jueves, 22 de enero de 2026

Tic tac

 La palabra inteligencia lo dice todo: es clara. Se trata de una palabra compuesta, por el prefijo adverbial inter y el sustantivo lectura: inte-ligens

Inteligencia es, por tanto, la capacidad de leer entre líneas. Dicha capacidad permite ir más allá del primer significado. Capta los dobles sentidos, las alusiones, los que en francés se llaman “non-dits”, es decir, lo que se calla, pero que está allí, bajo una velo de palabras que dicen lo contrario de lo que deberían decir, a la espera de ser rescatadas. La inteligencia se adentra en el texto. Expone  o desvela lo que una primera lectura no discierne. La inteligencia inter-preta; está atenta no a lo que se dice o se lee, sino a los silencios, siempre expresivos, cargados de sentido; silencios que claman, y a los que no se les suele prestar atención. Los textos son como un mil hojas, o un yacimiento arqueológico; los primeros significados ocultan los dobles mensajes; pero también evidencian que algo se esconde en el texto. Palabras de múltiples significados, expresiones con doble sentido, frases que dicen lo contrario de lo que quieren contar; detalles o hechos que se silencian para que su ausencia sea un grito en el cielo. Leer es descubrir lo que un texto no cuenta de buenas a primeras. La inteligencia es una operación de cirugía que hasta saltar lo que el texto esconde.

La educación en secundaria y en la universidad teme el uso de la llamada inteligencia artificial. El adjetivo artificial también es revelador. Pertenece al mismo grupo de palabras como artificio, artero, y es sinónimo de superficial. Un artificio es un engaño; una ilusión. Detrás, se descubre que no existe nada; tan solo una imagen, una realidad ilusoria; es decir, una nadería. Lo artificial es una burda imitación de la realidad; la imitación de su apariencia. El artificio es una pompa de jabón, sin densidad, sin entidad. Tampoco las requiere. No es nada más que lo que muestra. Sin pliegues. Lo artificioso es una simple fachada, un decorado, que despierta y satisface una ilusión durante un tiempo, antes de que caiga la máscara y se revela lo que parecía estar y no está. Lo artificio es la ocultación del vacío. Un velo que, rasgado, revela la ausencia de profundidad.

Si la inteligencia es la capacidad de ahondar y de no dar por sentado evidencias, y lo artificioso es la cualidad de lo que no tiene trasfondo, la expresión inteligencia artificial es un oxímoron. La inteligencia no puede ser artificial, y el artificio es burdo -aunque puede distraer y divertir: es decir apartar -el prefijo di- de lo que cuenta, de la verdad que se cuenta. La inteligencia artificial yerra sobre el verdadero, a menudo oculto, significado de las cosas.

La docencia secundaria y universitaria está preocupada por el creciente uno de la inteligencia artificial en la elaboración de trabajos y exámenes. También de lecciones.

Un texto escrito por un programa de inteligencia artificial es perfecto. Correcto, neutro, impersonal. No se puede reprochar nada. No hay nada que decir. Nada.

Su perfección es lo que revela la ausencia de una voz personal, es decir de un sujeto que investiga y crea, de una inteligencia que se expresa, que lucha con la resistencia de las palabras, la rigidez de las frases, la inexistencia de palabras que detallen aspectos de la realidad a los que solo se llega a través de metáforas, es decir de palabras que no dicen lo que dicen . Las creaciones humanas son imperfectas. 

Es curioso, pero tan los años ochenta se pusieron en venta muñecas industriales en las que un programa ya informativo introducía un leve error en su fabricación para individualizarlas, convirtiéndolas en un remedo de un trabajo manual, un trabajo que revelaría una personalidad, una visión del mundo propia. El error revela una mano. 

Es cierto que se puede pedir a un programa de inteligencia artificial que imite una manera de escribir, un determinado estilo.

Pero el estilo no se imita. Una imitación estilística es una parodia. Las primeras palabras, las primeras frases, las construcciones de estas en las primeras páginas de grandes novelas son siempre imprevisibles, cuando no chocantes. Sorprenden. Pueden ser incluso gramaticalmente incorrectas o de corrección dudosa. La primera palabra de las tres mil quinientas páginas de la novela A la búsqueda del tiempo perdido, del novelista francés Marcel Proust -dotado para la imitación de estilos que dieron lugar a lo que se denominó pastiches, una mezcla de burla y de homenaje, un homenaje burlón y sarcástico, en el que la ironía esconde la admiración (volvemos a la multiplicidad de capas y sentidos de los textos)-, es un adverbio temporal, lo que no es posible, no “puede ser”, y sin embargo es, y es de manera esplendorosa e irrepetible, única: el texto empieza con la palabra “longtemps”, intraducible, pèse a tantos intentos, tantas aproximaciones que no logran ni pueden dar con la clave de dicha palabra, tal como la dispone y la emplea Proust  en esta frase. Cualquier imitación solo sería burda y ridícula.

El siglo XVIII fue el siglo de las autómatas en Europa. Su presencia en la novela recurrente en el siglo XIX en Europa. Los autómatas eran perfectas imitaciones de seres humanos, prodigios mecánicos que prestaban a engaño; hasta que la perfección de sus gestos y de su manera de expresarse levantaba suspicacias: Nadie era capaz de actuar y hablar de este modo. Solo los dioses que hemos creado son perfectos. Hemos proyectado la perfección en estas criaturas imaginarias, precisamente porque no somos perfectos. La perfección inhumana que les otorgamos los distingue de nosotros, y los aleja de nosotros.

La inteligencia artificial es un modelo de corrección. Lisa, fría, impersonal, incluso -o sobre todo- cuando imita un estilo personal. Porque los creadores no son previsibles.

A principios de los años ochenta, un jurado falló en el concurso para una nueva ópera y escogió un proyecto que tenía todos los dejes de un célebre arquitecto. La elección era previsiblemente una garantía de éxito y de excelencia. La apertura de los sobres produjo estupefacción: se trataba de la obra de un primerizo que, consciente o inconscientemente imitó el estilo de un gran arquitecto -quien, por el  contrario, presentó un proyecto muy alejado de lo que podía esperarse de él, y que tomó al jurado a contrapelo. El primerizo se reveló, finalmente, como un mediocre creador, incapaz de expresarse personalmente.

El reconocimiento de un texto, un examen, un trabajo, redactado con o por un programa de inteligencia artificial es fácil: se trata de un texto de una corrección tal que no hay nada que decir, sobre el que no se puede opinar, es decir usar la inteligencia para ahondar en él. Si, por el contrario, la construcción introduce cierto desorden, se percibe la falta de inteligencia en la construcción inesperada. 

La imperfección es signo de humanidad, siempre  que se intuya el porqué de aquélla, como si el escritor se hubiera topado con un obstáculo que hubiera tratado de sortear “maladroitement”, un adverbio francés de difícil traducción: quizá podría decir a renglones torcidos, con equivocada o torcida rectitud, con humana torpeza. 

Somos imperfectos y torpes. No somos máquinas. Por eso somos inteligentes. Y erramos. Las máquinas ni se equivocan ni se preocupan de los ocasiones desajustes mecánicos. No se arrepienten. El apóstol más humano fue Pedro. Porque traicionó, lloró y se avergonzó. El día en que la inteligencia artificial balbucee y llore, este día, sí caerá el telón. 


Apunte  de quien utiliza a menudo la IA para textos que sean correctos e impersonales, lisos como un formulario administrativo, que no denoten emoción, para despersonalizar textos en los que se podría intuir quien lo ha escrito, por ejemplo, en concursos e impresos.  Un texto impersonal es un tic tac, necesariamente mecánico. 





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