La joyería sea quizá el arte por excelencia: el arte de fabricar manualmente un presente, un regalo. Una actividad desinteresada, en la que se vuelca conocimientos y habilidades para honrar y colmar al otro; o, mejor dicho, un trabajo cuyo único interés perseguido es la satisfacción del receptor de nuestra entrega, con el que establecemos buenas relaciones con nuestra ofrenda. Una joya es lo más valioso e íntimo que podemos entregar. La relación de buena vecindad, la complicidad se da y se teje en este acto de transmisión o de transferencia de un objeto en el que hemos volcado todo lo que somos y sabemos. Un objeto diminuto, una pequeña joya símbolo de nuestros desvelos. La joya nos representa y adquiere pleno sentido, ilumina una relación, deslumbra, en el momento, durante el ritual de la entrega. A partir de entonces, el presente no solo se guarda sino que se porta. Quien nos ha regalado está, a través de la joya, con nosotros.
Casi podemos intuir de dónde deriva la palabra joya (joia en catalán, joyau en francés, jewel en inglés...): de iocus, que en latín significa juego, y que ha dado también la palabra francesa joie: alegría.
Con la joya se tejen el juego y la fiesta, la entrega y el desbordamiento. Una joya es una iluminación, que colma una vida. La joya aporta luz; despierta sonrisa; diluye enfrentamientos; trae complicidades, en un ritual de creación y entrega que se presenta como un modelo de relación humana. La comunidad se organiza y se consolida a través de estos gestos de creación para alegrar la vida y honrar a los demás, gestos que dan vida.
Una joya dice más que una palabra. O, mejor dicho, una joya es una palabra cincelada, gracias a la cual establecemos contactos duraderos y solventamos reticencias.
Pero la palabra joya se relaciona con un nombre propio (ambos términos tienen una misma raíz, que también ha dado la palabra juglar: poeta, maestro de la palabra, que compone, recita y canta, que cuenta y advierte): Jocasta. Jocasta era la reina de Tebas. Esposada con el rey Layo, no hizo caso de un oráculo. No quiso creer en la palabra divino que le avisaba que no tuviera descendencia, pues el hijo deseado que no debería haber nacido causaría la desgracia de la familia. Ya sabemos cómo concluye la historia. Nació Edipo, que fue un mal aún mayor de lo advertido; mató a su padre y se esposó con su madre con quien tuvo descendencia. Todos lo pagarán con su vida. Edipo fue un regalo envenenado. Jocasta y Edipo se suicidaron; en el caso de Edipo, tras arrancarse los ojos.
Las joyas presiden juegos y rituales; aportan alegría. Pero son palabras sagradas, que hacen ver lo que ni siquiera las palabras pueden apuntar y significar. Las joyas son un idioma universal, un símbolo, un creador de lo que nos constituye como humanos, antes incluso que la palabra, al que debemos prestar toda la atención, al que no podemos hacer oídos sordos so pena del castigo de una vida: la joya express el desvelo, la preocupación, el cuidado, el reconocimiento del otro al que entregamos lo más valioso que hemos podido crear: una ofrenda resplandeciente que diluye la oscuridad, los nubarrones que siempre amenazan las frágiles connivencias, el tejido social a merced del desgarro, de un paso en falso, un gesto malinterpretado.
La exposición Picasso y la joya de artista, que se inaugura próximamente en el Museo Picasso de Barcelona, trata precisamente de la importancia de la joya en las relaciones humanas, de la entrega y de la compra de voluntades, de deseos alentados y satisfechos, de nuestra capacidad para entregarnos, contando lo que las palabras no llegan a contar. Cuando la palabra se siente impotente, la joya, el presente, la ofrenda, dice lo indecible. Wittgenstein no lo supo: podemos ir más allá de las palabras, con entrega y generosidad, con el lenguaje de las joyas.
Para Montse D., la mejor joyera de Barcelona














































