Cortar, recortar, trocear, laminar, hendir, romper, disgregar, dividir, destruir, destrozar, amputar, despellejar: los distintos significados del verbo latino seco recorren toda la gama de atentados que se pueden comentar sobre un ente o un ser. Evocan la agresión, la tortura, la muerte; el ejercicio de la violencia que concluye con la forzada separación de una parte de un todo, un corte profundo, una honda división que no se puede revertir. El daño cometido es irreversible. La unidad del ser ha sido afectada para siempre. Solo quedan miembros descompuestos que no pueden volver a juntarse. La descomposición aguarda a lo que ha sufrido el ensañamiento, cuyo último ultraje es la conversión en un botín en venta al mejor postor: también designa lo que se hace con la rapiña. Se la priva de su libertad, se la reduce a un mero objeto de una transacción comercial al mejor postor.
La sectio -sustantivo a partir del verbo antes citado- es, pues, el resultado de un golpe: un tajo practicado en un ente o un ser, herido de muerte.
La descomposición resultante forma parte, paradójicamente, de los trabajos de composición del arquitecto. Junto con la planta y el alzado, la sección es un dibujo que todo proyecto debe incluir. Forma parte de la triada mínima que permite mostrar, componer y construir una obra.
Una sección es una agresión necesaria que permite componer un edificio o un objeto.
La obra no se muestra entera. Se le ha practicado un corte, gracias al cual se expone a la vista de todos un interior. La destrucción -la retirada, el desollamiento- de la piel, de una cara, un muro, revela lo que se escondía detrás, ubicado en el lugar que le correspondía, un lugar acotado, ubicado en una trama, relacionado con otras estancias. La sección expone lo que no se puede ver. La intimidad de una obra, su interior, sus interioridades quedan desprotegidas, desnudas. Solemos vivir en interiores; tratamos de construirnos un mínimo espacio propio incluso detrás desnudas unas cajas o unos cartones, como bien vemos en las calles de las grandes ciudades. La protección que ofrece el límite no es tanto física cuanto emocional. Nos retiramos, y nos encontramos con nosotros mismos, con nuestros pensamientos, miedos, sueños y pesadillas cuando nos levantamos una barrera, por débil y temporal o provisional que sea. Responde al gesto de quien se guarece. Este gesto, que alza una frontera y delimita el lugar, cierto o incierto, que ocupamos en el mundo -que el mundo nos concede-, queda neutralizado cuando prácticamente una sección. En una sección, el misterio -el alma- de una obra, que debe permanecer en secreto, a buen recaudo, protegido, y que da vida a la obra, se rompe y se disipa. La construcción requiere un gesto seco y violento, un corte, que asegure que no existen zonas en sombra, propias, que definen lo que un espacio personal es. El interior tiene que ofrecerse a la vista. La exposición es forzada, violenta. Un ojo escrutador observa, y se inmiscuye en las entrañas de la obra, hasta sacar fuera, desvelar y descomponer sus secretos. La sección violenta, viola lo que la pared -la cuarta pared- protege. Nada podrá acontecer fuera de la vista exigente del público. La pared, una membrana que distingue -y constituye- lo público y lo privado, lo propio y lo común, se derriba y todo queda a expensas del juicio público. Se puede hurgar con la vista en las intimidades de un lugar. Se le ha dado la vuelta como a un guante. Lo que no debería mostrarse -porque forma parte de un mundo propio-, lo que requeriría un consentimiento para dar paso a la vista, se ofrece impúdicamente a todos lo que no poseen la llave que abre un interior.
Proyectar es idear y materializar con diversos medios y bajo formas -gráficas, escritas, expresivas- un espacio propio: otorga un lugar a cada ser, lo emplaza, y le permite ser aquí, en un tiempo dado. Mas, este gesto requiere un previo destroce, a fin que todos estén seguros que nada de lo se resguarde escape a la ley. El mundo interior queda proscrito -o delimitado por un marco legal y especial que previamente tiene que haber sido escrutado, observado, analizado y descompuesto, asegurando así que nada que no esté previsto pueda acontecer. La arquitectura se erige así en un mecanismo legal que asigna a cada ser lo que podrá ser, lo que se espera que sea, un mecanismo de puesta en orden del mundo que la sección, como “parte” de un proyecto de vida expone crudamente. Nadie puede entrar a formar parte del mundo, de una comunidad, de un todo, sin que previamente se haya expuesto lo que se le concede, lo que podrá llevar a cabo, como deberá comportarse, como podrá o deberá organizar su vida entre paredes, en espacio que cualquiera puede conocer. De lo contrario, solo queda la retirada de la vida en común -el anacoretismo, el destierro, el suicidio. La vida en común tiene un precio. El arquitecto pone precio a la vida en común. Dice como se tiene que vivir y logra su propósito. Para el “bien” de la comunidad -o no-, a costa del ensimismamiento.
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