viernes, 18 de septiembre de 2015

Porqué debemos preservar Palmira






Palmira y el oasis desde lo alto de la fortaleza árabe; muro exterior  y columnas de la capilla central del santuario de Bel desde el oasis.
Fotos: Tocho, noviembre de 2007

(De una conversación con Txema Castiella, en una casa entre amigos ayer noche)

El urbanismo de Palmira era convencional. Poco o nada aporta a la comprensión de la planificación romana. La arquitectura era tosca. Grandes monumentos levantada con grandes bloques de piedra, testimonio de fuerza bruta más que de ingenio o sensibilidad. La estatuaria, mediocre y grandilocuente. El león de Palmira, basto, muy lejos del detallismo asirio. Los edificios no responden a ningún modelo canónico, no por un esfuerzo de originalidad sino por desconocimiento. Se trata de arquitectura provinciana, que impresiona por su tamaño y su estado de conservación, en medio de un paraje desértico, al borde de un oasis.  Palmira apenas merece media página en los libros sobre la historia de la arquitectura romana, relegada en los últimos capítulos sobre arquitectura tardía en las provincias orientales que nadie lee. En sí, su valor o su interés son escasos.
¿Por qué debería entonces ser preservada -y quizá reconstruida, si bien la vida de un edificio termina con su desaparición, por lo que su reconstrucción en parte falsea su historia o, mejor dicho, parece indicar que el edificio no tiene historia, como si fuera inmune a la historia y no un testigo de la misma-?

Las ruinas placen porque son ruinas. Una ruina no es un edificio ruinoso. Éste es un edificio deficiente, que debe ser reparado. Una ruina, por el contrario, es una entidad. Pertenece al grupo de las ruinas, grupo que acoge entes distintos de los edificios habituales; edificios que han escapados a los condicionantes de la vida diaria, edificios que existen libremente, porque si, que no tienen que responder ante nadie, que solo existen para exhibirse, para ser vistos y disfrutados, edificios para el placer de los sentidos.

La ruina tiene que ser antigua. Las guerras, los terremotos dejan diariamente un reguero de ruinas, pero éstas no tienen ningún interés. Ni siquiera las ruinas de la ciudad tardo medieval de Barcelona bajo el mercado del Born merecen verdaderamente el calificativo de ruinas. Solo tienen trescientos años.
El tiempo es un factor que otorga valor -y entidad- a un edificio roto, mutándolo en una ruina, que debe ser preservada en tanto que ruina.

Una ruina tiene valor si se muestra como una ruina. Pero la antigüedad no es el único criterio que la dota de interés. Un edificio entero de hace dos mil años posee un menor atractivo. ¿Atrae tanto el Panteón -tan entero que parece un templo cristiano barroco o quizá neoclásico, no muy distinto de las iglesias de Bernini y Borromini- como el Coliseo, con parte del perímetro exterior derruido, o la Domus Aurea de Nerón, casi desvanecida?  Es posible que el Partenón haya perdido atractivo en los últimos cincuenta años. Los incesantes trabajos de reconstrucción, dotando muros y columnas de nuevos bloques de mármol blanco que el tiempo no ha empalidecido, están logrando que el Parteneón deje pronto de ser una ruina. ¿Qué le quedará? Después de todo, se trataba de un templo demasiado grande, construido para sobrecoger a las ciudades sometidas por el imperio ateniense. El edificio -que no era un templo- respondía a necesidades políticas turbias. Condenamos arquitecturas megalomaníacas -el palacio de Ceaucescu, el Valle de los Caídos, independientemente de su dudoso gusto y de su simbolismo- pero alabamos el Partenón, un signo del orgullo desmedido de Atenas. Del mismo modo, Palmira fue obra de unos gobernantes con una ambición desmesurada. Los edificios, y sobre todo cómo fueron construidos, los gruesos bloques con los que fueron levantados, eran innecesarios. Palmira era una obra política -como toda construcción- que testimoniaba del poder de los reyes y reinas de Palmira, capaces de rivalizar política y artísticamente con Roma.

Una ruina es una construcción. Palmira es una invención, como todas las ruinas. Hasta mediados del siglo XX, los habitantes de Palmira vivían entre las ruinas cuyas estructuras y piedras aprovechaban para construir o sustentar sus hogares. Las ruinas eran aún vivas, tenían sentido, servían para la vida. Eran o se sentían útiles. Aun no se habían convertido en un espectáculo. Fueron desalojados, reubicados a centenares de metros de distancia, y los restos de la antigua Palmira fueron levantados de nuevo cuidando que parecieran una ruina, que respondieran a lo que esperamos sea una ruina. Las ruinas, como comenta la historiadora Françoise Frontisi-Ducroux, se construyen a fin de suscitar determinadas emociones. Se levantan ciertas columnas, no todas, y se cuida el efecto que se persigue. Por otra parte una ruina es una imagen rota de un edificio en un momento de su historia. Edificios o fases anteriores no se muestran, o se destruyen. La arqueología es el arte de reconstruir la historia haciéndola desaparecer; es el arte de detener la historia.

Las ruinas placen porque nos sentimos a disgusto con nuestro tiempo. Ante las ruinas nos evadimos. Se diría que son el testimonio de tiempos que imaginamos mejores. Hablan de aventuras, de tiempos heroicos. Por otra parte, consideramos las ruinas como seres vivos. Nos apenamos ante su suerte. Las ruinas nos hacen sentir bien: pena y admiración. El poeta francés manierista du Bellay escribió que la visión de las ruinas de Roma le hacían ver y sentir la fugacidad de la vida. Las ruinas arquitectónicas eran una metáfora de la vida humana. Pero quizás no sea cierto. Ante las ruinas nos sentimos más fuertes porque simpatizamos con su suerte.  Las ruinas nos despiertan  empatía, que es lo que nos hace humanos.
Palmira no debe ser preservada por ella misma. No tiene valor, y su pasado debería ser conocido, pero no imitado. Palmira debe ser preservada por nosotros, porque nos hace más humanos, porque nos hace sentir humanos. Despierta nuestra imaginación. Esa falsea la realidad. Vemos o imaginamos el desierto, el oasis, rutas de camellos. Imágenes orientalizantes que esconden la dureza de la vida; pero esto es precisamente la función de las ruinas. Hacernos creer que la vida no es -o no era- dura. Que puede existir una vida mejor, lo que constituye un canto de esperanza. Que se ha perdido. Como toda ilusión.

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