Foto: Tocho, Gran Museo Egipcio (GEM), Giza (El Cairo), marzo de 2026
Así como escasos son los arquitectos de la antigüedad cuyos nombres han llegado hasta nosotros -nombres que no siempre son de arquitectos de carne y hueso, como los míticos primeros constructores del templo de Apolo en Delfos, o el también mítico arquitecto del inexistente templo de Salomón-, en el Egipto faraónico no escasean los nombres de arquitectos que existieron, cuyas tumbas y cuyas efigies se conocen.
May es uno de estos constructores. Trabajó en tiempos del faraón Amenofis IV (Akhenaton, dinastía XVIII), o en la siguiente dinastía, hacia los siglos XIV-XIII aC. Su efigie denota su prosperidad. Corpulento y satisfecho. Quizá embebido de sí mismo. En cualquier caso, tranquilo y reposado, con todas las necesidades cubiertas, y el disfrute del reconocimiento social. Nada parece faltarle. Su mirada no expresa excesivas luces. Tuvo que ser un eficaz y aplicado arquitecto, poco inventivo -si es que la inventiva era apreciada-, cumplidor de las tareas encomendadas.
Procedía de una familia de arquitectos. Poco se sabe de su labor. Supervisaba el estado de templos en Heliopolis y en Menfis. Su título era el de Sobre intendente de las moradas de Ra y de Ptah (dios arquitecto) en ambas ciudades. Si fue proyectista y constructor, o restaurador de obras ajenas, no se puede saber. Posiblemente, la diferencia que hoy establecemos entre construcciones y restauración no existía. Tampoco entre proyectista y maestro de obras.
Lo que sí denotan sus títulos son la carga religiosa del trabajo del arquitecto, el prestigio del que goza y quizá alardea. Ha llegado hasta lo más alto, un logro singular dado el origen humilde de su familia, aunque su padre ya había ascendido y, seguramente, le abrió las puertas a su hijo quien heredó las funciones de su padre, que acrecentó.
May construye para el faraón y para los dioses. El buen estado de las moradas reales y divinas corre a su cargo. Goza del reconocimiento, de la aceptación de dioses y monarcas que aprecian su trabajo y, a través de títulos, así se lo hacen saber y lo exponen públicamente. El arquitecto no es una mera sombra en la jerarquía cortesana.
La efigie revela, en efecto, la cercanía de la corte faraónica de un arquitecto, y la dignidad social, el prestigio que poseía que se plasmaba en esta estatua tallada en piedra dura, destinada a la eternidad.
Pocos arquitectos, en otras culturas antiguas, recibieron este crédito. El arquitecto no pasaba de ser un técnico socialmente desclasado, pese a que podía proyectar y construir palacios y templos. No siquiera en la Roma imperial el arquitecto era una figura reconocida, incluso cuando el emperador Adriano se las dio de arquitecto y supuestamente proyectó un templo (escasamente feliz, denostado por el arquitecto imperial, Apolodoro de Damasco, que desapareció tras la ácida crítica al talento edilicio del emperador).
Por el contrario, al arquitecto egipcio no le faltaron laureles, incluso la divinización. No llegó a tanto May el arquitecto. Pero su efigie y su nombre han perdurado. Un logro que pocos profesionales de la antigüedad han logrado.


No hay comentarios:
Publicar un comentario