sábado, 16 de mayo de 2026

El perdón y la tortura : Eugenio Cajés, San Sebastián, s. XVI




 Foto: Tocho, Galería Nacional de Dinamarca, Copenhague (Dinamarca), mayo de 2026


Perdónales, porque no saben lo que hacen: el grito del hijo de dios a su padre mientras le están ejecutando, condenándolo a una muerte atroz, una larga agonía clavado en la cruz hincada en el monte Gólgota -que significa Calavera- de Jerusalén, en el fundamento del amor cristiano: un amor desinteresado hacia quien no lo merece; el amor a quien te daña, te mata.
Las espeluznantes escenas de tortura cristianas -al nivel de los antiguos sacrificios sanguinolentos de culturas amerindias, quizá incluso más incomprensibles si cabe  porque eran gratuitas-, desplegadas en los templos y en los palacios, y hoy en los museos, como esta imagen particularmente retorcida del pintor manierista español de origen italiano Eugenio Gajés -una cumbre el manierismo-, son una paradójica muestra de amor: amor y perdón, expresión de amor, por quien te sesga la vida infringiéndote todo el daño posible, hasta una muerte agónica, a fin de poner a prueba la grandeza del corazón, capaz de obviar o acallar las lógicas y humanas ansias de venganza, y que sea la divinidad que decida sobre la vida del torturador en el más allá. Que ningún mortal se arrope un juicio que no le incumbe pues afecta el destino final tras la muerte.
La tortura pone a prueba la confianza de la víctima en la divinidad y deja que ella, en su omnipotencia y omnisciencia, decida sobre la suerte del torturador, expresando así que nadie escapa a la mirada divina.
El perdón es un sentimiento complejo y paradójico que requiere la previa humillación para manifestarse. Con el perdón aumenta el refinamiento de la tortura que engrandece el desprendimiento del perdón. 



  

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