miércoles, 1 de febrero de 2017

Salomón y la alfombra voladora

La historia cuenta que Parsagade, una de las capitales persas, fue fundada por el emperador Ciro, cuya tumba se alza aún en el centro de las ruinas casi invisibles de la ciudad.
Pero los mitos y las leyendas, que cuentan la verdad, afirman que el rey Salomón (Suleiman) fundó dicha urbe.
Salomón era hijo del rey David, una figura tan imaginaria como su hijo. Tras centenares de años, sin una morada fija -tan solo el Arca de la Alianza lo acogía- Yahvé escogió a David para construir el primer templo en el corazón de Jerusalén. Mas, ocurrió que David incurrió en una falta tal que Yahvé le mandó que entregara los planos del templo, trazados por Él, a su hijo Salomón. David había mandado a la muerte al general hitita Urías para quedarse con su esposa Betsabé. No era digno de alzar el templo. Historias cuentan que el mismo Yahvé aconsejó a Salomón que escogiera a un arquitecto fenicio, pero la verdadera historia narra que Salomón no necesitó a nadie.

La reina de Saba, que era una maga, le había regalado un bien precioso: estaba tejido con los hilos más preciados, y se apoyaba sobre cuatro figuras aladas. El brillo de la alfombre voladora ensombrecía al mismo sol. El Corán cuenta que Alá permitió a Salomón controlar los vientos. Le acompañaba un ejército de duendes. La alfombra se alzaba, se plegaba, se enrollaba: le ofrecía un suelo y un techo. Anidada en ella. En ocasiones, la alfombra portaba su palacio, mas, habitualmente, ella misma era el palacio acogedor.
Según otras interpretaciones, la alfombra era de madera, que el viento levantaba. En todos los casos, centenares de miles de tronos descansaban sobre la alfombra que también transportaba un ejército, así como una multitud de caballos y de camellos.

Gracias a ella, Salomón pudo construir el templo en tierra segura, y transportarlo hasta Jerusalén. Asimismo, desplazaba los sillares con los que construyó Parsagade y, muy especialmente, una amplia plataforma que aún se alza sobre la ladera de una colina, dominando la desvanecida ciudad, y que la historia profana atribuye a los emperadores Ciro y Darío en el siglo VI aC.



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