viernes, 25 de septiembre de 2015

Cibeles y las ciudades

La preparación de una breve monografía, de próxima publicación, sobre la diosa Cibeles, que formará parte de una trilogía cuyos otros volúmenes estarán dedicados a Neptuno y a Mercurio, ha llevado a volver a estudiar esta diosa.
Se trata aquí del borrador de una parte dedicada a Cibeles, protectora de las ciudades, un tema ya tratado, más brevemente, en varias entradas en este blog:





Construcciones divinas (malignas o benignas) o heroicas, o descendidas del cielo, las ciudades, al igual que cada uno de los edificios singulares representativos (templos, tumbas y palacios), han sido consideradas, en la mayoría de las culturas, invenciones sobrenaturales que debían ser protegidas. No pertenecían propiamente a los hombres sino que, hubieran seres humanos participado o no en su construcción, se trataba de posesiones celestiales en las que los mortales eran autorizados por los dioses a instalarse en ellas, a cambio de cuidarlas y de atender las moradas (santuarios, jardines) y a las necesidades divinas. Durante mucho tiempo, hasta finales del segundo milenio en Mesopotamia, las ciudades pudieron fundarse y construirse solo con el permiso del cielo. Además de templos y monumentos dedicados a diversas deidades, las ciudades poseían siempre un santuario principal dedicado a la divinidad fundadora y protectora de la urbe, a la que, en ocasiones prestaba incluso su nombre. Así, la capital del imperio asirio, Aššur, poseía la misma denominación que el padre de los dioses en Asiria.  Cada ciudad poseía una divinidad o un héroe protector: Atenea en Atenas, Apolo en Delfos, Hércules en Roma. No existía ninguna divinidad relacionada con el espacio urbano común para todas las ciudades antes de Alejandro. A su muerte, sin embargo, la protección que la diosa de Antioquía concedía a esta ciudad fue pronto extendida a todas las ciudades, especialmente a las numerosas urbes que Alejandro fundó durante sus conquistas que se extendieron por el este hasta la India y Egipto por el Sur, bautizadas todas ellas Alejandropolis.    
La diosa de Antioquía se llamaba Tiqué. Se trataba de un concepto divinizado y no tanto una verdadera diosa de compleja personalidad. El nombre significa suerte, fortuna. Fortuna fue el nombre que se le dio a esta diosa en Roma. Se trataba de una antigua divinidad, hija del Océano, de la que dependía la buena y la mala suerte que, imprevisiblemente recaían en los humanos y las comunidades. Se asociaba con Némesis, la diosa implacable que otorgaba las justas retribuciones, castigos o parabienes, por las acciones llevadas a cabo.
Tiqué o Fortuna se representaba como una mujer joven, vestida con una larga túnica, sentada sobre el pico de una montaña, a cuyos pies discurría un río: hitos naturales propios de Antioquía. La diosa portaba espigas en una mano, signo de la abundancia que la suerte dispensaba y que la presencia de la diosa garantizaba si agradecía las ofrendas recibidas, y estaba coronada. La corona tenía la forma de una muralla con torres de defensa. Reproducían a escala, como si de una maqueta se tratara, el sistema defensivo de Antioquía. La Fortuna de cada ciudad, desde entonces, se personalizaría con la imitación fidedigna de las murallas de la ciudad a la que la diosa representaba y defendía. Representaciones femeninas coronadas con murallas urbanas ya existían anteriormente en Mesopotamia, tanto en Anatolia (norte del Próximo Oriente antiguo) cuanto en Ugarit y en Palestina (en el este de Mesopotamia) y en Elam (al este de la tierra entre los dos ríos, o Mesopotamia), es decir en diversos territorios alejados entre sí. Mujeres nobles de Israel portaban en ocasiones coronas de oro que representaban a la ciudad de Jerusalén, concebidas como ornamentos y como amuletos. En general,  las figuras mesopotámicas representadas portando representaciones simbólicas de una ciudad eran diosas y reinas. Las coronas debían designar las ciudades bajo la protección o el mandato de diosas o reinas: ciudades propias o conquistadas. La corona establecía y significaba el lazo entre la divinidad y la ciudad. La diosa –se trataba siempre de una divinidad femenina- estaba obligada a defender la ciudad, y ésta tenía que rendirle culto so pena de perder la protección sin la cual la ciudad no podía sobrevivir. La corona sustituía a la ciudad. No solo la representaba sino que la “encarnaba”. En ausencia de la corona, la ciudad perdía su entidad, no solo porque quedaba a merced de los enemigos y los cataclismos, sino porque no podía ser identificada o reconocida como una ciudad. La diosa portaba siempre a la ciudad. La protección que brindaba está siempre garantizada –si el culto se mantenía.
El atributo principal de Tiqué o Fortuna –la corona en forma de muralla urbana- también era portado por Cibeles. Se trata posiblemente de un atributo adscrito tardíamente a esta diosa, por  influencia de la iconografía, también helenística, de Tiqué. La corona amurallada servía para identificar a Cibeles como una diosa relacionada con la ciudad. Si la diosa controlaba el mundo salvaje, si estaba identificada con éste, puede sorprender  este cambio de registro. Pero recordemos que la protección eficaz de una urbe se conseguía si se aplacaban las fuerzas que asechaban desde el exterior, por lo que las divinidades que podían velar sobre las ciudades eran las que tenían a las fieras, los monstruos y los salvajes a sus pies. Cibeles cumplía con esta condición: diosa arisca capaz de brindar su protección a un símbolo de la civilización como era –o es acaso aun- la ciudad.  Cibeles era una diosa-madre, asociada a las fuerzas primigenias de la naturaleza. Las ciudades tenían que tenerlas en cuenta. Una mala relación con el entorno, con los dioses celestiales (hijos de la diosa-madre) y con las potencias del infra-mundo (también asociadas a la diosa de los inicios), conllevaba la destrucción de la ciudad. Po este motivo, los ciudadanos tenían que honrar a Cibeles y cuidarse de ella. La convirtieron, entonces, en la diosa principal de cualquier ciudad, equiparada con la Suerte divinizada de las urbes (la diosa Tiqué o Fortuna).  La fortuna de la ciudad, simbolizada por monedas estampilladas con la testa coronada de la diosa, comunes en muchas urbes, estaba en sus manos. El poder de Cibeles era incluso superior al de Tiqué, pues Cibeles controlaba todas las fuerzas vivas que proporcionaban bienes, aseguraban la fecundidad humana y la fertilidad de la tierra, y mantenía a raya los peligros venidos de la noche y la selva que siempre rondaban campos cultivados y ciudades.
Cibeles estaba estrechamente relacionada con Atenas, pese a no ser una diosa griega, sino entronizada desde Frigia. Moraba en el corazón de la ciudad, sentada en el ágora. El tirano Alcíbiades introdujo su culto a finales del siglo V aC, quizá para  estrechar las relaciones entre Atenas y las colonias orientales. Mandó edificar un primer santuario que fue sustituido por una segunda construcción en época helenística. El Metroon o Santuario de la Diosa Madre cumplía una doble función. Se trataba tanto de un edificio público administrativo cuando de un templo. El Metroon formaba parte del conjunto del Bouleterion: la sede de la Boulé o asamblea popular que, desde que fuera instaurada por Solón a principios del siglo VI aC, gobernaba la ciudad –estado, aplicando los decretos de una segunda asamblea, legislativa, en este caso: la….. La Boulé comprendía quinientos miembros –reducidos posteriormente a cincuenta dadas la obvia ineficacia de una asamblea tan numerosa- representantes de los diez distritos que formaban la organización social y administrativa de la ciudad.  La sede anexa, el Metroon, acogía los archivos de la ciudad. Guardaba todos los decretos instaurados o aplicados por la Boulé. Pero, al mismo tiempo, la construcción estaba dedicada al culto de Cibeles. Los cimientos del Metroon descansaban sobre las ruinas del primer templo dedicado a la diosa. La doble función del Metroon no era gratuita. Todo edificio público-administrativo o legislativo antiguo tenía también un carácter sagrado. La división entre lo sagrado y lo profano no eran tan clara como hoy en la mayoría de los países europeos. Las decisiones humanas tenían que estar avaladas por una deidad. Por este motivo, capillas o altares dedicados a poderes  urbano superiores que pudieran dan “fe” de lo que los mortales habían establecido eran necesarios, incluso en Atenas, una ciudad en la que el territorio, contrariamente a lo que ocurría en Mesopotamia, estaba escindido entre el espacio de los hombres, profano, simbolizado por el ágora, y el espacio consagrado a los dioses que el acrópolis visualizaba. Las decisiones de la Boulé venían “santificadas” por la Madre de los Dioses, bendición que les otorgaba una particular gravedad, dada la antigüedad de la diosa, madre de los dioses, y la protección que brindaba a todas las ciudades. Por otra parte, el archivo, también bajo la advocación de la diosa, se convertía en un florilegio de edictos aprobados por la diosa primigenia, lo que los convertía en respuestas modélicas a los problemas de la ciudad que podían ser tenidas en cuenta en nuevas actuaciones.  Es significativo que mientras que el ágora era un espacio público, perteneciente a la comunidad, donde se asentaban las instituciones políticas y administrativas, “laicas”, también acogía un santuario tan venerable como el dedicado a la Madre de los dioses. El ágora no estaba falto de santuarios, ciertamente, pero los templos, situados en la periferia del ágora, estaban dedicados a divinidades protectoras del comercio, y de gremios, como Hefesto y Atenea, a fin de facilitar los intercambios de bienes, las transacciones comerciales y financieras. Existían también monumentos y altares en honor de héroes protectores de la ciudad (como Teseo) y de divinidades que velaban por la suerte de Atenas (Hestia o la diosa del fuego sagrado, Higia o la Salud, Fortuna), pero el santuario de la madre de los dioses, que protegía la ciudad, sus habitantes, sus decisiones y sus relaciones interiores y exteriores era sin duda la construcción más importante sin la cual las voces de los ciudadanos habrían carecido de peso y de eco. La Madre de los dioses no protegía solo a los humanos sino a las comunidades, a los humanos en relación unos con otros. Velaba pues sobre los ligámenes políticos que son los que tejen el armazón más sólido que asegura la convivencia entre miembros que forman parte de una misma familia o clan. La Madre de los dioses estaba así en el origen mismo de las comunidades y les daba sentido: una comunidad era un espacio donde se constituían relaciones entre miembros sin relaciones de parentesco que estaban dispuestos a crear y vivir en una estructura mayor: una comunidad de iguales. Sin la Madre de los dioses quizá no habría habido ciudadanos.




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