viernes, 27 de marzo de 2026

Atado y bien atado: magia y arquitectura en el Egipto faraónico







Fotos: Tocho, GEM (Grand Egyptian Museum), Giza (El Cairo), marzo de 2026


El número de diminutos útiles de construcción en el Egipto faraónico es sorprendente: pequeños trineos para transportar sillares, compases, palas, espátulas, cuchillos, sierras, todo un arsenal que parece haber sido construido para gnomos. Cuesta saber para qué sirven, toda vez que en ocasiones entre el útil y su réplica en miniatura apenas se perciben diferencias. Las réplicas parecen objetos de uso.

Su función es simbólica. Forman parte de las ofrendas que se depositan en la tierra, acto necesario que precede el inicio de las obras. Dichas miniaturas se depositan en las zanjas abiertas para hincar los cimientos.

¿A qué responde esta ofrenda?

Los útiles y sus réplicas son útiles, pero también son objetos mágicos, sin que exista diferencia entre el uso y el culto, la funcionalidad y la simbología. Los útiles sirven y son funcionales porque son mágicos. Están cargados de energía, que permite que el objeto cumpla la función encomendada.

Mas, esta energía puede disiparse; en este caso la construcción corre un peligro. Ha sido ejecutada por un útil inerte, muerto, y la falta de energía se transmite al edificio que puede decaer -si se ha logrado concluir la obras.

A fin de evitar este peligro, la deposición u ofrendas de los útiles de construcción simbólicos se acompañaba de la entrega de una pequeñas tallas de madera, ejecutadas en ébano y madera de cedro, que representaban nudos. La fuerza del útil quedaba así atada a la ofrenda de las réplicas. No se escapaba. Se aseguraba así que el edificio no decayera, que pudiera resistir los envites del tiempo. 

Los nudos, en todas las culturas, son objetos peligrosos: retienen y, por tanto, atan. Impiden el movimiento. Coarten la vida. Los nudos coartan la fecundidad. La energía no se libera. 

Pero los nudos también evitan el desperdicio de la misma. Los nudos, que unen maderas duras contrapuestas, expresan la unión que se busca entre la construcción y la tierra, el correcto y duradero implante de la obra bien enraizada en el interior del aquélla. 

La feliz ejecución de una obra requería saber y pericia, pero también el cumplimiento de los ritos gracias a los cuales la fuerza del útil consolidaba la obra.  Ésta no se desmoronaría, retenida, atada a la tierra con el vigor transmitido, permanentemente en activo tras su entrega a la tierra -por medio de los nudos perennes, dolosamente ejecutados-, a la base del edificio que podrá crecer erguido sin desmayo.





 

jueves, 26 de marzo de 2026

MAY, PRÓSPERO ARQUITECTO FARAÓNICO (C. 1200 aC)






Foto: Tocho, Gran Museo Egipcio (GEM), Giza (El Cairo), marzo de 2026


 Así como escasos son los arquitectos de la antigüedad cuyos nombres han llegado hasta nosotros -nombres que no siempre son de arquitectos de carne y hueso, como los míticos primeros constructores del templo de Apolo en Delfos, o el también mítico arquitecto del inexistente templo de Salomón-, en el Egipto faraónico no escasean los nombres de arquitectos que existieron, cuyas tumbas y cuyas efigies se conocen.

May es uno de estos constructores. Trabajó en tiempos del faraón Amenofis IV (Akhenaton, dinastía XVIII), o en la siguiente dinastía, hacia los siglos XIV-XIII aC. Su efigie denota su prosperidad. Corpulento y satisfecho. Quizá embebido de sí mismo. En cualquier caso, tranquilo y reposado, con todas las necesidades cubiertas, y el disfrute del reconocimiento social. Nada parece faltarle. Su mirada no expresa excesivas luces. Tuvo que ser un eficaz y aplicado arquitecto, poco inventivo -si es que la inventiva era apreciada-, cumplidor de las tareas encomendadas.
Procedía de una familia de arquitectos. Poco se sabe de su labor. Supervisaba el estado de templos en Heliopolis y en Menfis. Su título era el de Sobre intendente de las moradas de Ra y de Ptah (dios arquitecto) en ambas ciudades. Si fue proyectista y constructor, o restaurador de obras ajenas, no se puede saber. Posiblemente, la diferencia que hoy establecemos entre construcciones y restauración no existía. Tampoco entre proyectista y maestro de obras. 
Lo que sí denotan sus títulos son la carga religiosa del trabajo del arquitecto, el prestigio del que goza y quizá alardea.  Ha llegado hasta lo más alto, un logro singular dado el origen humilde de su familia, aunque su padre ya había ascendido y, seguramente, le abrió las puertas a su hijo quien heredó las funciones de su padre, que acrecentó.
May construye  para el faraón y para los dioses. El buen estado de las moradas reales y divinas corre a su cargo. Goza del reconocimiento, de la aceptación de dioses y monarcas que aprecian su trabajo y, a través de títulos, así se lo hacen saber y lo exponen públicamente. El arquitecto no es una mera sombra en la jerarquía cortesana. 
La efigie revela, en efecto, la cercanía de la corte faraónica de un arquitecto, y la dignidad social, el prestigio que poseía que se plasmaba en esta estatua tallada en piedra dura, destinada a la eternidad. 
Pocos arquitectos, en otras culturas antiguas, recibieron este crédito. El arquitecto no pasaba de ser un técnico socialmente desclasado, pese a que podía proyectar y construir palacios y templos. No siquiera en la Roma imperial el arquitecto era una figura reconocida, incluso cuando el emperador Adriano se las dio de arquitecto y supuestamente proyectó un templo (escasamente feliz, denostado por el arquitecto imperial, Apolodoro de Damasco, que desapareció tras la ácida crítica al talento edilicio del emperador). 
Por el contrario, al arquitecto egipcio no le faltaron laureles, incluso la divinización. No llegó a tanto May el arquitecto. Pero su efigie y su nombre han perdurado. Un logro que pocos profesionales de la antigüedad han logrado.

miércoles, 25 de marzo de 2026

“Maquetas arquitectónicas” egipcias en los museos egipcios en El Cairo (Egipto)

Maquetas arquitectónicas y bandejas de ofrendas del Museo Egipcio en El Cairo 











Maquetas arquitectónicas en el GEM (Gran Museo Egipcio) en Giza (El Cairo)



“Maquetas” votivas de graneros depositadas en tumbas, quinto milenio




















“Casas del alma”: bandejas funerarias, con un pitorro para verter libaciones, réplicas imperecederas de alimentos y “maquetas” de moradas o graneros en una parcela cercada, depositadas en la arena sobre tumbas muy modestas para alimentar y acoger el ka del difunto, 2100 aC 



Maqueta de pirámide para un albañil, un constructor o un arquitecto, o “maqueta” votiva depositada en la tumba de un constructor, C.1500 aC



Lámpara en forma de casa, 300 aC


Fotos: Tocho & Carmen Cantarell, Gran Museo Egipcio (GEM) y Museo Egipcio, Giza y El Cairo, marzo de 2026


El egiptólogo William Flinders Petrie halló enterradas, a principios del siglo XX, unas ciento cincuenta modestas bandejas de terracota, sencillamente ejecutadas, en el desierto, cerca de Rizeh. 

Al hallarlas cerca de tumbas muy sencillas -un enterramiento directamente en la arena- supuso que estos objetos habrían sido depositados encima de la tumba para indicar su emplazamiento -o sobre el difunto, o en la entrada del nicho-. 

Datados de finales del tercer milenio, estas bandejas incluyen representaciones de alimentos, algunos recipientes, y un vierte aguas en una punta que se interpreta como una salida a libaciones vertidas en la bandeja para dar de beber  al difunto. Algunas bandejas incorporan también una imagen de una construcción -una casa de una o dos plantas, con o sin pórtico de de entrada, cubierta plana, en algunas ocasiones con una pequeña construcción en la terraza, a la que se accede por una escalera exterior, un cobertizo o un granero- que debe de reproducir o imitar construcciones existentes o tipos de construcciones al uso.

Petrie nombró estos objetos “casas del alma”, porque supuso que servían para alimentar y acoger al ka (el doble incorpóreo) del difunto, aunque la tumba o la simple fosa excavada en la arena ya ofrecían un espacio donde el ka podía recogerse.

Estos objetos interesaron poco a los museos a los que Petrie ofreció, y se almacenaron en reservas en la mayoría de los casos. Algunas fueron vendidas a otros museos que tampoco prestaron demasiada atención a unos objetos muy distintos de los fastuosos tesoros funerarios de materiales valiosos de las clases superiores cercanas al faraón.

Sin embargo, puesto que se han encontrado escasas muestras de viviendas de clases sociales bajas, sobre todo del Imperio antiguo y del posterior primer periodo intermedio, antes de finales del tercer milenio, estos objetos, hoy, documentan, de manera más o menos alusiva, qué imagen o forma pudieran haber tenido estas viviendas de adobe que tan pocos testimonios han dejado.

La mejor y mayor colección de “casas del alma”  -una expresión que dio título, hace treinta años, a una exposición sobre el imaginario arquitectónico antiguo en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona- sigue hallándose en Egipto, distribuida principalmente en los dos grandes museos arqueológicos de El Cairo.


https://egyptartefacts.griffith.ox.ac.uk/blog/petrie-s-soul-houses-provenance-rifeh-location-western-institutions


A Carolina, Carlos y Mario, entusiastas de este tipo de objetos 


 

martes, 24 de marzo de 2026

Desvestir a un santo : el antiguo museo egipcio de El Cairo



















 

Fotos: Tocho, Museo Egipcio, plaza Tahir, El Cairo (Egipto), marzo 2026


Las preguntas son inevitables. La visita del GEM o Gran Museo Egipcio, en Giza (El Cairo), el mastodóntico nuevo museo de arte faraónico, a partir de las colecciones del Museo Egipcio ubicado en el centro de la capital egipcia, las suscita: ¿dónde está la célebre escultura de madera que representa a un alcalde empuñando -o apoyándose en- un bastón de mando ? ¿y la fantasmagórica efigie del faraón Djozer, cuya mirada negra y ciega, que mira sin mirar al infinito, taladra nuestra vista? ¿O la pareja de Rahotep y Nofret, ella vestida de una ceñida túnica escotada impoluta, blanca, y  él, tan solo con un paño en la cintura, y un bigotito que le da un aire a Gary Cooper? ¿Y la enigmática sonrisa de la reina Hatshepsut, suspendida, en la alto de una base, por encima de nosotros, como la del gato de Cheshire ? ¿El célebre friso de patos cabe un estanque, que ornaba una tumba, conocido como las ocas de Meidum?  ¿Y….? 

Podríamos multiplicar las preguntas y las búsquedas. No las encontraremos en el nuevo museo. Las más célebres obras han resistido al traslado y la desubicación. Y hoy, en la planta baja, mínima y austeramente restaurada, las vitrinas decimonónicas con marcos de madera limpiadas, la iluminación revisada y dotadas de nuevas cartelas blancas, las mejores, las grandes obras del arte faraónico, grandes a menudo no por su tamaño,  por fin se pueden contemplar y confrontar en silencio, libres del asedio y del ahogo de las innumerables obras que atestaban y desfiguraban las salas en las que ahora estas obras clave, todas antropomórficas, de mirada penetrante que no nos miran pero que saben que las miramos,  reinan aisladas y deslumbran.  

La planta primera sigue siendo un almacén polvoriento -cuyas vitrinas aguardan desde hace más de un siglo unos cuidados-, desvencijado y vagamente inquietante, cargado de una multitud de pequeñas piezas útiles o mágicas -como una extraordinaria colección de casas del alma, o de ojos tallados en piedras duras que no tuvieron tiempo de incrustarse en las estatuas de cuerpo entero y permitirles contemplar el más allá con serenidad-, entre las que en ocasiones cuesta desplazarse, y en las que no se nota que se hallan retirado obras para desplazarlas al nuevo museo. 

El museo egipcio del Cairo, con su antiguo porte operístico pintado de rosa, se mantiene, a un extrema de la plaza Tahir, superado el incendio que sufrió cuando la revolución en enero de 2010, y los aires de grandeza y presunción del nuevo museo, ridículos en gran medida, y hoy puede visitarse tranquilamente, sin el agobio de los autocares que vomitaban tropeles de visitantes detrás de vociferantes guías en todos los idiomas, que empuñan paraguas como bastones de ordeño y mando y signos de reconocimiento, y hoy amenazan la interminable tierra quemada de los circundantes  aparcamientos del nuevo museo. 

Y se puede visitar calladamente y sin empujones. El silencio que parece imponer la altivez -y soterrada  humanidad, a la vez alejada de nosotros y cercana- del arte faraónico ahora, por fin, se respeta. Si se visita el nuevo museo como quien acuda a un centro comercial o un casino, el viejo museo se recorre como un santuario. Dos tiempos muy distintos -y opuestos.