Fotos: Tocho, marzo de 2026
Una indiferente exposición de arte contemporáneo, promovida por una acaudalada coleccionista en un templo , dentro del marco de las actividades de la feria de arte contemporáneo ARCO en Madrid, ha permitido la apertura de las puertas y la visita hasta los últimos recovecos de una notable iglesia parroquial de hormigón, del mejor arquitecto español del siglo XX, Miguel Fisac, en un polígono, asentado en un terreno con pronunciados desniveles, en el barrio de Moratalaz, en la periferia oriental de Madrid.
El cuerpo central, que se despliega en un volumen de planta rectangular, se asemeja a una capa extendida o un ave de alas extendidas, cuyos límites ondulados están formados por entrantes y salientes que, por un lado evitan la reverberación del sonido y, por otro, abren concavidades detrás del altar mayor que acogen un crucifijo, reducido a un rasguño que flota en la curva que el ábside apunta, un púlpito y un sagrario, dispersando así la figura y la voz de la divinidad.
De lejos, la iglesia apenas se reconoce. La planta y el volumen evitan que la singularidad de un templo se perciba en favor de un edificio más integrado en un barrio modesto.. Apenas un delgado campanario se otea desde lejos, desdibujado por las ramas de los árboles y en parte oculto por los muros de los servicios adheridos al santuario, desde la casa parroquial hasta aulas y patios que configuran un centro religioso y cultural inicialmente rodeado de jardines.
Dicha parroquia fue el resultado de la primera aplicación de los edictos del concilio del Vaticano II que pedía que el ritual aconteciera en la tierra y entre los humanos, y no en las distantes alturas de los príncipes de la Iglesia. El color ceniza del hormigón, la ausencia de ornamentación, y el uso de jácenas de hormigón pretensado acentúan la humanidad del templo y su horizontalidad, a la altura de los fieles sobre los que no se impone una parroquia concebida como un centro comunitario.


























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