Los ojos humanos no aguantan la visión de la belleza divina. Quedan deslumbrados, ciegos. Bien lo sufrió Semele, una humana, con quien Zeus, engañando, como era habitual en él, a su esposa, la diosa Hera, se acostaba, en lo hondo de una húmeda cueva, después de haber amortiguado el resplandor de su cuerpo, oscureciéndolo o afeándolo.
Hera descubrió con quien Zeus pasaba las noches. Descendió del Olimpio, se adentró en la cueva, descubrió a una pálida, mortal humana, y supo qué ocurría: Zeus se le aparecía disfrazado. Irónica, Hera le confesó, arteramente, que se apiadaba de ella: Semele no había contemplado nunca, como sí lo hacía ella, la diosa Hera, al padre de los dioses en todo su esplendor. Por la noche, inevitablemente, Semele rogó a su amante que le concediera un favor: que se mostrara, no a escondidas, sino tel como era. Zeus no pudo negarse. Satisfacía todos los deseos de Semele. Apenas se descubrió, Semele cayó fulminada.
Los pensadores neoplatónicos solventaron un dilema: los humanos admiramos la belleza, pero su personificación, la diosa Afrodita, es tan deslumbrante que es invisible, como el sol. No se puede ver a simple vista. Así, sostuvieron que la diosa Afrodita (o Venus) que aprecian, era la diosa de la belleza, ciertamente, pero revestida, para ocultar o amortiguar la excesiva belleza de su cuerpo. Si se desvistiera, lejos de acrecentar su hermosura, y el deseo que provocaría, su cuerpo se convertiría, a ojos humanos, en un agujero negro, y los humanos ya no serían capaces de apreciar belleza alguna; m ya no podrían ver nada. La irradiación del cuerpo desnudo les habría quemado los ojos.
La doble cara de la belleza, y por tanto su peligro, fue un tema recurrente siglos más tarde. En el romanticismo europeo, la belleza era un disfraz que ocultaba -y hacía soportable- la negrura, la fealdad y la capacidad destructiva o disolvente, corrosiva, del mundo terrenal. La belleza era una ficción que embellecía y disimulaba el horror. En este caso, lo hiriente no era la belleza, sino la fealdad. Las bellas maneras ofrecían una imagen soportable del vacío y la disolución, del ciego y despiadado ímpetu que nada detiene. Se trataba de una ficción asumible y asumida, que impedía ver la que no se podía ver sin caer en la desesperación: la negrura, la insensibilidad o inhumanidad del mundo.
En todos esos casos, la belleza era una irradiación -o era una sensación placentera, que llenaba y colmaba, suscitada por el encuentro con un ente o un ser pletórico de luz-, o bien era un velo, una disimulación: la cara amable -e irreal- del trasfondo o la doble cara, oculta, de la realidad, inevitablemente inaguantable sin la máscara de la belleza.
Quienes supieran aunar, en una misma imagen belleza y horror, fueron los artistas helenísticos, cuando invirtieron la representación de la Medusa, una de las horrísonas Gorgonas, cuya fealdad petrificaba. Las representaciones arcaicas y clásicas del monstruo insistían en la bestialidad y la deformidad del rostro: una ristra de afilados colmillos, unos ojos desorbitados, una lengua serpentina que colgaba ávida, en una faz chata, tumefacta. La visión del rostro desorbitados la Medusa, aureolada en ocasiones de serpientes enredadas, que componían una cabellera encrespada, aterrorizaba.
Más, a partir del siglo cuarto, la imagen cambió. El rostro se serenó, se dulcificó. Los rasgos bestiales desaparecieron. Lo que se revelaba , en cambio, era un rostro perfecto. Una fez que no se alteraba. Ninguna pasión interior la fruncía. Se trataba de un rostro liso, distante, inexpresivo. Inclasificable. Inhumano. Todo estaba en su lugar. Pero parecía una faz inerte, que no sintiera nada. Insensible, como si nada le llegara ni le afectara, como si no quisiera saber nada ni tener nada que “ver” con las preocupaciones y los deseos humanos. Un rostro que no era de este mundo. La extrañeza que produce, la inquietud que suscita este rostro, está muy lejos de la beatitud y del placer que una faz hermosa despierta. Lejos de gustar, el rostro liso de la Medusa helenístico repele.
La belleza requiere una mínima imperfección para ser humana, cercana, asumible: algún elemento que desentone apenas; un desajuste invisible y sin embargo perceptible aunque indefinible. Su ausencia, por el contrario, perturba, como perturba el silencio absoluto que debería tranquilizar por la ausencia de rumores y vibraciones que, en verdad, son signos de vitalidad. La frialdad, el silencio, la perfección solo rigen en el mundo de los muertos. La insensibilidad, el desafecto que expresa un rostro perfecto, provoca un rechazo, ahuyenta porque tememos que el hieratismo nos contagie, y ya no seamos capaces de apreciar las bellezas mundanas, imperfectas pero cercanas, humanas.

