en vilo.
https://portail.biblissima.fr/ark:/43093/ifdata8b72ed5ffe0667957b8b1a66fb55fd99c95ebc15
https://www.bnf.fr/fr/agenda/cartes-imaginaires

































