Fotos: Tocho, Museo Egipcio, plaza Tahir, El Cairo (Egipto), marzo 2026
Las preguntas son inevitables. La visita del GEM o Gran Museo Egipcio, en Giza (El Cairo), el mastodóntico nuevo museo de arte faraónico, a partir de las colecciones del Museo Egipcio ubicado en el centro de la capital egipcia, las suscita: ¿dónde está la célebre escultura de madera que representa a un alcalde empuñando -o apoyándose en- un bastón de mando ? ¿y la fantasmagórica efigie del faraón Djozer, cuya mirada negra y ciega, que mira sin mirar al infinito, taladra nuestra vista? ¿O la pareja de Rahotep y Nofret, ella vestida de una ceñida túnica escotada impoluta, blanca, y él, tan solo con un paño en la cintura, y un bigotito que le da un aire a Gary Cooper? ¿Y la enigmática sonrisa de la reina Hatshepsut, suspendida, en la alto de una base, por encima de nosotros, como la del gato de Cheshire ? ¿El célebre friso de patos cabe un estanque, que ornaba una tumba, conocido como las ocas de Meidum? ¿Y….?
Podríamos multiplicar las preguntas y las búsquedas. No las encontraremos en el nuevo museo. Las más célebres obras han resistido al traslado y la desubicación. Y hoy, en la planta baja, mínima y austeramente restaurada, las vitrinas decimonónicas con marcos de madera limpiadas, la iluminación revisada y dotadas de nuevas cartelas blancas, las mejores, las grandes obras del arte faraónico, grandes a menudo no por su tamaño, por fin se pueden contemplar y confrontar en silencio, libres del asedio y del ahogo de las innumerables obras que atestaban y desfiguraban las salas en las que ahora estas obras clave, todas antropomórficas, de mirada penetrante que no nos miran pero que saben que las miramos, reinan aisladas y deslumbran.
La planta primera sigue siendo un almacén polvoriento -cuyas vitrinas aguardan desde hace más de un siglo unos cuidados-, desvencijado y vagamente inquietante, cargado de una multitud de pequeñas piezas útiles o mágicas -como una extraordinaria colección de casas del alma, o de ojos tallados en piedras duras que no tuvieron tiempo de incrustarse en las estatuas de cuerpo entero y permitirles contemplar el más allá con serenidad-, entre las que en ocasiones cuesta desplazarse, y en las que no se nota que se hallan retirado obras para desplazarlas al nuevo museo.
El museo egipcio del Cairo, con su antiguo porte operístico pintado de rosa, se mantiene, a un extrema de la plaza Tahir, superado el incendio que sufrió cuando la revolución en enero de 2010, y los aires de grandeza y presunción del nuevo museo, ridículos en gran medida, y hoy puede visitarse tranquilamente, sin el agobio de los autocares que vomitaban tropeles de visitantes detrás de vociferantes guías en todos los idiomas, que empuñan paraguas como bastones de ordeño y mando y signos de reconocimiento, y hoy amenazan la interminable tierra quemada de los circundantes aparcamientos del nuevo museo.
Y se puede visitar calladamente y sin empujones. El silencio que parece imponer la altivez -y soterrada humanidad, a la vez alejada de nosotros y cercana- del arte faraónico ahora, por fin, se respeta. Si se visita el nuevo museo como quien acuda a un centro comercial o un casino, el viejo museo se recorre como un santuario. Dos tiempos muy distintos -y opuestos.


















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