domingo, 4 de octubre de 2026

Arquitectura y humanidad

 La arquitectura debe adaptarse a las necesidades y a las formas que adaptan los grupos humanos. A medida que las  parejas, las familias, los clanes, las tribus se organizan, se componen y se recomponen, la arquitectura tiene que seguir las variables y distintas organizaciones humanas. Esta lección es la que se nos enseña. Las normas son claras y así se enuncian.

¿Es cierto?

El ser humano es humano porque es social. Es un animal político: la polis es lo que permite calificarlo o nombrarlo. Vive en un territorio delimitado. Las relaciones, de buena vecindad o de confrontación vienen determinadas por la existencia de fronteras o barreras inviolables que se derriban o se sortean. La vida humana está a merced de la existencia de un techo y unas cotas que señalan hasta donde el grupo humano puede moverse y actuar en libertad, sin afectar la vida de otros colectivos. Los encuentros tienen lugar en los límites o sortean éstos. Para acceder a espacios vecinales, si se es invitado.

La arquitectura no se adepta al ser humano, sino que lo hace. Somos humanos gracias a la ordenación del espacio. El mito del primer arquitecto, en Grecia, el dios Apolo, lo enuncia claramente: antes de que Apolo interviniera en el espacio y levantara un centro desde el cual organizar el espacio -siendo Delfos el centro, y la matriz (que es lo que Delfos significa en griego), que centra el espacio y alumbra al ser humano- los humanos no eran humanos, sino habitantes de la selva: bárbaros o bestias. La arquitectura humaniza al ser: lo emplaza, le asigna un lugar en el mundo, da sentido a su presencia. Hasta entonces, el ser no sabía quién era. Una ciego, sin visión de futuro. Lo ordenación del espacio, su división, que otorgó un lugar propio al ser, lo convierte en un ser que se puede retirar, reposar u acoger. Las relaciones sociales se establecen a partir de la composición espacial. Sin arquitectura -lo que no implica necesariamente la existencia de arquitectos, aunque la divinidad primigenia era un arquitecto-, no somos humanos. Nos transformamos, nos metamorfoseamos gracias a la arquitectura, es decir gracias al gesto que nos asigna (en) un lugar, en el que nacemos y en el que nos enterramos: un lugar desde donde observar el mundo y negociar con el, conscientes de lo que somos.

El gesto del arquitecto es fundador: lo que funda es lo que nos instituye. La arquitectura nos constituye. Somos gracias a ella. Sabemos lo que somos.


https://www.harvarddesignmagazine.org/articles/talking-to-myself-about-the-poetics-of-space/



sábado, 3 de octubre de 2026

CASSANDRA MILLER (1976): A LARGE HOUSE (2009, 2015)


 

Cassandra Miller es una compositora británica que trabaja a partir de obras ajenas.

https://cassandramillermusic.ca/


Leamos la descripción de la obra y la justificación del título. La compositora sostiene que compuso como una arquitecta. 

https://cassandramillermusic.ca/2009/08/30/large-house/

viernes, 2 de octubre de 2026

Naturalismo

 Creemos -por no escribir: creo- que la abstracción se aleja de la realidad -sería una construcción imaginaria, sin conexión con el mundo sensible-, mientras que el realismo o el naturalismo no solo revelan la realidad sino que nos la acercan -el realismo no dudando en exponer los aspectos más oscuros de la realidad, casi regodeándose en éstos.

La lectura de varias novelas seguidas  del escritor francés decimonónico Émile Zola, uno de los llamados padres de la novela naturalista o más bien realista -Thérèse Raquin, Una página de amor, La jauría (La curée), La obra (L’oeuvre), y hoy La bestia humana (la bête humaine)- pone de manifiesto el efecto opuesto de este tipo de representación: no se aleja de la realidad, sino que nos distancia de ella, pese a (puesto que) tratar de captarla en toda su complejidad, elemento por elemento. Las descripciones de París en Une page d’amour, Thérèse Raquin y L’oeuvre  son de una precisión obsesiva, casi obscena y repulsiva (todo y siendo fascinantes, estremecedoras, y maravillosamente escritas o descritas, construidas o transcritas, más bien); los dos jardines antitéticos de Una página de amor -el jardín placentero donde dejarse ir, y el solitario e intimidante, silencioso, con un silencio de losa sepulcral del cementerio, que definen los dos estados mentales de la protagonista- se convierten en selvas, tal es la multitud de detalles de cada hoja, cada flor, cada pétalo incluso, que invaden las páginas; éstas se convierten en irrespirables. El jardín es un bloque impenetrable: el aire no circula entre las hojas que uno se imagina desmesuradas tal es el número de rasgos imperceptibles ante los que se detiene la escritura. 

Esta alucinante precisión convierte lo que detalla en una ciudad o un jardín imposibles. Nuestra percepción de la realidad -la realidad solo existe cuando la percibimos; no sabemos cómo es “en sí”, siquiera si “es”- es necesariamente borrosa o difusa: nos centramos en un aspecto, un detalle, que puede variar en función de nuestro movimiento, nuestro estado de ánimo, nuestros deseos o temores, que engrandecen o disminuyen, acercan, alejan o hacen desaparecer aspectos de la realidad que nos atraen, repelen o dejen indiferentes, como si no existieran. La realidad nos envuelve, pero no nos ahoga, salvo en visiones alucinadas. La realidad compuesta de formas, colores, sonidos, olores, elementos palpables e impalpables, que componen un todo en el que los elementos se funden. La mirada de botanista, de criminalista, de Zola, que observa el mundo con una Lipa o un microscopio, otorga tal densidad a lo que percibe, que la realidad adquiere un carácter pétreo, una materialidad ilusoria: no existe o no percibimos que existe en la “realidad”. Lo que Zola describe es tan denso, preciso, obsesivo que la realidad descrita se desvanece y solo queda el texto. El realismo anula la realidad, la hace desaparecen en beneficio de su admirable transcripción. El París que Zola describe no existe fuera de la novela. Ciertamente, es más fascinante que el París “real”, y no tenemos que buscarlo más allá de la novela. De algún modo, la novela consigue que París deje de tener interés o incluso de existir, y se vuelva anodina, gris o molesta cuando la visitemos o vivimos en ella. París solo es París, un denso sueño, en los textos de Zola. El realismo suple la realidad. Seguramente por suerte. El París novelado no decepciona nunca. 

JORGE RAEDO (1969): UN PROFESOR DE ARQUITECTURA EN BABIA (2026)


Un profesor de arquitectura en Babia

Pedro Azara fue profesor de Estética durante cuatro décadas en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona (ETSAB). Fue mi profesor en 1990 (no recuerdo el año exacto); desde entonces, sigo sus libros, exposiciones y charlas, que versan sobre la arquitectura como una construcción mental del habitante, ya sea del presente o de civilizaciones desaparecidas. Una cosa es la materia junta que configura muros, columnas, habitáculos, etcétera, y otra cosa es que el habitante dé un sentido a aquella materia: es una casa donde la familia vive, es un pueblo de una comunidad que comparte un mismo imaginario, es un paisaje organizado por una cultura que proyecta su cosmogonía hasta el horizonte. Entrevisté a Azara en mayo de 2021, dentro de las Conversaciones Anidar sobre estos temas; en especial, sobre la memoria que nos da forma como comunidades culturales. La identidad cultural de la persona y del colectivo es un artificio: cada palabra, signo o gesto que nos rodea funciona como una red de control social que, poco a poco, nos da forma e incluye o excluye de la comunidad. La educación formal –como la universitaria– también es un proceso de inmersión de los estudiantes en una atmósfera cultural específica hecha de lenguajes. El lenguaje de la arquitectura contiene múltiples dimensiones de significación (espacial, plástica, matemática, estructural, etcétera); cada dimensión requiere de palabras para nombrarla y actuar en ella de manera comprensible para los otros. En junio de 2026, en una cafetería de Ciutat Vella de Barcelona, pregunté a Pedro cuál era su principal objetivo educativo como profesor. Él contestó, más o menos: “Mis estudiantes de arquitectura serán profesionales que escribirán informes técnicos, textos para las administraciones, artículos de publicaciones; por eso, deben comprender el significado de las palabras que usarán”. Un objetivo sencillo, no simple. Así, inspirándose en el Diccionario filosófico de Voltaire, Azara planteó sus clases como una excursión por los términos usuales de la estética, el arte y la arquitectura. A partir de los estudios que él llevaba a cabo en cada momento –ora sobre civilizaciones desaparecidas, con lecturas de textos originales y visitas a yacimientos arqueológicos; ora sobre arte contemporáneo, exponiéndose al usual mensaje doctrinal de tales obras; ora sobre otros temas divinos o terrenales– reunió definiciones etimológicas, reflexiones y parábolas para que sus estudiantes las debatieran en las clases, las meditaran en privado y, finalmente, las usaran con criterio propio y adecuado. Una fórmula eficaz en una escuela de arquitectura que enseña a pensar: cómo se construye, qué se construye y por qué se construye.

Azara publicó su libro La mirada atentacon la editorial de la Universitat Politècnica de Catalunya en 2021 –disponible para descarga aquí–, donde se recopilan acepciones y definiciones de las palabras que introdujo en sus clases durante años –previamente publicaba en su blog Tochoocho–. En 2025, Pedro Azara publica, a modo de segunda parte del libro anterior, Babia, a lo lejos. Un glosario-guía para no perderse en el arte con Ediciones Asimétricas. Nuevamente, él parte de las acepciones que ha publicado en su blog, ahora ampliadas y pulidas. El resultado es un libro cumple la misma función que sus lecciones de estética y que la propia arquitectura: primero, derribar prejuicios y creencias sin fundamento que nos impiden ver las cosas como son; segundo, señalar horizontes y recorridos que, si nos aventuramos en ellos, nos enseñan a actuar con juicio estético –¿también con justicia?–en el mundo. En palabras del autor: “La reflexión estética obedece a una situación que recuerda la que la estancia en Babia conlleva. Una estancia, tanto ante una creación artística, artesana o sagrada, cuanto en Babia, implica que los ligámenes que mantenemos habitualmente con el mundo se rompan. La finalidad perseguida por ambos viajes interiores, o las consecuencias de los mismos, son una vuelta al mundo profano con una mirada y una agudeza renovadas” (pág. 28).

El libro se divide en dos partes. En la primera el autor reflexiona sobre la acción educativa como un ejercicio estético, incluso poético. Para ello, selecciona una serie de palabras tales como alumno, atención, cercanía, enseñanza, examen, incertidumbre, lección, parábola, perspectiva, profesor, sociedad o tradición. Pedro entiende el trabajo del profesor como la guía de sus esforzados estudiantes –studio significa “esfuerzo”– ante el yacimiento sensible que todo presente es, y ayudarlos a discernir: “La construcción es un hacer; la arquitectura, en cambio, es un reflexionar. Ante las urgencias, la arquitectura debe centrarse en su campo específico: ahondar en la historia para estudiar cómo los retos del pasado han sido abordados; debe reflexionar sobre qué es un habitar y, sobre todo, qué es habitar. Debe pensar en la vida próxima, en el lugar que ocupamos en el mundo; debe leer, escribir, pensar en voz alta y en voz baja. Es una voz de la conciencia que permite medir el alcance de lo que se proyecta, de la necesidad del proyecto, de los fines y las consecuencias de nuestros actos” (pág. 35). En la definición de la palabra incertidumbre, el autor aclara: “Crisis, en griego, designa no una situación, sino una actitud: la de quien se enfrenta a un problema y lo estudia, delimitando su alcance. Criticar es separar; conlleva realizar un corte para extraer un problema a fin de analizarlo sin el ruido circundante. Es así como, pudiendo centrarse el crítico en lo que persigue, logra este entender, descifrar y resolver el problema” (pág. 63). Solo el profesor en crisis encuentra el camino a Babia, donde la educación de sus estudiantes sucederá. La segunda parte aborda palabras propias del discurso de la estética, la teoría y la historia del arte y la arquitectura, así como del ejercicio profesional. Se analizan los términos, entre otros: acto, arqueología, ciudad, cubismo, espacio, etimología, forma, genio, gusto, lejanía, lugar, moda y modo, modelo, patrimonio, profundidad, puerta (del diablo), reflexión, representación, retrato, saber y sabor, salud, señal, símbolo, teoría, torre-ciudad, traza o umbral. La palabra teoría nos acerca al juicio estético: “Teorizar significa, etimológicamente, mirar atentamente para tratar de descubrir la razón o el sentido de las cosas, para dar cuenta de su existencia. Sin la teoría, estas se nos aparecen indiferentes. Nada nos dicen. No establecen contacto ni diálogo con nosotros. Vivimos entonces en un mundo que no nos responde, insensible a nuestras necesidades y nuestros anhelos; un entorno frío, mudo, que nos da la espalda” (pág. 198). El autor insiste: “La realidad no tiene consistencia, se muestra como una cortina de humo si no reflexionamos sobre lo que somos, sobre lo que el mundo es y hacia dónde nos dirigimos. Sin teoría todo es incierto, nada es estable, el mundo puede mudar o desaparecer en cualquier momento” (pág. 198).

El arquitecto –y el profesor– requiere una mirada atenta y objetiva sobre la realidad incierta, dentro de marcos teóricos definidos, que nos permiten el juicio estético, lejos del mero gusto personal. Este juicio desentraña cuáles los límites de la obra, cuál es su intención y función, cómo se conforma, de dónde surge y qué nos dice del presente. Tal formación estética requiere spatium –espacio y tiempo, o mejor dicho, intervalo– con un objetivo o punto de fuga que la ordene. Al respecto, Azara señala: “Por el espacio se transitaba, siempre que hubiera una meta, so pena de perderse. El verbo spatiare, en efecto, se traduce por errar, deambular sin rumbo, como si no se supiera adónde ir, no se tuviera ningún objetivo” (pág. 120). El objetivo de un arquitecto es proyectar arquitectura que nos acoja; el objetivo del profesor es la formación de sus estudiantes. Así: “El espacio, literalmente, es el resultado de un proyecto, de una visión de futuro. Depende de qué queramos ser, de la huella que pretendemos dejar, de cómo pensamos comportarnos” (pág. 121). Llegar al objetivo requiere esfuerzo: “No vale ir a ciegas. La exploración, el recorrido pretende alcanzar un determinado objetivo. La meta, empero, se halla a cierta distancia. Alcanzarla conlleva tiempo” (pág. 121). Lo lograremos, palabra a palabra, libro a libro.

 

Babia, a lo lejos. Un glosario-guía para no perderse en el arte. Pedro Azara. 


Ediciones Asimétricas, 2025.


NB: El blog precisa que la portada y las ilustraciones del libro son obra del estudiante de arquitectura entonces, hoy arquitecto, Roger Adell. 



jueves, 1 de octubre de 2026

SALVADOR DALÍ (1904-1989): MADRID (1922)










Burdeles, borrachos, y la Navidad.
La imagen de Madrid que Salvador Dalí compuso a principios de los años veinte, entre el cubismo decorativo, la viñeta cómica de periódico y los dibujos caricaturescos de Xavier Nogués y de García Lorca, muestran a una ciudad en blanco y negro, sin duda nocturna,  descompuesta, desordenada y vital, en la que todo parece posible, y edificios y habitantes componen un acertijo de luces (eléctricas) y sombras -que Dalí ya no volvería a practicar. Una ciudad poblada de personajes -el borracho, el noctámbulo- más que de personas, que revelan lo que la ciudad debía ser y quizá la ciudad que el artista buscada.
Son dibujos raramente mostrados siempre en favor de su obra canónicamente surrealista. En 1922 Dalí dibujaba y pintaba como quería. 
 

Comentario en relación a una próxima exposición en la que Dalí juega un papel importante. 

miércoles, 30 de septiembre de 2026

La arquitectura a los veinte años

 Determinar, como si una regla inmutable se tratara, qué temas interesan a los estudiantes de arquitectura a punto de graduarse, es vano, presuntuoso, y, sin duda, erróneo.

Mas, en algunos casos, más numerosos de lo que podríamos pensar, ciertas propuestas aparecen cada año, sobre todo estos últimos años. Propuestas que, según lo que explican las memorias escritas, quieren estudiar la arquitectura más allá de las cuatro paredes: una concepción de la arquitectura que remonta a lo que la obra significa, a la razón no práctica que la sustenta. Trabajos que no rehúyen la realidad, sino que quieren traspasar la simple materialidad o existencia de una construcción y tratar de saber porque se construyó, a qué aspira la obra.

Dos líneas se dibujan. Ambas se apartan de la funcionalidad y de la rentabilidad. Las pasarelas de moda y los cementerios son recurrentes.

La pasarela es un espacio prescindible; una instalación temporal. Dibuja un circuito que recorre el espacio, interior o exterior, de manera no convencional. El desfile, una procesión profana, pautada, hipnótica, a la que se asiste calladamente, permite poner en evidencia aspectos insospechados de un lugar: una manera imprevista de engarzar espacios, y de recorrer éstos de manera nueva, de recorrerlos o de explorarlos que escapan a la convención. La música, el movimiento corporal, los gestos, el ondear de los tejidos apegados y despegados del cuerpo, se conjugan para que el espacio descubra aspectos que se desconocían. La manera habitual de utilizar el espacio, día tras día, impedía que se sintiera que los espacios no están condicionados ni nos sujetan, sino que, por pequeños, angostos u oscuros que sean, pueden dar rienda a nuestra imaginación y pueden ser percibidos e interpretados libres de convenciones. 

Podemos pensar, con razón, que los cementerios son construcciones de muy distinta finalidad y de muy diverso alcance. Espacios en los que la superficialidad muta en trascendencia. Sin embargo, ambos componen recorridos. En un caso, apunta a un sueño; en otro, a un mundo distinto. En ambos casos, son recorridos que van más allá de las evidencias y de las convenciones. Son espacios que trascienden las limitaciones, vitales incluso. Lugares en los que la memoria se desenvuelve, evocando procesiones -movimientos ordenados, no regulados por la necesidad, desfiles cuya razón de ser reside en su desfilar, sin motivo aparente, movimientos que acontecer para azuzar la imaginación de los asistentes y hacerles olvidar donde se encuentran y la vida que llevan fuera , antes y después del desfile, que revela el potencial oculto e inexplorado de un lugar-, y el tránsito de los espíritus, señalando que la vida plena no está condicionada por la necesidad, sino por el deseo y el sueño, incluso bajo las condiciones más duras. Queda un resquicio, una ventana entreabierta a un mundo mejor o distinto, inmaterial, hacia el que apuntan las pasarelas y los cementerios -no constituyen ni un alto ni un final, sino un tránsito-, hacia un mundo de ensueño, la ciudad esmeralda del cuento, exista o no, aunque solo exista en nuestros sueños, que es donde debe existir, de verdad.

Y esto solo se descubre antes de los veinticinco años, cuando la necesidad nos sustituye y que compone lo que se pide y no a lo que se aspira.

lunes, 28 de septiembre de 2026

BILLY WILDER (1906-2002): THE APARTMENT (EL APARTAMENTO, 1960)

MARCO FERRERI (1928-1997): EL PISITO (1958)



Con guión de Rafael Azcona.

El piso

 Por suerte, sin lugar a dudas, empleamos palabras tan comunes que no pensamos ni necesitamos hacernos preguntas sobre lo que evocan. Y, sin embargo…

¿Qué es un piso o, mejor dicho, qué cuerdas o qué notas hace resonar esta palabra. Los pisos parecen no tener misterio -salvo su precio.

Piso es, en verdad, un verbo en latín. A veces se escribe como pinso. Piso o pinso significan prensar, machacar. Designan una acción destructiva, sin duda, pero necesaria para igualar y alisar un conjunto compuesto de elementos dispares que configurar un grupo escasamente cohesionado. De ahí que, en inglés, flat signifique piso y planicie. 

Un piso es una superficie alisada, fácilmente pasable, que no ofrece dificultad alguna para deslizarse con comodidad.

El piso se caracteriza por el suelo sobre el que descansa. Un plano horizontal -o dos, más bien, ya que el techo constituye el piso o el suelo del piso superior. Un piso se extiende horizontalmente: el espacio se alarga, se intercala entre dos planos. Los muros, las divisiones verticales no definen ni constituyen un piso: su volumen se expande en todas direcciones. Un bloque de pisos resulta de la superposición de volúmenes en los que domina la horizontalidad, una línea que apacigua e inspira seguridad. Los dos planos que nos soportan y que nos cubren delimitan un espacio en el que deberíamos sentirnos cómodos, acogidos. La altura está a nuestra altura: una altura humana, que ni angustia ni encoge el ánimo. Un piso es un hogar -hoy tan difícil de conseguir.

Lo que se suele obtener con más facilidad es un apartamento. De nuevo, una palabra denota de dónde procede y qué imágenes acarrea. El verbo en latín parto se traduce más que por apartar, que también, por trocear o dividir. El plano vertical, en este caso, constituye el eje principal, que construye y articula el espacio. Un apartamento es un espacio (pequeño) segregado. Está separado de los demás, cerrado sobre sí mismo. Un bloque de apartamento es un espacio troceado, triturado. Se compone de celdas aisladas, de espacios desconectados, partidos. Un apartamento no constituye unidad alguna. No está entero. Es solo una parte, debido al deseo de multiplicar los espacios, necesariamente pequeños o empequeñecidos, en aras de una mayor ganancia. En el apartamento las paredes mandan. Constituyen barreras. En un piso, en cambio, son los pasos, que conectan espacios, los que permiten que la vida circule. 

Entre el aplanar , que facilita el tránsito, y la partición, que lo interrumpe, se dibuja dos maneras de concebir y de constituir un espacio doméstico: un espacio libre de obstáculos, por el que la imaginación se desliza, frente a la imposibilidad de ir más allá de unos límites que se alzan, evitando cualquier escapada imaginativa: un espacio bloqueado. 


sábado, 26 de septiembre de 2026

Arquitectura urbana (1929)


Foto: Tocho, Alfonso Ponce de León, Arquitectura urbana, 1929, colección permanente del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid, septiembre de 2026


La historia se escribe con renglones torcidos. 
Alfonso Ponce de León fue un pintor andaluz afincado en Madrid. Formado, junto con Salvador Dalí, Remedios Varo y Maruja Mallo, en la Real Academia de San Fernando, fue amigo y colaborador de García Lorca en la compañía La Barraca, de Buñuel, en su relación con el cine como director y actor, y de Picasso, tras su estancia en París.
Participó en la exposición sobre Arquitectura y Pintura Modernas, en el Casino de San Sebastián, en 1930, con los arquitectos José Luis Sert, Josep Torres Clavé y Sixto Illescas, entre otros, y la mayoría de los pintores antes citados, junto con Juan Gris, por ejemplo. El grupo GATEPAC (Grupo de Arquitectos y Técnicos Españoles para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea) se fundó a raíz de esta muestra.
Era falangista. Fue hecho preso, torturado en una checa, y asesinado, junto con su familia en 1936.
Esta obra refleja bien su relación con la arquitectura moderna.
Una vista de pequeño tamaño, abocetada al óleo, inspirada por la pintura metafísica italiana, muestra, desde un punto de vista bajo, a altura de la calle, dos. altos bloques paralelepípedicos, desnudos y repetitivos -pero se sugiere que no están aislados-, de composición seriada propia de la arquitectura racionalista, representados inclinados, una orientación que sugiere dinamismo e inestabilidad, fragilidad, casi inocencia o infantilidad pese al adusto y hierático porte, bajo un cielo ceniciento, animada o humanizada por la intrusión del marco inestable de una portería de fútbol, sostenida por delgados perfiles metálicos  que sugiere la presencia de un área de juego, seguramente de niños (la portería en mal estado no es propia de un equipo profesional), un solar, un descampado o, menos probablemente una plaza, delimitados por los bloques de un nuevo barrio periférico, al parecer bordeado o rodeado por un bosque. No es una vista de un centro histórico ni de un barrio burgués. 
Luces y sombras de la nueva arquitectura entonces.


 

jueves, 24 de septiembre de 2026

A nuestros deudores

 “  Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.” (Mateo 6:9-11)


Comentaba ayer noche la historiadora de las religiones, la doctora Mariagrazia Masetti-Rouault (EPHE, París), en un debate tras la conferencia que impartió en Madrid, la importancia de esta frase que Jesús enunció -y que el cristianismo posteriormente modificó-.

Esta imploración del perdón deriva de un deseo que se encuentra en el judaísmo y, anteriormente, en la cultura neo-asiria.

Lo que denota es que las faltas que se hayan podido cometer, las deudas pendientes, pueden ser canceladas. Mientras existan, el miedo, la angustia ante un futuro cada vez más amenazador que aguarda, impide cualquier resquicio esperanzador. La deuda, causada por nuestra incapacidad por cancelarla, por nuestra imprevisión, cuelga, de manera cada vez más pesante, sobre nosotros. Nada podemos prever ni emprender. La deuda es un obstáculo insuperable que nos impide avanzar, poder hacer proyectos, aspirar a una vida mejor, a la vida, siquiera. Solo la condena, el oprobio y la muerte aguardan al deudor.

Pero, en el imaginario neo-asirio, judío y del cristianismo primitivo, las deudas pueden perdonarse. Ya no se debe nada, o mejor dicho, lo que se debe ya no es una losa. La anulación de la deuda despeja el futuro. El miedo ya no atenaza. El deudor puede volver a actuar en beneficio de su vida y deudor la comunidad. Su confianza, su libertad de acción, la mente despejada acaba por beneficiar incluso al prestamista.

Los dioses escuchan las plegarias. Los acuerdos son posibles. Y las deudas se cancelan gracias al poder de la palabra. A la petición sucede la concesión. Una palabra libera de la muerte lenta, la muerte en vida en la que se convertía la vida que no era vida del deudor. El fin del miedo, la esperanza en un futuro mejor permite que la comunidad, en confianza, pueda volver a organizarse. La red de relaciones se restablece, la ayuda mutua ya no se rompe. Nadie queda excluido. La vergüenza se desvanece.

Esta oración solo es posible si se cree en la magnanimidad de los dioses cuya actitud puede ser tomada como modelo. Se confía en ellos. Esta nueva concepción de la relación entre mortales e inmortales, y entre mortales, se forjó en el primer milenio en el norte de Iraq y se extendió por el próximo oriente antiguo. Revela una nueva faz de la divinidad concebida así como una figura compasiva, lejos del dios furibundo o distante.

Una concepción que, a la vista de recientes noticias, hoy en esta ciudad, parece haber caído en el olvido.


Agradecimientos a Mariagrazia Masetti por su lúcida lección y a Elisa Vegue y Rosa Llinás que la suscitaron. 

martes, 22 de septiembre de 2026

MAN RAY (1890-1976): LAMPSHADE (1919)



Foto: Tocho, Musée d' Art Moderne, Céret (Francia), septiembre de 2026




Lámpara de techo, a partir de una plancha metálica enrollada que simula caer desenrollándose.
La pantalla reproduce la forma, la caída de una hoja de papel sometida al mismo tratamiento. Dicha hoja procedía de una pantalla de lámpara de mesa rota, de papel, que Man Ray halló en un basurero y recogió. Realizó varias fotografías del papel colgado de diversas maneras antes que alguien inadvertidamente echara de nuevo la hoja a la basura y que Man Ray decidiera reproducir la forma en una delgada plancha de metal pintada de blanco y convertirla en una pantalla de lámpara -o le devolviera a su función primera-, esta vez de lámpara de techo. Este modelo, convertido en un inesperado icono del diseño industrial, entre una escultura y un útil -la frontera es ambigua- se ha reproducido en series limitadas varias veces a lo largo de los años.

Un brillante ejercicio de reutilización, cuando una parte del diseño industrial “transitaba” del modernismo al art déco, vagamente kitsch,  y otro se abría al severo, y a veces incómodo  racionalismo. 

Para Rosa Llinás, la mejor diseñadora de lámparas, hechas a mano, de Europa.

lunes, 21 de septiembre de 2026

MAN RAY (1890-1976): NEW YORK 17 (1917)




 Fotos: Tocho, Museo de Arte Moderno, Ceret (Francia)


Con más gracia que las absurdas torres inclinadas del arquitecto Philip Johnson en Madrid, y confirmando, una vez más, la diferencia abismal entre la idea (la maqueta, ligera y estilizada) y la realidad (elefantesca), el joven artista Man Ray, recién desembarcado en Nueva York en 1915, compuso esta estatuilla de plata maciza -primeramente en madera-, convirtiendo un rascacielos escalonado, seguramente de dimensiones colosales en la realidad (si se hubiere construido), en un cohete: un símbolo festivo, pero también una delgada flecha apuntando certeramente al futuro. Un signo de prosperidad y optimismo que doce años más se quebraría quizá para siempre.

Esta insólita  estatuilla se puede ver en la excelente exposición sobre el artista dadaísta Picabia, sus amigos, y su relación con Barcelona en los últimos años de la Primera Guerra Mundial -que no afectó directamente a España-, en la pequeña ciudad francesa de Ceret. 

Entre las sorpresas que depara la muestra: el legado de Picabia y sus amigos se halla en el archivo histórico municipal y en el ayuntamiento de Gerona: un material inédito, expuesto por vez primera, que incluye preciosas obras de Sonia Delaunay y de un aún titubeante Miró, junto con material gráfico con un diseño caligráfico muy alejado de las corrientes que imperaban en n Barcelona (los últimos coletazos del modernismo y el melifluo noucentismo), de la entonces vanguardista galería Dalmau.

 


https://www.musee-ceret.com/expositions/exposition-en-cours/




viernes, 18 de septiembre de 2026

Hormigón armado

 ¿Hormigón armado?

De tanto usar esta expresión, su resonancia metafórica se ha perdido.

Pero la expresión es extraña: un ente -un material- se presenta armado: dotado de armas o armaduras.

Armas de metal.

Para nosotros, unos garfios rectilíneos que sobresalen de la masa encofrada como los nervios de un miembro amputado, o como los sibilinos mechones de la testa cercenada de la monstruosa Gorgona. En cualquier caso, una imagen inquietante, por no decir repulsiva. Con estas tripas que emergen y se retuercen.

El hormigón armado, literalmente, es ofensivo: una arma ofensiva, presta para atacar y defenderse. Acorazada o dotada de armamento. No es un material de construcción amable. Tosco, más bien. El hormigón armado forma un ejército de pilares, como figuras petrificada en formación, y el caparazón duro y reseco que envuelve el edificio. 

Si la palabra hormigón procede del latín y designa un tapial de (dos planchas de) madera, relleno de tierra compactada con troncos hincados en la masa, una técnica constructiva íbera  que despertó el interés de los romanos, “béton”, en francés medieval, significa cascotes o inmundicias. Concreto, en castellano y en inglés, significa cohabitado: una imagen de un líquido baboso endurecido. El hormigón no es un material puro ni  noble. Un material de batalla. Listo para dar guerra. Bruto, sucio, áspero, gris, contrapone su rugosidad, un signo de falta de pulido, de barbarie, con unas armas que intimidan. 

La burla y el descrédito que las inmundicias suscitan se cortan de raíz cuando la armadura despunta. El hormigón no tolera las bromas. Se impone como los gigantes y los monstruos por la fuerza bruta. No es dúctil. Rígido, duro, provoca rechazo. Su opacidad evoca la cortedad. No eleva el ánimo. No inspira. Embrutece. 

El hormigón es prosaico. El hormigón no posee la esbeltez del hierro, la transparencia del vidrio, el brillo del metal y del mármol, la lisura de la piedra pulida. Su finura, cuando se consigue, es impostada, y suscita suspicacia; parece esconder su arma secreta, escondida. Se asocia a los bunkers, donde la vida se hunde y se oculta: espacios subterráneos, propios de un mundo larvario; unos espacios fruto del miedo. 

El hormigón no respira, no vive, porque no envejece. Se ensucia, grisea, hasta que se desmorona, como una máquina que se atasca, se bloquea y deja de funcionar.

Y las armas, oxidadas, exhiben su patética desnudez.

El hormigón armado es el material de la arquitectura moderna. 

 




Gigantes (y cabezas huecas)

 




Las autoridades lo enuncian, los anuncios invaden la ciudad. Las farolas, ahora que las hojas caen, se cubren de banderolas: el 1 de octubre, fecha otoñal,  será el día de “les persones grans “ -en castellano, las personas mayores, en el otoño….

La expresión no se refiere a gigantes, sin duda.

¿Por qué una expresión cuando existen una o varias palabras precisas? ¿Por qué un eufemismo cuando la palabra precisa no designa nada ni nadie vergonzosos, ni es un insulto -aunque pueda ser utilizada como un insulto?

Una “persona gran” implica que existen “persones petites” y, antes que nada, “persones” sin calificativos, enteras, normales (exprese lo que exprese este adjetivo), que no necesitan precisiones para existir. Una “persona gran” o “petita” no en verdaderamente una persona. Ya no lo es o aún no lo es. Es subnormal.

Los eufemismos, la pudibundez, revelan bien nuestra mirada. Dicen lo que no nos atrevemos a decir. Son condescendientes. Las “persones grans” o “petites” no son personas -sino que necesitan ser adjetivadas para ser clasificadas y apartadas, agrupadas, como una especie aparte, no enteramente humana-, pero hago ver que lo son, aunque el calificativo o adjetivo que las califica las coloca en un plano distinto, inferior o superior : es decir, en los de los enseres o seres apartados, que ya no forman parte, o aún no lo hacen, de la vida “activa”.

El castellano es igualmente revelador. Los mayores y los menores no son normales. A una persona “de verdad” no se la califica o determina. Aquéllos, por el contrario, están afectados por una característica que los infravalora.

Niño, adulto, anciano no expresan ningún miramiento. Enuncian lo que es, lo que son. Personas en tres etapas de la vida. Obviamente distintas. Las diferencias se asumen; no se hace como si no existieran, como si quisiéramos magnificar para disimular lo que realmente pensamos. 

No existe el “día de la persona”; sí el de la “persona gran”: una persona exótica, que no llega o ha dejado de ser una persona. ¿Acaso un mueble, un ser de compañía?

jueves, 17 de septiembre de 2026

OSCAR OIWA (1965): LA CIUDAD ESPECTRAL
















Arquitecto y pintor brasileño de familia japonesa emigrada, pintor en Brasil y hoy en Nueva York, y antes arquitecto en Japón, Oiwa compone cuadros desmesurados (230x450 cm), a menudo, con motivos urbanos o arquitectónicos: ruinas, u obras inacabadas, cin estructuras de hormigón a medio levantar, ciudades nocturnas como Barcelona, Babel convertida en un tornado que desciende del cielo, como un castigo, asolando la tierra; ciudades representadas desde los aires, bajo luces espectrales, abandonadas o deshabitadas, inquietantes por la aparente ausencia de vida, la ciudad que Oiwa concibe y recuerda, entre Sao Paolo y Tokio,  sucia y descompuesta, pero amenazadora, salpicada de luces hirientes, parece extraída de un mal sueño, aunque sabemos que no es una fantasía. Sentimos que es casi demasiado realista, pese a una apariencia de imagen de cómic sombrío. 

Una exposición hoy en Nueva York pone el acento en el doble e insólito origen de Oscar Oiwa que le permite descubrir inesperadas correspondencias entre ciudades en apariencia alejadas como Sao Paolo, Tokio -y Barcelona.

https://www.goca.gallery/exhibitions/oscar-oiwa


https://www.oscaroiwastudio.com/


 

LAURA VEGA (1978): LABERINTOS (2010)


 

Sobre esta premiada compositora española, véase su página web: https://lauravegacompositora.es/catalogo-obras-a-solo/


miércoles, 16 de septiembre de 2026

El cuento del arquitecto





































































Colecciones particulares 



LA CIUDAD CONTADA (ÉRASE UNA CASA…)

 

«Los cuentos, tanto los antiguos como los nuevos, pueden ayudar a formar la mente. El cuento es el lugar dónde caben todas las hipótesis.»  Gianni Rodari



El cuento es un lugar….

El cuento del arquitecto será una pequeña exposición de libros de cuentos infantiles ilustrados contemporáneos, muchos premiados, de temática arquitectónica y urbana, que se presentará en mayo del año que viene (2027), iniciándose durante la Semana de la Arquitectura, en el Colegio Oficial de Arquitectos de Cataluña en Barcelona.

   La casa y la ciudad no constituyen sólo el marco de la historia, sino que son en muchos casos, los protagonistas de la misma.

   A través de relatos cortos ilustrados, con textos sencillos y breves, estos cuentos, para niños de entre cinco y diez años, ofrecen una imagen del entorno construido en el que a menudo viven los jóvenes lectores. Estos textos les permiten entender, apreciar o rechazar el mundo en el que viven, y les ayudan a percibirlo y a juzgarlo -o les condiciona la manera de aprehenderlo. Los ciudadanos del futuro -los estudiantes de arquitectura, y los propios arquitectos- posiblemente hayan entrado en contacto con lo que la casa o la ciudad es y significa, a través de dichos relatos.

Unos relatos en los que, como ocurre habitualmente en los cuentos populares, la realidad, que suele ser descarnada, se percibe y se asume críticamente a través de velo de la fantasía. Sin el protagonismo del gato con botas, el castillo del ogro sería insoportable, como inimaginable sería la casita de azúcar de la bruja sin la temerosa o aterida presencia de Hansel y Gretel. Es la reina de las nieves que logra que su palacio de hielo sea asumible, sin esconder su gelidez física y moral. Las virtudes del teatro, según Aristóteles, la catarsis que suscita en el ánimo del espectador, que aprende a empatizar con el sufrimiento ajeno, bien pueden trasladarse al cuento infantil. Constituye una preparación a la vida, en este caso, a la vida urbana, con sus bondades y sus inquietudes que suscita, sus valores y sus limitaciones, desde la hospitalidad al rechazo, permitiendo así darse cuenta de los valores estéticos y éticos de la creación arquitectónica, una creación que tiene consecuencias, positivas y negativas, para el usuario, para quien sufre o goza de un entorno construido para una persona o para todos. Conocerlas, asumirlas o rechazarlas críticamente, son virtudes, consecuencias o finalidades del cuento infantil.

   La exposición está dedicada a cuentos con un trasfondo arquitectónico. Algunos se centran en valores de la casa o la ciudad, apreciados o denunciados. Otras historias acontecen en marcos urbanos o domésticos, y vehiculan un imaginario soterrado, nada explícito, pero que bien puede conformar desde entonces cómo se percibe la cultura urbana y la vida doméstica que impera, que se impone o se rechaza.


Montaje: Roger Adell