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domingo, 7 de junio de 2026

Sección

 Cortar, recortar, trocear, laminar, hendir, romper, disgregar, dividir, destruir, destrozar, amputar, despellejar: los distintos significados del verbo latino seco recorren toda la gama de atentados que se pueden comentar sobre un ente o un ser. Evocan la agresión, la tortura, la muerte; el ejercicio de la violencia que concluye con la forzada separación de una parte de un todo, un corte profundo, una honda división que no se puede revertir. El daño cometido es irreversible. La unidad del ser ha sido afectada para siempre. Solo quedan miembros descompuestos que no pueden volver a juntarse. La descomposición aguarda a lo que ha sufrido el ensañamiento, cuyo último ultraje es la conversión en un botín en venta al mejor postor: también designa lo que se hace con la rapiña. Se la priva de su libertad, se la reduce a un mero objeto de una transacción comercial al mejor postor.

La sectio -sustantivo a partir del verbo antes citado- es, pues, el resultado de un golpe: un tajo practicado  en un ente o un ser, herido de muerte.

La descomposición resultante forma parte, paradójicamente, de los trabajos de composición del arquitecto. Junto con la planta y el alzado, la sección es un dibujo que todo proyecto debe incluir. Forma parte de la triada mínima que permite mostrar, componer y construir una obra. 

Una sección es una agresión necesaria que permite componer un edificio o un objeto. 

La obra no se muestra entera. Se le ha practicado un corte, gracias al cual se expone a la vista de todos un interior. La destrucción -la retirada, el desollamiento- de la piel, de una cara, un muro, revela lo que se escondía detrás, ubicado en el lugar que le correspondía, un lugar acotado, ubicado en una trama, relacionado con otras estancias. La sección expone lo que no se puede ver. La intimidad de una obra, su interior, sus interioridades quedan desprotegidas, desnudas. Solemos vivir en interiores; tratamos de construirnos un mínimo espacio propio incluso detrás desnudas unas cajas o unos cartones, como bien vemos en las calles de las grandes ciudades. La protección que ofrece el límite no es tanto física cuanto emocional. Nos retiramos, y nos encontramos con nosotros mismos, con nuestros pensamientos, miedos, sueños y pesadillas cuando nos levantamos una barrera, por débil y temporal o provisional que sea. Responde al gesto de quien se guarece. Este gesto, que alza una frontera y delimita el lugar, cierto o incierto, que ocupamos en el mundo -que el mundo nos concede-, queda neutralizado cuando prácticamente una sección. En una sección, el misterio -el alma- de una obra, que debe permanecer en secreto, a buen recaudo, protegido, y que da vida a la obra, se rompe y se disipa. La construcción requiere un gesto seco y violento, un corte, que asegure que no existen zonas en sombra, propias, que definen lo que un espacio personal es. El interior tiene que ofrecerse a la vista. La exposición es forzada, violenta. Un ojo escrutador observa, y se inmiscuye en las entrañas de la obra, hasta sacar fuera, desvelar y descomponer sus secretos. La sección violenta, viola lo que la pared -la cuarta pared- protege. Nada podrá acontecer fuera de la vista exigente del público. La pared, una membrana que distingue -y constituye- lo público y lo privado, lo propio y lo común, se derriba y todo queda a expensas del juicio público. Se puede hurgar con la vista en las intimidades de un lugar. Se le ha dado la vuelta como a un guante. Lo que no debería mostrarse -porque forma parte de un mundo propio-, lo que requeriría un consentimiento para dar paso a la vista, se ofrece impúdicamente a todos lo que no poseen la llave que abre un interior.

Proyectar es idear y materializar con diversos medios y bajo formas -gráficas, escritas, expresivas- un espacio propio: otorga un lugar a cada ser, lo emplaza, y le permite ser aquí, en un tiempo dado. Mas, este gesto requiere un previo destroce, a fin que todos estén seguros que nada de lo se resguarde escape a la ley. El mundo interior queda proscrito -o delimitado por un marco legal y especial que previamente tiene que haber sido escrutado, observado, analizado y descompuesto, asegurando así que nada que no esté previsto pueda acontecer. La arquitectura se erige así en un mecanismo legal que asigna a cada ser lo que podrá ser, lo que se espera que sea, un mecanismo de puesta en orden del mundo que la sección, como “parte” de un proyecto de vida expone crudamente. Nadie puede entrar a formar parte del mundo, de una comunidad, de un todo, sin que previamente se haya expuesto lo que se le concede, lo que podrá llevar a cabo, como deberá comportarse, como podrá o deberá organizar su vida entre paredes, en espacio que cualquiera puede conocer. De lo contrario, solo queda la retirada de la vida en común -el anacoretismo, el destierro, el suicidio. La vida en común tiene un precio. El arquitecto pone precio a la vida en común. Dice como se tiene que vivir y logra su propósito. Para el “bien” de la comunidad -o no-, a costa del ensimismamiento. 

martes, 5 de mayo de 2026

Lo común y lo singular

 Lo común es la cualidad de lo que se ofrece o se posee en común: un bien (en) común. Lo común se comparte. No es de nadie, sino de todos. 

Lo común exige -y funda- una comunidad. Ésta dispone de riquezas, valores y creencias comunes, sin las cuales la comunidad no consiste sino en una agrupación casual de seres encerrados en sí mismos. 

Lo común exige apertura de miras y disponibilidad para abrirse a los demás. Los secretos, las mentiras están proscritos, lo que no implica que no se goce de vida interior y propia. Pero ésta no altera ni se opone a los sueños y deseos de cada uno de los miembros de una comunidad que no está conformada por una masa anónima, sino por sujetos que voluntariamente se han unido, dispuestos a compartir lo que tienen y lo que creen; bienes que, ubicados en el centro de la comunidad, la alimentan.

Las lenguas latinas distinguen el singular del plural. La lengua francesa exacerba esta diferencia. Las palabras llegan a alterarse tanto que apenas se reconocen como variantes de un mismo término: mientras el español y el catalán suele añadir una letra -una ese- al final de la palabra, y el italiano procede a un cambio de la última vocal, el francés introduce cambios significativos. Por ejemplo, caballo/caballos, o cavallo/cavalli, deviene cheval/chevaux. ¿Quién reconoce en el francés yeux el plural de oeil (ojo) que posee incluso en su centro una nueva vocal: œ, con un sonido propio

El singular se distingue del plural, y la distinción es un atributo apreciado en la visión del mundo occidental. Lo singular implica excelencia. Contiene, bien es cierto, cierta dosis de rareza, incluso de (aparente o involuntaria) imperfección, pero ésta realza lo singular: lo alza pie encima de los demás. La regularidad es mediocre : se halla en medio, no destaca; no llama la atención, pasa desapercibida, como si no tuviera relieve. Plana, chata, no tiene vida propia, no existe.

Lo singular domina la masa y lo común. Lo singular no es común, sino extraordinario. Singularizar significa distinguirse, apartarse, marcar y mantener las distancias con los demás. Lo singular es raro, es decir incomprensible, imprevisible. No responde a valores ni criterios conocidos, compartidos. 

Un ente o un ser singular es único, y la unicidad es un valor que prima en el imaginario occidental. Bien lo destacó el filósofo Walter Benjamín cuando dispuso que el aura, una cualidad mágica, impalpable, pero imperiosa, ciñe y aísla la obra de arte y le confiere un aire que la desmarca de los útiles, los enseres de uso diario, comunes.

La dicotomía singular/común estructura la visión o teoría del arte en occidente (o europeo). Aquélla fue llevada al extremo -o se jugó con ella-, a principios del siglo XX, cuando objetos comunes como una pala o una funda de máquina de escribir, abandonaron el mundo de los objetos anónimos, para acceder al de las obras de arte o sagradas. Eran comunes; devinieron singulares. La cualidad “artística” se alcanzó mediante la palabra. Adquirieron un nombre propio, que solo les pertenecía a cada uno de ellos, les identificaba, les singularizaba. Lo común posee un nombre de familia. Lo singular se apoya en el nombre propio -que no comparte con nadie. ¡Ay de quién posee el mismo nombre que otro ser!. Ambos parecen querer confundir y, por tanto, se les supone oscuras intenciones Tener un nombre “común” es propio del vulgo: uns vulgaridad. Y la vulgaridad se asocia a la falta dd cultura, la barbarie, que marca a quienes no han logrado crear comunidades, de la que se distinguen los seres singulares. Pues la singularidad, no solo para brillar, sino tan solo para existir, requiere, paradójicamente, la existencia previa de lo común. La singularidad sólo adquiere sentido a la vista de los demás, quienes, al reconocerla y apreciarla, le confieren el aura que corona lo singular. Lo singular existe en los ojos de lo común.

La diferencia entre los útiles y los iconos reside en una letra. Ésta concede letras de nobleza a lo que se adscribe. La buena letra que permite reconocer, identificar y aislar, lo común, entendido como lo grosero, banal, impersonal -que tales son también los significados de la palabra común, sin tener que evocar el mundo de los comunes o letrinas-, de lo personal, altamente valorado por su singularidad, su carácter único , reconocible a la legua, imposible de confundir y de ser confundido.

Mas, cabría preguntarse si esta división acentuada entre lo común y lo singular (que alimenta la noción de genio y se alimenta de ella, exacerbando la superioridad de uno sobre el conjunto de seres) que recorre y estructura la noción de arte europeo desde el Renacimiento -aunque  ya presente en la concepción platónica del arte, si bien, en este caso, los valores que posee lo singular se ponen a disposición, mediante la educación, y se transmiten, de la comunidad, en un logrado puente entre lo singular y lo común-, no ha acabado por ser una amenaza para la vida en común. Compartir es lo que da sentido a la vida, que la compartimentación corroe.

viernes, 3 de abril de 2026

LOLITA (1958): SAETA (1975)

 


Letra: poema de Antonio Machado

Música: Juan Manuel Serrat (compuesta en 1969)


Saeta (flecha, en latín): dardo doliente cantado al paso del paso de Semana Santa, con la efigie de Cristo agonizante  en la cruz 



(Agradecimientos a CP por la comunicación de la canción original, con la corroboración de LF, camino de la procesión del Silencio en Badalona)