jueves, 4 de junio de 2026

El cuerpo de la divinidad (Corpus Christi)

 


Entre el estallido de los petardos centelleantes y el creciente humo que se desprende, las bocanadas de fuego exhaladas por temibles esculturas sobre ruedas que representan al dragón vencido por el arcángel San Miguel y a los enfieles y los poderes demoníacos derrotados por la luz del cuerpo resplandeciente de la divinidad “verdadera” -una escenificación simbólica común en la península, la fuerza física, que no espiritual, visualizándose por otro carro en forma de águila, está vez,  que representa al rey, al poder real bajo el cual se refugia el pueblo-, y el discurrir silencioso de tapices de flores por las callejuelas de los cascos antiguos urbanos, entre la llameante fiesta vengativa de la fiesta de la Patum -el nombre evocarla ensordecedor redoble de los tambores que anuncian la victoria del fuego sobre el hielo- de Berga que celebra el triunfo del cristianismo sobre el paganismo y el islam, y las alfombras florales de Sitges, hoy, jueves, tras sesenta días de la Resurrección del hijo de dios -desprendido de su condición humana para revelar su cegadora condición divina ya no opacada por la carne-, se celebra el culto de origen medieval, aún vivo, al Corpus Christi, o la adoración al cuerpo humano del hijo de dios, matizando así el culto a su sola condición divina manifestada dos meses lunares antes (Resurrección Pascual).

La fiesta de la hostia sagrada: una procesión que completa las manifestaciones de fuego y flores, del estallido vital, antes descrito, consistente en un desfile enarbolando un ostensorio: un estandarte de oro que exhibe una hostia consagrada, ofrecidas a la contemplación y adoración de los fieles. 

Recordemos lo que es una hostia: un círculo -una forma perfecta sin principio ni final- de pan ácimo que, tras ser bendecido, sufre una transubstanciación, esto es, un cambio sustancial, sin cambio formal alguno, un cambio esencial no visible -un cambio opuesto a la metamorfosis que conlleva un cambio formal sin alteración sustancial: así, por ejemplo, el joven Narciso siguió siendo quien es pese a haber sido convertido en una flor, mientras que el pan siguió pareciendo pan, sabiendo a pan, pero ya no era un alimento de origen vegetal, sino animal: su sustancia, tras un ritual consistente en fórmulas y gestos, palabras y ademanes, invocaciones y movimientos, era ahora divina: se ha convertido en el cuerpo humano de la divinidad. Todo lo que se refiere a las sensaciones, al mundo sensible -tacto, olor, color- no se altera, pero lo que estas cualidades sensibles encierran, se modifica. El pan deviene, pese a que las evidencias no lo revelan, en un ente vivo y sobrenatural: la fe o la creencia, y no la evidencia, manifiestan esta alteración sustancial.

Esta operación mágica revive o rememora un hecho acaecido en los orígenes de los tiempos renovados, protagonizado por la propia divinidad convertida en un ser humano. A fin de manifestar el sentido de su paso por la tierra y de su asunción de la naturaleza y la condición humanas, la divinidad organizó un banquete, la llamada Santa Cena,  en el que ofreció alimentos materiales y un manjar espiritual. Este consistió en la distribución entre los comensales de parte de su cuerpo o de su carne -carne humana unida a la luz divina, lo material y lo inmaterial, lo carnal y lo espiritual unidos- a fin que aquellos pudieran comulgar, es decir, ingerir sustancia divina a través de un bocado material, y beneficiarse del íntimo contacto con la divinidad. Ésta se ofrecía u ofrendada a sus seguidores. Se distribuía entre ellos. De este modo, habiéndose alimentado con un alimento sobrenatural -pan que es y no es pan-, los fieles ya no temerían  a la muerte, sino que podrían esperar seguir viviendo, ya sin limitaciones corporales, tras la muerte.

La fiesta religiosa del Corpus Christi, ten cercana a la magia y al teatro (la magia del teatro, del arte, del gesto desprendido, de la representación creadora de ilusiones), expresa lo característico del cristianismo, “es” esta religión: la creencia en la existencia pasada, presente y futura, en una divinidad que se convirtió en un ser humano, naciendo viviendo y muriendo, alegrándose y padeciendo, para, asumiendo la mortal condición humana, liberar a los humanos de la muerte o del miedo a la muerte y ofrecerles la esperanza en una vida futura luminosa tras la noche del fallecimiento, como si -el como si teatral o autosacramental es central en el cristianismo- la muerte no fuera un final, sino un tránsito hacia un renacer.

 Dicha fiesta, así, renueva la esperanza en el renacer que la primavera trae -como todos los cultos politeístas y monoteístas celebran. Una fiesta de luces, el estruendo de la vida opuesto al frío silencio de la muerte, y un nuevo florecimiento. 

Desde luego, una cuestión de fe, en la que todos, fieles y no creyentes pueden participar. Una fiesta de la comunidad compartiendo valores e ilusiones. 


Para FA en Sitges 

miércoles, 3 de junio de 2026

JOSÉ ROMERO AGUIRRE (1922-1979): IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN (ZARAGOZA, 1962)















Fotos: Tocho, Zaragoza, junio de 2026


Hoy que tanto se alaban los colores chillones del templo expiatorio de la Sagrada Familia, iniciada por Antonio Gaudí a partir de una construcción neogótica anterior, y concluida por programas informáticos, en Barcelona, quizá debamos volver la vista hacia las iglesias de Miguel Fisac en Madrid y José Romero Aguirre en Zaragoza , sumidas en la penumbra, que realzan muros de tramas irregulares de densas luces de colores -la luz, necesariamente inmaterial, intangible, puede ser tan grávida y densa como el agua de las profundidades marinas en las que apenas alcanza la luz, y se diría que podría recogerse en el cuenco de las manos-, luces sombrías que parecen emanar  de no se sabe dónde.

La iglesia del Carmen de Zaragoza -que forma parte de un conjunto que ocupa una manzana entera y se completa con un colegio mayor y una Residencia para religiosas, que recuerdan la arquitectura holandesa de ladrillo de los años veinte del siglo pasado-, vacía, y sumida en silencio, invita a caminar con cuidado y hablar quedamente para que las capas de colores no tiriten y  ya no encuentren su lugar.
 

La isla de las siete ciudades





La isla de las siete ciudades acogía a trescientas urbes. Todas estaban bien planificadas; seguían el culto católico.

La isla se ubicaba en el océano proceloso.

Éste se abría pasadas las columnas de Hércules: un mar brumoso, salpicado de islas, unas fijas y otras a la deriva, unas visibles y otras de las que solo se conocía el nombre, existentes pero invisibles, unas islas con el mismo nombre, como si fueren gemelas, aunque distintas entre sí, unas pobladas de dragones y otras de humanos que habían escapado de los males que arrasaban la lejana tierra firme. Se conocía incluso una isla que no se conocía: la isla No-Hallada.

Solo los marineros más encallecidos, a partir de la baja Edad Media y el Renacimiento, se aventuraron por el océano proceloso , atraídos a menudo por estas islas de las que se contaban maravillas aunque su ubicación era incierta. Estaban y no estaban. Deslumbraban,  pero nadie quería regresar a ellas. Islas peligrosas por la fascinación y el miedo que suscitaban.

Con el avance de los árabes, en el siglo VIII, siete obispos de la península ibérica reunieron a sus familias y sus bienes, sus rebaños y la servidumbre, y se refugiaron en la ciudad de Porto. Las noticias sobre el trato que los cristianos recibían por parte de los infieles, les impulsaron a embarcarse, en busca de una isla donde poder refugiarse. La hallaron: una isla rectangular, con siete bahías. Recibió el enigmático nombre de Antilia, o de la Isla de las Siete Ciudades, que los siete obispos fundaron.

¿Dónde se ubicaba esta isla? ¿En Terra Nova, cerca de las Indias -de ahí quizá su nombre-, o en las Antillas? En verdad, estaba emplazada, amén de hallarse en los recuerdos de los navegantes, y en los rumores de las tabernas,  en las cartas marítimas compuestas en los siglos XV y XVI: cartas en las que se conjugaba lo real y lo imaginario, sin que se pudiera discernir qué  era real y qué no, ya que todo lo que quedaba registrado en los mapas adquiría verosimilitud; atestiguaban que todo lo existía mostraban y nombraban, aunque nadie lo hubiera visto, solo escuchado o leído, en relatos orales o escritos. Eran tiempos en los que la realidad era el fruto del acto creativo humano, que daba crédito y nombre a sus temores y sus ensoñaciones -como hoy, aunque las ansias y los miedos susciten realidades más o menos creíbles, más banales o más oscuras. 

La isla de las siete ciudades empezó a perderse en la bruma a principios del siglo XVII. Su crédito disminuyó, sobre todo porque, en contra de lo que se había pronosticado, seguía siendo una ciudad invisible -poblada por cuarenta veces más ciudades que las siete originarias-, pese a que los infieles habían sido echados de la península ibérica. Se perdieron. Y no han vuelto a ser halladas.

Aunque una maravillosa exposición sobre cartas de tierras imaginarias en la Biblioteca nacional de París ha devuelto a la vida a las isla de las siete ciudades, así como a…..

(seguirá)

https://www.bnf.fr/fr/agenda/cartes-imaginaires


A HelenaTatay, doctora, por su espléndida tesis doctoral -Cum Laude- sobre el poder creador de los mapas, que no solo dan cuenta de lo que ya existe, sino que fundan el mundo y lo abren al conocimiento. 




domingo, 31 de mayo de 2026

JEAN ROUCH (1917-2004) & EDGAR MORIN (1921-2026): CHRONIQUE D´UN ÉTÉ (PARIS - CRÓNICA DE UN VERANO, 1961)



1961: el año de las películas Las vacaciones del señor Hulot, de Jacques Tati, La Dolce Vita, de Federico Fellini, Hiroshima mon amour, de Alain Resnais, La fuente, de Ingmar Bergman, Rocco y sus hermanos, de Luchino Visconti, y Milagro en Milán, de Vittorio de Sica. 
Y el año de la masacre del 17 de octubre en París de manifestantes pacifistas argelinos por la policia, en el año álgido de la espeluznante guerra de independencia de Argelia, que configuraré la Francia moderna, marcada por la descolonización y la apresurada creación de las densas "ciudades nuevas" de hormigón en la periferia de París, entre la arquitectura y el urbanismo modernos "experimentales" y la colmena  -si se pueden siempre distinguir.
El año también en que supervivientes franceses judios de los campos de exterminio nazis, arrestados en Francia, fruto del colaboracionismo, empiezan a contar su historia, alusiva o frontalmente -como ocurre en el documental.

Crónica de un verano -premiada en el festival de Cannes- se presentaba como una muestra -la primera muestra- de "cine-verdad": la verdad no pertenecía al mundo de la ficción, se suponía. Pero quienes aparecen en este "documental" no son todos ni personas anónimas ni sin relación con el mundo del cine. Intervienen, así, un joven Régis Debray -escritor, militante y político, entonces estudiante universitario en la prestigiosa École Normale-, una directora de cine, Marceline Loridan, y una actriz y directora de cine italiana, Marilù Parolini, posteriormente pareja del "mítico" director de cine Jacques Rivette, un pilar de la "nouvelle Vague", director de la célebre Céline et Julie vont en bateau, de trece horas de duración. 
En cualquier caso, la película contó con el apoyo del Comité de Cine Antropológico del Museo del Hombre de París Co-dirigida por por el documentalista y etnógrafo francés Jean Rouch, especialista en la cultura de los Dogon, y por el sociólogo francés, fallecido ayer, Edgar Morin.
Existe una versión, nunca proyectada en público, de seis horas, y numerosos homenajes y versiones, realizadas decenas de años más tarde, con los mismos participantes, de este documento fílmico fundamental sobre la vida en una gran ciudad. 
La película se reestrenó cincuenta años más tarde, en 2011.

La película está en lengua original francesa. No tiene subtítulos.
Se encuentra también legalmente en Youtube -con publicidad. Creo que se pueden activar subtítulos en francés: 

sábado, 30 de mayo de 2026

HENRI ROUSSEAU (LE DOUANIER ROUSSEAU - EL ADUANERO ROUSSEAU, 1844-1910): ARQUITECTURA Y CIUDAD









 Fotos: Tocho, París, mayo de 2026


Considerar que el pintor francés Henri Rousseau -que hoy se puede calificar de pintor “naïf”- haya podido aportar un punto de vista sobre la ciudad en transición, de la ciudad aún amurallada a la ciudad rodeada de barrios periféricos industriales, asaetados por altas chimeneas fabriles, puede ser una exageración o un comentario fuera de lugar.
Mas, aunque Rousseau fuera un modesto funcionario público que se inició tardíamente al arte -tras seguir una formación como pintor, y obtener el reconocimiento de artistas de vanguardia, marchantes y coleccionistas de arte moderno en los inicios del siglo XX-, que su torpeza como pintor naturalista sea entre entrañable y risible, y que sus obras maestras representen selvas oníricas con animales salvajes infantiles, en composiciones fascinantes, por la perfección técnica y el atrevimiento compositivo, fue también un pintor atento a la vida urbana y la importancia de barriadas y edificios sueltos -modestos, comunes, sin ínfulas, lejos de los palacios y los templos-, en la configuración del espacio periférico.
 Sus edificios fueron pintados del natural, cuidando los detalles, unos edificios modestos que jugaban un papel importante en la vida de barrios y comunas extramuros. Rousseau no inventaba. En todo caso, transfiguraba. Y sus cuadros de los entornos de París, así como de la propia ciudad, a menudo reflejan mejor la vida de y cerca de la ciudad, aun marcada por el campo, que los que los impresionistas compusieron.

Una maravillosa exposición antológica en París, hoy, da cuenta de lo que debemos a Rousseau, con una sonrisa, es cierto, admirativa y estupefacta. 



viernes, 29 de mayo de 2026

HILMA AF KLINT (1862-1944) Y LA MITOLOGÍA MESOPOTÁMICA


















 
La pintora luterana sueca, Hilda af Klint, se dedicaba, a principios del siglo XX, al ocultismo y pintaba lo que “espíritus” le dictaban u ordenaban. Formó parte de varias sectas.
Su obra se compuso a partir de formas geométricas usuales en el espiritismo: círculos concéntricos, triángulos, rayos, cruces, con los que plasmar las “verdades” superiores que los poderes ocultos le transmitían. 
Hilda af Klint no era una echadora de cartas dedicada a esquilmar a incautos que pretendían conocer el porvenir. Por otra parte, siguió estudios de bellas artes.

Su obra, descubierta, por indicación suya, veinte años después de su muerte, ha sorprendido, y sus pinturas, que mezclan elementos naturalistas y geométricos -pinturas religiosas, según afirmaba, guías gráficas espirituales- han sido calificadas de abstractas, las primeras obras abstractas, toda vez que artistas voluntariamente abstractos, pocos años más tarde, como Kandinsky, y el primer Mondrian, también quedaron prendados de espiritismo y quisieron reflejar lo que dichas voces les inculcaban, formas que no se podían ver en condiciones normales.
Posiblemente se haya magnificado la obra de Hilma af Klint, pero sobresale un motivo -pintado como una trémula aparición de un espectro: la lucha de San Jorge y el dragón, semejante a que sostenía el Arcángel Miguel y el demonio en forma de bestia y, en último término, el enfrentamiento entre el dios mesopotámico Ninurta y una divinidad en forma de serpiente, un motivo tradicional  que expresa la oposición entre la luz y las tinieblas, finalmente derrotadas, una victoria de la luz que, ciertamente, casa mal con la creencia en el ocultismo.

La lucha entre la luz y la noche es un motivo recurrente en los orígenes míticos de la arquitectura, percibida como la domesticación del mundo y el triunfo del orden -que la planificación urbana acarrea- sobre el caos -la selva-, pese a que, en algunas culturas del próximo oriente y romana, en los inicios, érase un paraíso que la irrupción del ser humano, y su voluntad de dominación, trastocó, destruyó.

Una exposición sobre el arte religioso de esta artista, hoy, en París, pone en evidencia las obsesiones -y la capacidad de trabajo y compositiva- de esta artista singular, marcada más por la pintura medieval que por el arte moderno de principios del siglo xx, una influencia que, paradójicamente, la ha propulsado a la cabeza de los pintores vanguardistas.
De nuevo, mirando hacia  atrás es como, posiblemente, se avanza con más seguridad y certeza.

jueves, 28 de mayo de 2026

ALEXANDER CALDER (1898-1976) Y LA ARQUITECTURA: TOWERS (1951)










 
Fotos: Tocho, París, mayo de 2026 & Google Images


No todos los móviles -así Marcel Duchamp denominó las frágiles esculturas de alambres que Calder compuso desde finales de los años veinte- cuelgan del techo o se apoyan en una base. 
En los años cincuenta, Calder, ironizando sobre la contundencia y pesadez de los rascacielos hincados como estacas, unas junto a otras, componiendo barreras de afiladas puntas, en las ciudades norteamericanas, construyó algunas de las más delicadas, casi invisibles esculturas de finas varillas metálicas, dispuestas en la parte alta de las paredes, como extraños insectos. 
Estas esculturas móviles se componen de un cuerpo más o menos piramidal, semejante a un sombrero puntiagudo de bruja, levemente ladeado, delineado por alambres negros,  del que brotan, como de un tronco podado, hojas, filamentos, y del que cuelgan suspendidos en el aire, pequeños y aéreos objetos de diversos materiales, que rondan el cuerpo central. 
Como en un mundo al revés, las torres -tal es el nombre que reciben este tipo de esculturas- nacen de planos verticales, y parecen ascender por éstos. Podrían ser ménsulas o lámparas de pared, pero más se asemejan a un organismo vivo que hubiera decidido escapar por lo alto, cansado de ser una torre convencional, que le sacara la lengua a la ley de lagravedad. Un soplo dedicada aire fresco siempre necesario en la “gravedad” de la arquitectura.. 

Varias de estas obras se exponen en una espléndida y muy bien montada exposición antológica dedicada a Calder en París.